Читаем El Huerto De Mi Amada полностью

Noches enteras se quedaron estudiando francés Carlitos y Melanie. Se amanecían, ahí en la sala gigantesca aquella, y Carlitos progresaba, y mucho, sí. Tanto que, al final, iba donde la señorita Herminia Melon y se pegaba crujientemente en las sillas detestables, pero ni cuenta se daba hasta el final de la clase, mientras que la señorita no salía del asombro de ver lo mucho que progresa este muchacho, claro, se ha abstraído del mundo, con lo del francés, su mente entera sólo retiene el mundo si éste está en francés, es un distraído total para todo lo que no sea ese idioma, y así, cómo no, el escándalo de despegada con que se levanta de la silla, aunque ahora sí muy puntualmente y sin olvidarse de pagar y sin que le importe nada más que el francés, en este mundo. Y cada clase sabe como doce clases más y pronuncia mejor, ce grand distrait…

Aunque había sido testigo mudo -pero vaya sonrisas comentariosas, las del hombre- de varios papelones y de más de una amarga derrota de los mellizos Céspedes, en sus incursiones en el mundo de los contribuyentes lustrosos [sic] de la república, Molina odió a Carlitos por contárselo todo en francés a Natalia, en el camino del aeropuerto al huerto. Pero bueno, en francés, en castellano, o en chino, lo primero que les sucedió a los pobres Arturo y Raúl fue algo bastante similar a lo de las descendientas del Almirante Miguel Grau, que más finas y descendientas no podían ser, pero que no sólo no tenían fortuna sino que además no usaban dinero. Y ellos, que tan acostumbrados estaban a que, año tras año, don Luciano Quiroga volviera a ocupar el primer lugar entre los más importantes contribuyentes de la república, esta vez se encontraron con que había surgido uno que lo superaba con creces, que lo humillaba, casi, pero que, en cambio, como que había surgido de la nada, de la noche a la mañana, con el espantoso apellido de Quispe Zapata, el inefable nombre de Rudecindo, y con el atroz lugar de nacimiento de Chimbote. En fin, que Rudecindo Quispe Zapata era casi un caso clínico-social para los mellizos, una verdadera anomalía, una de esas excepciones que, lejos de confirmarlas, arruinan todas las reglas y cómo lo joden a uno, además, Raúl, ¿a mí me lo vas a decir, Arturo?, tremendo padrón y tanto empeño y un millón de averiguaciones para que, al final, el número premiado salga en Chimbote.

– Bueno, nuestro padre era de Chiclayo, que tampoco anda tan lejos y…

– Nuestro padre fue de Chiclayo, murió, y, antes, hizo todo lo posible por casarse con una limeña y, después, para que sus hijos nacieran en esta ciudad.

– Y lo logró.

– No así el tal Rudecindo ese, cuya esposa e hijas también son chimbotanas y, lo que es peor, lo parecen, según me cuentan.

La verdad, el contribuyente número uno de la república nadie sabía muy bien de dónde había salido, allá en Chimbote, ni si al mundo llegó ya con su pan bajo el brazo, si terminó su secundaria, si realizó algún estudio superior. Pero, en cambio, de golpe y porrazo había resultado ser poseedor de toda una colección de haciendas, fundos y chacras, en el norte del país, construía carreteras en el sur del país, poseía una fábrica de gas y otra de ladrillos en la capital del país, y hasta había amanecido un día siendo accionista importante del Banco Internacional del Perú, pero, por ejemplo, aún no era miembro del Club Nacional, ni lo había intentado siquiera, tampoco había viajado a Europa en el Reina del Pacífico, ni lo había intentado siquiera, y sus hijas, medio impresentables, según dicen, habían llegado de un colegio de Chimbote al británico San Silvestre, de la capital. Y, aunque hacía cuatro o cinco años que el tal Rudecindo Quispe Zapata venía metiéndose por los palos, en la carrera de los contribuyentes importantes, jamás nadie sospechó que un año la iba a ganar por varias cabezas, ni mucho menos que la avenida Javier Prado amanecería un día con el primer caserón en la ciudad de tres pisos y ascensor principal, ascensor de servicio, y ascensor de servicio culinario (uno chiquito en que se suben las comidas rápido, para que no se enfríen, o los tragos con su hielo bien compacto, entre otras cosas, o también para que nadie tenga que traerte nada hasta tu cuarto, si estás calato en la cama, por ejemplo, habían averiguado los mellizos), y que el arquitecto era un inglés de fama mundial, aunque en Lima los caprichos de la familia Quispe Zapata le arruinaron bastante su proyecto y, de paso, su fama, y que la esposa del tal Rudecindo se llamaba Greta Zetterling, que era de origen austrohúngaro, un lomazo, y qué ojos azules, y que adoraba a su marido y lo respetaba y hasta le llevaba las cuentas sin ayuda de nadie, como cuando recién empezaron su vertiginosa ascensión económica.

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