Son las tres de la madrugada. Raimundo Silva posa el bolígrafo, se levanta lentamente, ayudándose con las palmas de las manos apoyadas en la mesa, como si de repente le hubieran caído encima todos los años que tiene por vivir. Entra en el dormitorio, que una luz débil apenas ilumina, y se desnuda cautelosamente, evitando hacer ruido, pero deseando en el fondo que María Sara se despierte, para nada, sólo para poder decirle que la historia ha llegado a su fin, y ella, que al fin no estaba durmiendo, le pregunta, Has acabado, y él respondió, Sí, he acabado, Y cómo termina, Con la muerte del almuédano, Y Mogueime, y Ouroana, qué les ha pasado, Supongo que Ouroana volverá a Galicia, y Mogueime irá con ella, y antes de partir encontrarán en Lisboa un perro escondido que los acompañará en el viaje, Por qué crees que se van, No lo sé, por lógica debieran quedarse, Qué más da, quedamos nosotros. La cabeza de María Sara descansa en el hombro de Raimundo, con la mano izquierda él le acaricia el pelo y el rostro. Tardaron en dormirse. Bajo el alpende del mirador respiraba una sombra.