– Y lo recuerdo muy bien, sí, con ese parecido a Tyrone Power. ¿Cómo está, el buen Louis?
– Iba camino de Notre Dame de Lorette, pero siempre encontró tiempo para invitarnos y contarnos la increíble odisea del corazón de Louis XVII, antes de encontrar paz y reposo finalmente en Saint Denis…
– ¿Un infar…? -empezaba a preguntar Arturo Céspedes.
– Un hecho infausto, más bien, y ocurrido a finales del siglo dieciocho -lo interrumpió don Jaime Grau, rogándole a sus hijas que aceleraran un poquito lo del té, porque… Bueno, porque muero de ganas de tomarme una taza de té…
Carlitos llevaba con los dedos ocultos la contabilidad de las carcajadas que se estaba perdiendo el pobre Molina, cuando por fin llegó el juego de té más y menos lindo del mundo, al mismo tiempo, algo que, por lo demás, empezaban ya a notarlo los mellizos, ocurría también con el jardín de la casa y con la casa misma y con esa tetera que no era ni siquiera de plata, pero que, con sólo mirarla, o tocarla, parece, los Grau Henstridge convertían en oro, o el aro de alpaca de esa servilleta que, con tan sólo bañarlo en el contenido de su retina viajera, convertían en platino, qué maravilla de
– ¿Qué tal el té, muchachos? -les preguntó don Jaime.
– Me ha agradado -respondió Raúl Céspedes, que toda su vida había dicho que las cosas le gustaban, o no.
– Ha sido de mi entero agrado, sí, don Jaime -completó Arturo, al que también toda su vida las cosas le habían gustado, o no.
– ¿Y la mantequilla? -les preguntó Carlitos, jamás nunca se supo si en uno de sus famosos despistes, o si contabilizando ocultamente para el repertorio de Molina.
– Muy agradable también, sí.
– De mi entero agrado, también, sí.
– Y la mermelada.
– Sumamente agradable, Carlitos.
– Me sumo al agrado, Carlitos.
– ¿Y todo lo demás?
– De lo más agradable.
– ¡Carlitos! -le pegó un pellizcón, por fin, Natalia, para hacerlo volver a la realidad, pero desgraciadamente la realidad se convirtió en una carcajada.
– ¡Carlitos!
– ¡Presente!
Por supuesto que nadie, ahí, creyó en ese pellizcón, aunque la verdad es que también los hermanos Céspedes Salinas eran sencillamente increíbles. Pero, aun así, anocheció de lo más bonito en aquella sala, a medida que las retinas de aquella finísima familia iban posando sus caudales y raudales de buen gusto sobre las cosas de este mundo y los pobres mellizos se debatían entre el tener y el no tener, entre los austeros consejos del almirante heroico y las salpicaduras Rothschild, y a todo, eso sí, le aplicaban una tras otra las mil variantes del uso y abuso de la palabra agradable, ante la siempre divertida mirada de Silvina y Talía, que al final le confesaron a Carlitos que para ellas había sido muy entretenido conocer a los mellizos Céspedes Salinas, a los genuinos, claro está, porque tú los imitas pésimo en el teléfono.
Y, aunque parezca mentira, los mellizos se convirtieron en amigos de verdad de Silvina y Talía Grau Henstridge, y parece ser que también don Jaime y doña Olga les tomaron cariño. Doña Olga, en todo caso, le había comentado a Natalia la pena que le causó lo traumatizados que quedaron, la tarde de aquella primera visita, con el largo recuento que ella hizo de su viaje por los Abruzos y la comida aquella en San Silvano con el duque de Anjou, más la historia increíble aquella del corazón de Louis XVII, por supuesto.
– Los pobres chicos esos como que no estaban preparados, Natalia -le comentó Olga Henstridge, una mujer sensible, exquisita y bondadosa como pocas, agregando-: Tal vez debería haber dejado aquella historia para otra oportunidad.
– No te preocupes, Olga -le dijo Natalia, que andaba furiosa con los mellizos, porque acababan de terminar un nuevo padrón, pero de los primeros contribuyentes de la república, esta vez, para no verse envueltos en más líos de refinamientos genuinos, y más bien elegir a sus parejas en dinero contante y sonante. Y a Carlitos lo tenían loco con lo de las llamadas telefónicas.
– Son cosas de chicos, Natalia.
– De acuerdo, pero, sin querer queriendo, a mi Carlitos me lo van a convertir en un alcahuete profesional.
– Qué cosas dices, por favor, Natalia…
– No se. A veces me pongo muy nerviosa con esos tipos. Y es que Carlitos no tiene más amigos que ellos.
– Y a mí, ellos, en cambio, me dieron pena desde el primer día.