Y ahora, llegado ya el momento de lo social, el matrimonio Quispe Zapata Zetterling y sus hijas Lucha y Carmencita, que, desgraciadamente, muchísimo tenían del papá y casi nada de doña Greta, habían aterrizado en Lima y a lo grande. Por lo pronto, se comentaba ya que en la gigantesca casona de Javier Prado, en la que lo aerodinámico se daba la mano con lo neocolonial y con algún toque bávaro-selva negra, los tres ascensores no paraban de subir y bajar, día y noche y semana tras semana, y que el fiestón con que las dos muchachas habían sido presentadas en sociedad, antes de tiempo, es cierto, pero, de ser necesario, la fiesta la podemos repetir, a su debido tiempo, habrían afirmado doña Greta y don Rudecindo, aunque lo cierto es que hasta ahora nadie había encontrado un solo invitado a aquel fiestón al que no le faltaran palabras para contarte lo que fue aquello, hija. Y, pocos meses después, las chicas terminaron el colegio y, bueno, para qué te cuento, realmente todavía no se ha escrito lo que fue aquello, de fábula, de cuentos de hadas, de otros tiempos, hija mía.
O sea que los mellizos ya no pudieron más de curiosidad, de ansiedad, de inquietud, en fin, de todo lo que eran ellos, quintaesencialmente, cuando de la sociedad limeña se trataba. Y Carlitos Alegre andaba suelto en plaza, porque Natalia de Larrea acababa de partir en uno de sus modernísimos viajes a Europa, o sea, en avión y por negocios, y no en el
Pero, por más que lo intentó y por más divertido que estuvo, en su improvisada metida de letra, Carlitos fracasó ciento por ciento con las hermanas Lucha y Carmencita Quispe Zetterling, que sencillamente no lograban captarle la gracia al loquito este del teléfono, y más bien consideraron que ya se estaba poniendo pesado con tanta chachara y tanta broma totalmente incoherente. La verdad, ahí el primero en darse cuenta de que el asunto no funcionaba, ni iba a funcionar nunca, fue el propio Carlitos, que hasta empezó a perder la paciencia y a hartarse de lo brutas que eran las pobres hermanas, qué bárbaras, no pescan ni una, no aciertan con ninguna, y a mí no me entienden ni me entenderán jamas.
– ¿No será que son excesivamente chimbotanas? -les dijo, por fin, a los mellizos, poniendo precavidamente una mano sobre el inmenso auricular, para no ofender a nadie, allá en el caserón de los múltiples ascensores y estilos. Y, como los mellizos continuaban intensamente colgados y mirándolo sin saber muy bien qué hacer, añadió-: ¿Y por qué no lo intentan ustedes, que tienen algo de chiclayanos? Todo eso es por allá, por el norte, y, a lo mejor, ustedes cuatro nacieron para entenderse a las mil maravillas. De cualquier manera, yo hace ya como una hora que lo intento todo con esas dos chicas y, la verdad, como si les hablara en chino. Y miren que les he contado la historia de las sillas que te atrapan para siempre, en Barranco, de cómo el francés es el idioma más pegajoso del mundo, y de cómo Melanie, que es casi una niña, es quien me está enseñando francés a mí, en tiempo récord sudamericano, cuando menos, y no la señorita solterona Herminia Melon, sin acento en la «o», que es una profesora genial y de fama mundial, y que es la que me da clases tres veces por semana, oficialmente, pero siempre pegado a una silla atroz, por decir lo menos. En fin, ustedes son testigos. Lo he probado todo, creo, ya, pero las hermanas Lucha y Carmencita Quispe Zetterling, como quien oye llover.
– A ver -dijo, por fin, Arturo, descolgándose, y haciéndole una seña a Carlitos, para que le entregara el auricular.