– ¿Aló? -dijo éste-. No, no se ha colgado. Fui un instante en busca de un traductor, al ver que… Bueno, al comprobar lo mismo que tú y tu hermana estaban comprobando, también…
– ¿Cómo…?
– Nada, nada. Y mira, aquí te paso nuevamente a Raúl Céspedes, pero en versión norteña, ahora.
Acertó, Carlitos, y el mundo se llenó de cumbres del estrellato y mecas del firmamento, pero hasta tal punto que ahora era Carlitos el que colgaba peligrosamente del teléfono de la calle de la Amargura, mientras que las dos hermanas Quispe Zetterling colgaban, una de un teléfono rosado, y la otra de un teléfono verde, para felicidad de los mellizos. Y también para su gran desesperación, porque, a ver, tú, Raúl, y tú, Arturo, ¿adivinen de cuál de estos dos teléfonos estoy hablando yo? ¿Del rosado, del azulito? ¿Y de cuál está hablando mi hermana? ¿Del rojo, del verde?
– Pregúntenles que si están colgando del amarillo -les soplaba Carlitos, cual apuntador teatral, y los muy brutos no le entendían ni papa.
– ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Y por qué? -le preguntaban, una y otra vez, los mellizos, con unas gargantas operadísimas de algo atroz en las cuerdas vocales, para que ellas no se fueran a enterar, no vaya a ser… ¿Y para qué, Carlit…?
– Par de animales -se desesperaba éste-. Pues para irse enterando de toda la inmensa gama de teléfonos que hay en ese caserón, del gigantesco arcoiris de teléfonos que poseen ese par de chicocas.
– ¿El verde y el azul y el rojo y el celestito? -les gritaban, casi, entonces, los mellizos a las hermanas.
– Así no vale -les coqueteaban ellas, multicolormente felices, con su arsenal de teléfonos-. No, así no vale. Tienen que responder, por ejemplo: Tú, Carmencita, estás en un teléfono de tal color, mientras que tú, Luchita, estás…
– ¿En el firmamento y en el arcoiris…?
– Ah, no. Así tampoco vale…
La conversación telefónica más larga, intensa y feliz que hubo en Lima, en la década de los cincuenta, duró hasta que Carlitos Alegre se vino abajo con un buen trozo de pared a cuestas y entre los desafortunados gemiditos y gemidillos de la pobre Consuelo, a la que sus hermanos casi matan a insultos por el solo hecho de tener que pasar por ahí en ese momento, justo cuando ellos acababan de llegar a un casi histórico acuerdo con las hijas del primer contribuyente de la república, qué muchachas tan encantadoras, qué sencillez, cuánto firmamento en su horizonte y cuánta meca en su cumbre, y ni hablar del gigantesco y multicolor arcoiris de teléfonos que poseen en la casa de los ascensores para todo y para todos, sí, señores, hay que ver, y que viva el lujo y quien lo trujo, y antigüedad es clase, aunque la verdad, Arturo, mejor lo de antigüedad lo dejamos, por ahora, ¿no te parece?, no vayamos a embarrarla, sí, Raúl, aunque dime, tú, ese gigantesco arcoiris multicolor de teléfonos…
– No se puede decir que el arcoiris es multicolor -los corrigió Carlitos, feliz de poder humillarlos, ahí delante de su pobre hermana, feliz de poder defenderla así de la mirada de poquita cosa y tú no vales nada y como te atrevas a pasar de nuevo, que le acababan de pegar ese par de cretinos-. Es una redundancia, pedazo de ignorantes… Están en segundo año de universidad y aún no saben que un arcoiris sólo puede ser multicolor. Par de redundantes. Es como si yo dijera que los hermanos mellizos son dos. ¿O todavía no me han entendido…?
Sí. Ya le habían entendido, claro que sí, Carlitos. Es que estaban tan emocionados con lo de Carmencita y Luchita.
– ¿Sólo porque han logrado hablar por teléfono con dos chimbotanas, par de chiclayanos?