Читаем El Huerto De Mi Amada полностью

Hechos puré, pues, quedaron los pobres Arturo y Raúl, y eso que no vieron a su hermana Consuelo asomadita, sí, asomadita por una vez en su vida a la ventana, allá en los altos de la casona demolible, y por una vez sonriente, también, y, a lo mejor, hasta feliz, un poquito malignamente feliz, quien sabe, podría ser, y qué bueno fuera, mellizos de mierda, para que aprendan a tratar a su hermana, y para que sepan lo que vale un peine, carajo, también.

O sea que, para que nadie los viera llegando en ese carromato de tercera mano, los mellizos optaron por estacionarse lejísimos del caserón inverosímil de la familia Quispe Zetterling, aquel sábado del fiestón y la presentación, que ahí todo el mundo tomó por presentación en sociedad de alguien, aunque, la verdad, nadie sabía muy bien de quién, porque a Lucha y Carmencita acababan de organizarles tremenda fiesta de debutantes, hacía apenas algunas semanas, y a los mellizos Céspedes Salinas esos, a santo de qué organizarles nada, si nadie sabía ni de dónde habían salido siquiera, pero lo cierto es que aquel sábado todos llegaban contando que bueno, que sí, que a mí me han llamado para presenciar una presentación y, de paso, eso sí, divertirnos como nunca y bailar hasta la madrugada, y, tú, Gonzalo, por ejemplo, cuéntanos con qué motivo te invitaron a ti.

– La verdad, ni me acuerdo, viejo. Pero, bueno, digamos que, por si acaso, yo ya vine presentado.

Y la gente se mataba de risa, y todos ahí se decían El gusto es entero, enterito mío, o eso te pasa por impresentable, Ramón, pero lo cierto es que el whisky corría en cantidades industriales y que dos españolones recién desembarcados en busca de América y un trabajito o un braguetazo, optaron aquella noche por clavar su pica definitiva en Lima, ¡coño!, porque aquí hasta los músicos beben whisky, ¡verdad!, ¡coño!, ¡y tan verdad como que yo aquí me quedo, joder!, ¡y a esto sí que le llamo yo descubrir América, coño!, pero dime, tú, Joaquín, ¿y qué serán esas jarras de líquido azul?

– Pues agua, compatriota, que otra cosa no es. Que yo ya la he probado y es agua. Y el hielo es de color rojo, rojo como la sangre, sí, señor. Y así parece que, en Lima, a la gente le da por beber las cosas de muchos colores. Y mira tú lo que es viajar e ir viendo mundo.

– ¿Y al agua le tocó el azul?

– Como que yo soy de La Mancha, sí, señor.

– ¡Cono! ¡A mí que me den una pica para clavarla aquí mismo, esta misma noche.

– ¡Salud!

– ¿De qué color?

Todo aquello de los colores era invento de doña Greta Zetterling de Quispe Zapata, malditos apellidos los del pobre primer contribuyente, una mujer hermosa hasta decir basta, de unos ojos azules muy grandes y duros como dos inmensas aguamarinas, de piel blanquísima, de pelo tirando a rojo y sin un toque de tinte, de buenas joyas, aunque demasiadas para una sola noche y como que muy grandazas, todas, también, aunque deben de valer su peso en oro porque falsas no son, definitivamente, ya que en el vocabulario de don Rudecindo Quispe Zapata, y también en su vida, la palabra «falso» sencillamente no existía, ni había sido ni iba a ser inventada jamás, pues lo suyo fue siempre el trabajo de sol a sol y la honestidad a toda prueba. Y Lima entera lo supo así, en muy poco tiempo.

Y, también, así como doña Greta era extrovertida, bailarina, botarate, multicolor y hasta multiascensor (lo de los mil teléfonos arcoiris y los tres ascensores multiusos era todo, absolutamente todo, cosa de ella; era idea, capricho, antojo, o lo que sea, de doña Greta y su exuberancia), don Rudecindo era todo gomina y cabello sumamente planchado, día y noche, para que no se le encabritara, el maldito pelo tipo cerda, cuando uno menos lo piensa, y todo un caballero ejemplar, eso sí, y hombre de muy pocas palabras, ningún baile, ni una sola querida, tampoco visita alguna a burdel ninguno, y puro trabajo y amor por su esposa e hijas, que, aunque con ríos de aguas azules y flores de plástico, de preferencia, y Danubios azules y verdes o rojos, al bailar, lo adoraban también, y le eran, las tres, de una fidelidad que, pronto, muy pronto, también Lima entera admitió y respetó, aunque, claro, eso del agua azul, el hielo color sangre y los postres teñidos andinamente, como que está de más, ¿no te parece?, bueno, sí, tal vez, aunque a mí me parece más bien que está muy a tono con la casa…

– Es que la casa, hija…

– Es que la cosa, mamá…

Era, el de los Quispe Zapata Zetterling, un mundo hecho a la medida de los mellizos Arturo y Raúl Céspedes Salinas, que, en efecto, aquel sábado no pararon de presentarse una y otra vez a las hermanas Lucha y Carmencita, y de representarse como los futuros muy próximos primeros médicos del Perú, y hasta como el Duque y el Oso, entre aguas de colores y patos rojos de hielo y gansos verdes de hielo y flores multicolores de plástico, multicolores mas no multiarcoiris, claro, porque eso ya sería una redundancia y…

– ¿Una qué, Duquecito? -le preguntó, algo inquieta, su Luchita a su Duque y señor, esa misma colorida noche.

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