Melanie lo primero que hacía era toquetear y volver loco a Carlitos, en francés, y bromearle y fastidiarlo, aunque en realidad lo que pretendía era enterarse de la razón por la cual, estas últimas noches, el pobre me llega con esa cara de pena infinita, con esa cara de…
– ¿Me puedes explicar, amorcito -le dijo una de esas noches, bastante en broma y bastante en serio, Melanie-, a qué se debe esa carita de desconsuelo que últimamente me has sacado al diario?
Casi lo mata al pobre Carlitos con la palabra
Por supuesto que Carlitos, en su afán de contar muy bien su historia, en el más correcto francés posible para él, en aquel momento, ni cuenta se había dado de que Melanie lo estaba abrazando a mares. Pobrecita, lloraba como una Magdalena la entrañable Melanie con la historia tan bien contada por Carlitos y, claro está, también con el asunto aquel del pronto regreso de Natalia para solucionarlo todo.
– Ah, la veterana esa del diablo, mi Carlitos tan querido. Hoy le toca ganar a ella, lo asumo, pero espérate tú nomás a que pasen unos añitos y empiece a convertirse en una vieja bruja…
– Melanie, por favor.
– Tú haz lo que quieras, Carlitos, pero yo esperaré. Yo siempre te esperaré, vas a ver.
– ¿Y para qué? ¿Se puede saber?
– Para que no me llegues a cada rato en este estado tan deplorable y para que me lleves al altar con mi papi completamente sobrio, por una vez en la vida. Porque todos tenemos nuestro derecho a esperar y soñar, mi tan querido Carlitos Alegre.
– Al francés. Volvamos al francés, Melanie, por favor -le rogó Carlitos.