Finalmente, Carlitos optó por llamar un taxi y pedirle que lo llevara hasta la avenida Javier Prado, en San Isidro. Ahí se bajó, y por su casa pasó mil veces, aunque sin animarse a tocar el timbre y caminando siempre muy rápido, casi corriendo para que no lo fueran a ver. Y sólo se detuvo cuando vio a sus padres y hermanas saliendo juntos en el automóvil, su último miércoles, a eso de las seis de la tarde. Se acercó, como quien llega de visita, muy informalmente, y les preguntó adonde iban. Al cine. Iban al cine. Entonces les preguntó si podía ir él también. Le respondieron que sí, que subiera al carro y se sentara junto a Cristi y Marisol, en el asiento de atrás. La película resultó ser bastante mala y, en voz muy baja, todos estuvieron de acuerdo en salirse del cine antes de que terminara y en ir a comer a la calle. El doctor Roberto Alegre sugirió dar una vuelta antes, por el centro de Lima, porque aún era bastante temprano, y finalmente terminaron comiendo en el restaurante Donatello, del jirón Quilca, y luego tomando una copa en el hotel Crillón. Erik von Tait estaba sentado ante el órgano, pero no se acercó a saludar a Carlitos. Ni siquiera le hizo un adiós en la distancia, aunque no tardó en ponerse a cantar:
Erik era uno de los mejores amigos de Natalia. ¿Estaba al corriente de todo? Era probable, sí, aunque lo único cierto es que nunca nadie ha observado tanto de reojo a cuatro personas, casi al mismo tiempo, como Carlitos a sus padres y hermanas. No estaban al tanto de nada, ni tenían la más mínima sospecha. Y qué mejor prueba que el momento en que Carlitos sugirió bailar. Su madre se negó, Cristi y Marisol se negaron, y todos ahí le recordaron una vez más lo pésimamente mal que bailaba él.
– Siempre se me olvida -les dijo Carlitos.
En el órgano, Erik von Tait lo despidió de sus padres y hermanas, aquella noche en que él habría dado la vida por abrazarlos a todos, incluso a su padre, con el pretexto de un baile, de unos cuantos pisotones más, los últimos pisotones de mi vida, eso sí, se lo juro. Momentos después, Carlitos volvió con ellos hasta la casa de Javier Prado, conversó un momento con los mayordomos, se despidió como si nada, llamó un taxi, y regresó al huerto tranquilamente.
A la calle de la Amargura llegó en otro taxi, la mañana siguiente, su último jueves, y le hizo muchísima gracia que, precisamente ahora que disponían de veintiún teléfonos, los mellizos no lo hubieran llamado hace varios días ni hubieran mostrado la más mínima inquietud al no verlo aparecer últimamente por la Escuela de Medicina. Los mellizos, sin lugar a dudas, estaban colmados. Y la casona seguía tan fea y mal pintada, pero no tanto, la verdad, y seguía tan demolible y de quincha y vejestorio, pero no tanto, la verdad. ¿O era que él había terminado por acostumbrarse a todo aquello, por encariñarse con todo aquello? Y en la casona de la calle de la Amargura se quedaban para siempre la señora María Salinas, viuda dé Céspedes, y la pobre Consuelo de las más tristes palabras y gemidillos… Y también Colofón, por supuesto. Pero seguro que no para siempre, la verdad. Indudablemente, los mellizos se iban a encargar de arreglar todo aquello con creces, pero tampoco tanto, la verdad. ¿O, a lo mejor, sí? En fin, por ahora Arturo y Raúl vivían en un arcoiris y ya se vería con el tiempo. Aunque él, claro, de qué se iba a enterar ya… Conservaba la dirección, eso sí, pero, cuando Carlitos le pidió al taxista que lo llevara nuevamente a Surco y sacó el brazo para hacerle un ligero adiós a la casona de sus disparatados amigos, se dio cuenta de que también se estaba despidiendo para siempre de esa calle, de ese segundo piso, de ese número, en fin, de esa dirección y de todo. Y regresó al huerto tranquilamente.