Pero lo atroz venía después. Y era que Carlitos, en vez de regresar como se fue, al borde de los veintiún años, bien varón, y con siquiera un toquecillo Charlton Heston, regresaba de misa chino de felicidad, lo cual está muy bien y nadie, y Natalia menos que nadie, le iba a criticar, como tampoco le criticó jamás que regresara habitado por Dios y que a veces tardara un poquito en irse vaciando de contenido y se tropezara con todo y se refiriera a la mesa del desayuno como el altar, o que dijera que él ya había desayunado, confundiendo sin duda las tostadas con la transubstanciación, aunque ya luego con la mantequilla, y, sobre todo, con la mermelada, que le encantaba, y de cualquiera de los sabores, «Made in El huerto de mi amada, Surco, Lima, Perú, Trade Mark», por Marietta y las chicas operarias, sí, con la mantequilla, y, sobre todo, con la mermelada, por fin se deshabitaba Carlitos, se mundanizaba y se sensualizaba, nuevamente, y a Natalia le pegaba unos besos tan brujos e interminables, entre sorbo y sorbo de café con leche, que había que volver a calentar el café y la leche, a cada rato, pero qué rico, caramba, y con aroma de café de Colombia, además. Pero, bueno, hasta ahí llegaba el encanto, porque el problema más grave que planteaba la misa diaria de Carlitos, problema atroz, para Natalia, era la carita de chico de quince años con que regresaba de la iglesia. ¿Le había agarrado ella celos a Dios o al curita anciano y sordo que decía la misa? ¿Se estaba volviendo loca? ¿Estaba empezando a observar a Carlitos desde una óptica maternal y psicoanalítica? Bah… Babosadas, hombre, ya quisieran tú, Freud, tú y tus charlatanes de secuaces y discípulos, tirarse a su mamá con el fuego y la felicidad, con la desenvoltura total con que lo hace Carlitos. Tanda de acomplejados… Pero, bueno, ¿qué tenía entonces de tan atroz ese rostro quinceañero que Carlitos se había echado al diario, justo ahora que había cumplido los diecinueve? Natalia se desesperaba pensando que Carlitos estaba haciendo una regresión, que día a día se le reflejaba más en su rostro el deseo de volver a casa de sus padres y hermanas, de
Pero el muy cabrón volvía a salir de la cama y a ducharse Charlton Heston, y con ese rostro varonil y mayor partía a clases de marabunta, incluso, pero de noche nuevamente regresaba con la estupidez esa de los quince años marcada en el rostro, maldita sea. Natalia se hartaba y todo, y especialmente cuando él se reía de semejante babosada, mi amor, y ella por dentro se picaba tanto que hasta le hería la sensación atroz de que el tiempo para ella corría hacia adelante, hacia los treinta y cinco años de edad, ya, mientras que para él corría hacia atrás, bebé de mierda, yo a éste me lo meto en la cartera y me lo llevo a Europa antes incluso de tener los papeles listos, y después que el cretino de su papi me mande al poder judicial y al ejército enteros, si quiere.
Y fue precisamente una de esas noches en que Carlitos regresó excesivamente quinceañero, cuando ella, picadísima y herida, se inventó casi un viaje a Europa, para dentro de tres días. Era cierto que se trataba de un importantísimo y determinante viaje de negocios que Natalia venía preparando desde hace mucho tiempo, a escondidas de medio mundo, y que pronto iba a tener que hacer, de todos modos, pero aquella inesperada y hasta precipitada decisión de partir con tanta urgencia la tomó sólo porque Carlitos regresó más regresivo que nunca, esa noche, no puede ser, no, si el bebecito mío cualquiera de estos días se me aparece meado y en pañales.
– El viaje es urgente, mi amor, sí. Y se ha precipitado, es cierto. Pero bueno, es sumamente importante para los dos y tengo que hacerlo. No me queda más remedio.