Читаем El Huerto De Mi Amada полностью

Carlitos estaba realmente furioso con lo del maltrato a Consuelo. Y como que había salido en defensa de su dama y todo, ante ese par de cretinos. Pero los pobres también… Tenían sus motivos para haberse sobreexcitado de esa manera, los Céspedes Salinas. Lo que pasa es que Carlitos ni se había enterado, primero por concentrarse en el paso desangelado de Consuelo, justo en ese momento, justo por ese lugar, justo en aquella maravillosa circunstancia. Y justo, también, cuando él, cataplum, se les vino abajo con tremendo trozo de pared y otra vez habría que arreglarle con creces a su mamá lo de ese agujeróte y lo de la tubería del agua y el cable eléctrico colgantes y cada vez más peligrosos de incendio o inundación, no, qué horror, qué espanto, Dios no lo quiera, y apiádate, Señor, de nuestra pobre madre. En fin, que, con todas estas cosas y él desbarrancándose, además, Carlitos ni se había enterado de que las hermanas Quispe Zetterling, maldito primer apellido, acababan de decidir que el próximo sábado organizaban tremendo fiestón, en honor a sus teléfonos multicolores, en fin, esto es una broma, en honor a ustedes, Raúl y Arturo, y para tener el gusto de conocerlos personalmente, y que ellos estaban dándoles todas las gracias del mundo, para que les llegaran por el gigantesco arcoiris multicolor de teléfonos, perdón, arcoiris no redundante, Carlitos, y estaban colocando ya el auricular en su lugar, estaban poniéndole punto final a esa conversación tan colorida y feliz, cuando al mismo tiempo te viniste tú abajo y apareció Consuelo, como fuera de temporada o algo así, la tipa, Carlitos, pero ya pasó, tú bien sabes que Consuelito es nuestra hermana y que, en nuestra familia, unidad y amor son palabras sinónimas…

– Pues que sea la última vez -les dijo Carlitos, aceptando sus disculpas, finalmente, despidiéndose, luego, y corriendo encantado de la vida, esta vez sí que sí, a contarle a Molina todo lo ocurrido aquella tarde. A contárselo con lujo de detalles y sin importarle que el hombre, feliz al volante del Daimler, poco a poco, y como quien no quiere la cosa, empezara a soltar los comentarios más ácidos y pertinentes acerca de los mellizos Céspedes Salinas. Era un hecho que el veterano chofer odiaba cada día más a los hermanitos esos, aunque sin que este atroz sentimiento lo llevara a perder jamás la compostura perfecta que debe guardar siempre un chofer uniformado y de lujo, servidor sin patrones, ya, y proveniente de un mundo casi desaparecido, pero, eso sí, hombre sin par a la hora de decirlo todo acerca de los mellizos, con tan sólo una sonrisa o una filuda mirada, y, de un tiempo a esta parte, verdadero especialista en la materia Céspedes Salinas y hasta en la calle de la Amargura y su resonancia magnética, si se quiere.

Pero esa noche, al desvestirse para acostarse, Carlitos descubrió en un bolsillo de su saco el papelito aquel. Lo leyó muy atentamente y fue muy grande su pena, al terminarlo. Lo firmaba Consuelo y la letra era de mujer. Sí, era su letra, sin duda alguna, pero él estaba seguro, segurísimo, de que Consuelo no le había escrito esas líneas por iniciativa propia, y mucho menos se las había metido en el bolsillo sin que él se diera cuenta. Aquello era obra y gracia de Arturo y Raúl, qué duda cabe, y lo que sí comprendía ahora Carlitos era el porqué de la breve serie de gemiditos y gemidillos que le había oído a Consuelo esa tarde, cuando él se cayó con su trozo de pared y todo, y los mellizos le ponían punto final a su norteña conversación con Lucha y Carmencita Quispe Zetterling. «Este par de desgraciados», pensó Carlitos, mientras se metía en la cama e imaginaba fácilmente a Raúl y Arturo forzando a su hermana a invitarlo a una fiesta del Rosa de América, su colegio de siempre, en el que este año se graduaba ya. Carlitos había apagado todas las luces, pero ahí, en medio de esa oscuridad, aunque ya sin el relojazo aquel del tictac y su tremenda crisis, cuando el anterior viaje de Natalia a Europa, ahí, en esa oscuridad, veía claramente cómo los mellizos le dictaban esas ridiculas palabras de invitación a la pobre Consuelo, obligándola en seguida a firmarla con esa caligrafía como debilucha y arrastrada, tremendamente tímida e incluso asustada. Carlitos encendió una lámpara, con el impulso de llamar inmediatamente a Consuelo y decirle que sí, que claro, que feliz, que por supuesto que él la acompañaría a su fiesta, que era un honor para él, Consuelo, jamás Martirio ni Soledad ni Concepción ni nada, esta vez, es una gran alegría para mí, querida amiga… Pero era ya demasiado tarde ya, para llamar a nadie, y Carlitos esperó al día siguiente para marcar el número de la calle de la Amargura y decirle a Consuelo que la acompañaría ese sábado a su fiesta, encantado de la vida.

– Yo le juro que yo no lo invité -le dijo Consuelo, avergonzadísima, llorando casi.

– ¿Entonces, no podré ir? -le preguntaba Carlitos-. ¿No tendré la gran suerte y el gusto de poder acompañarla?

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