Читаем Ensayo Sobre La Ceguera полностью

Media hora después, el médico, torpemente y con ayuda de la mujer, había acabado de afeitarse. Sonó el teléfono. Era otra vez el director del servicio oftalmológico, pero la voz, ahora, sonaba distinta, Tenemos aquí a un niño que también se ha quedado ciego de repente, lo ve todo blanco, la madre dice que estuvo ayer con él en su consultorio, Supongo que es un niño que sufre estrabismo divergente del ojo izquierdo, Sí, No hay duda, es él, Empiezo a estar preocupado, la situación es realmente seria, El ministerio, Sí, claro, voy a hablar inmediatamente con la dirección. Pasadas unas tres horas, cuando el médico y su mujer estaban comiendo en silencio, él tanteando con el tenedor las tajaditas de carne que ella le había cortado, volvió a sonar el teléfono. La mujer lo atendió, volvió inmediatamente, Tienes que ir tú, es del ministerio. Le ayudó a levantarse, lo condujo hasta el despacho y le dio el auricular. La conversación fue rápida. El ministerio quería saber la identidad de los pacientes que habían estado el día anterior en su consultorio, el médico respondió que en sus respectivas fichas clínicas figuraban todos los elementos de identificación, el nombre, la edad, el estado civil, la profesión, el domicilio, y terminó declarándose dispuesto a acompañar a la persona o personas que fuesen a recogerlos. Del otro lado, el tono fue cortante, No lo necesitamos. El teléfono cambió de mano, la voz que salió de él era diferente, Buenas tardes, habla el ministro, en nombre del Gobierno le agradezco su celo, estoy seguro de que gracias a la rapidez con que usted ha actuado vamos a poder circunscribir y controlar la situación, entretanto, haga el favor de permanecer en su casa. Las palabras finales fueron pronunciadas con expresión formalmente cortés, pero no dejaban la menor duda sobre el hecho de que eran una orden. El médico respondió, Sí, señor ministro, pero ya habían colgado.


Pocos minutos después, otra voz al teléfono. Era el director clínico del hospital, nervioso, hablando atropelladamente, Ahora mismo acabo de recibir información de la policía de que hay dos casos más de ceguera fulminante, Policías, No, un hombre y una mujer, a él lo encontraron en la calle, gritando que estaba ciego, y ella estaba en un hotel cuando perdió la vista, una historia de cama, según parece, Es necesario averiguar si se trata también de enfermos míos, sabe cómo se llaman, No me lo han dicho, Del ministerio han hablado ya conmigo, van a ir al consultorio a recoger las fichas, Qué situación, Dígamelo a mí. El médico colgó el teléfono, se llevó las manos a los ojos, allí las dejó como si quisiera defenderlos de males peores, al fin exclamó sordamente, Qué cansado estoy, Duerme un poco, te llevaré hasta la cama, dijo la mujer, No vale la pena, no podría dormir, además, todavía no se ha acabado el día, algo más va a ocurrir.


Eran casi las seis cuando sonó el teléfono por última vez. El médico estaba sentado al lado, levantó el auricular, Sí, soy yo, dijo, escuchó con atención lo que le estaban diciendo, y sólo hizo un leve movimiento de cabeza antes de colgar. Quién era, preguntó la mujer, Del ministerio, viene una ambulancia a buscarme dentro de media hora, Eso era lo que esperabas que ocurriera, Más o menos, sí, Adónde te llevan, No lo sé, supongo que a un hospital, Te voy a preparar la maleta, algo de ropa, No es un viaje, No sabemos qué es. Lo llevó con cuidado hasta el dormitorio, lo hizo sentarse en la cama, Quédate ahí tranquilo, yo me encargo de todo. La oyó moverse de un lado a otro, abrir y cerrar cajones, armarios, sacar ropa y luego ordenarla en la maleta colocada en el suelo, pero lo que él no pudo ver es que, aparte de su propia ropa, había metido unas cuantas faldas y blusas, ropa interior, un vestido, unos zapatos que sólo podían ser de mujer. Pensó vagamente que no iba a necesitar tantas cosas, pero se calló porque no era el momento de hablar de insignificancias. Se oyó el restallido de las cerraduras, luego la mujer dijo, Bueno, ya puede venir la ambulancia. Llevó la maleta al vestíbulo, la dejó junto a la puerta, rechazando la ayuda del marido, que decía, Déjame ayudarte, eso puedo hacerlo yo, no estoy tan inválido. Luego se sentaron en el sofá de la sala, esperando. Tenían las manos cogidas, y él dijo, No sé cuánto tiempo vamos a tener que estar separados, y ella respondió, No te preocupes.


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