No le ofrecieron resistencia y fue un beso interminable, que, parece ser, sólo parece ser, además, porque Carlitos jamás hizo mención alguna de aquel asunto tan extraño, era tan sólo una prolongación de algo que había empezado ya en el aeropuerto, inconteniblemente, impostergablemente, y que, aunque él mismo lo ignorara, tenía que continuar aquí en Barranco, salvo que hubiera continuado con Molina, claro, en el trayecto desde el aeropuerto, y entonces por supuesto que ya habría sido cosa de locos y a lo mejor hasta se estrellan y se matan. Ahora, sin embargo, el chofer ni siquiera sospechaba todo lo que estaba ocurriendo, ante su muy atenta mirada y sus oídos de cazador al acecho. La señorita Herminia Melon, en cambio, era un dechado de ternura e inteligencia y poseía además aquella exquisita sensibilidad. Estaba enterada de que el nuevo alumno regresaba del aeropuerto, de despedirse de un ser querido, pero de nada más, porque ella era tan huraña como sus padres y, de Lima, sólo sabía que quedaba muy lejos de París. En fin, que por más que le contaran muchas cosas y le chismeara más de una alumna, lo suyo era enseñar el idioma francés y punto, aunque de este chico que la estaba asfixiando, aparte de tener anotado el nombre y apellidos, sus horarios de clases, los honorarios, etcétera, algo más le parecía recordar, ahora… Pero no, puesto que era de ella misma de quien se estaba acordando, de golpe, la señorita Herminia Melon, al cabo de tantos y tantos años, y por ello sin duda alzó de pronto sus brazos y, aunque tarde y bastante mal, pero delicioso, a su antigua manera, empezó también a besar a Carlitos, o a devolverle su beso, al menos, primero, aunque ya después se empinó un poquito para devolverle su beso un poquito mejor, y al final terminó volcándose totalmente en los brazos del gran amor de su vida, cuando éste partió a la guerra, en un tren, nunca jamás volvió, y ella optó por ser lo que era hasta el día de hoy, en que este chico tan simpático se me ha aparecido con el tiempo perdido casi completo, porque hasta el aroma es el mismo, mira tú, qué delicia, y son las siete, y aquel tren también partió oscuro y a las siete, anocheciendo ya… Un buen rato de aroma después, la señorita Herminia Melon, que jamás se arrepentiría de nada, estaba sentada en un sofá de terciopelo azul bastante gastado, hasta el cual se había llevado a Carlitos Alegre, poquito a poco, para terminar aquel beso tan prolongado, ahí, cada uno con su propia pena y con su propia emoción a cuestas, cada uno en lo suyo y cada uno por su lado, en fin, aunque se diría que, también, en cierta medida, bastante satisfechos, en medio de tanto silencio y oscuridad, y ella, además, con aroma incluido.
– Perdóneme -le dijo Carlitos-. Por favor, señorita, perdóneme. Soy la persona más distraída del mundo, y me parece que…
– Creo recordar que ya me habían contado algo de lo distraído que es usted -le dijo ella, encendiendo una lámpara para ver cómo era, en realidad, una persona tan poderosamente distraída.
Y cuando lo miró como quien intenta reconocerlo entre la niebla del tiempo, y finalmente le sonrió, era todavía más bonita y más fina, la señorita solterona Herminia Melon. Y además ya había encendido todas las luces, porque, bueno, también tenemos que pensar en el idioma francés, ¿no le parece, señor Alegre?
– Sí, claro.
– Pues entonces, manos a la obra.
– ¿Podré aprenderlo en tres semanas? No sé cómo explicárselo, señorita Melon, pero digamos que me resulta imprescindible aprender este idioma en tres semanas. Me urge, señorita.
– Bueno, la verdad es que no lo veo muy fácil. Pero, en fin, si no se distrae usted más, tal vez…