Читаем En el primer cí­rculo полностью

Prianchikov apretó los puños y sacudió los brazos delgados sobre la cabeza, como tomando por testigos a todo el cielo y la tierra.


—¡No es posible! — protestó rabioso—. El sábado por la noche el Ministro Abakumov en persona me prometió que tendríamos agua hirviendo para el té de la noche. Ni siquiera es lógico: después de todo, trabajamos hasta medianoche. Le respondió una risa unánime.


—No trabajes hasta medianoche; estúpido —tronó Dvoietiosov.


—No podemos pagar a un cocinero nocturno —explicó Shusterman, — grave. El teniente primero pasó una lista escrita a máquina y él anunció con voz de ultratumba, que hizo callar a todos:


—Atención: no deben presentarse esta mañana los siguientes, que debería alistarse para ser transportados: Jorobrov, Mijailov, Nefzhin, Siemushkin! ¡Entreguen todo lo que sea propiedad del gobierno! Y los dos oficiales salieron.


Los cuatro apellidos desencadenaron un torbellino en la habitación. Todos dejaron él té, los sandwiches y se reunieron. Cuatro de veinticinco era una cosecha de víctimas mayor que lo habitual. Todos hablaban al mismo tiempo; voces animadas y desanimadas se mezclaban con voces ruidosas y agresivas. Algunos, de pie en las literas altas, movían los brazos; otros se sostenían la cabeza; otros discutían, golpeándose el pecho; otros sacudían las almohadas para sacarles sus fundas, propiedad del gobierno. Y todo el cuarto se convirtió en tal manicomio de pena, pasividad, enojo, desafío, quejas y cálculos, que Rubin se levantó de su litera como estaba, con chaqueta de abrigo y calzoncillos, y rugió con voz estentórea, que dominó el pandemonio:


—¡Un día histórico en la sharashka¡ ¡La mañana que ejecutaron a los Streltzi!


Y extendió los brazos por sobre todo el cuadro.


Su conducta no significada en modo alguno que lo alegrase el transporte de los prisioneros. Si lo hubieran transportado a él habría hecho la misma broma. Ninguna cosa sagrada se salvaba de sus comentarios.


El cambio de prisión es un momento capital en la vida de un prisionero como ser herido para un soldado. La herida puede ser grave o no, curar o matar; el punto final del transporte puede ser cerca o lejos, vida o muerte.


Leyendo a Dostoievski, cuando describe la horrible existencia de los prisioneros condenados a trabajos forzados, sorprende la tranquilidad de esas sentencias. ¡Ni un transporte en diez años!


El prisionero vive en un lugar; se acostumbra a sus camaradas, a su trabajó, a sus autoridades. Por más ajeno que le sea el concepto de posesión, no puede evitar acumular cosas: una valija que viene desde la libertad, otra de madera fabricada en el campo; un marco para la fotografía de su esposa o hija; zapatillas que usa para caminar por barracas y esconde durante el día; un par adicional de pantalones de algodón; unos zapatos viejos no entregados a tiempo; y se arregla para ocultar todo eso, para conservarlo detrás de otra cosa de un inventario a otro. Hasta posee su propia aguja, sus propios botones que él mismo cosió con cuidado; incluso, puede tener uno o dos de más. En la bolsita hay un poco de tabaco.


Si es exigente en cuanto a higiene, puede ser que guarde un poco de polvo dentífrico y que se lave los dientes de vez en cuando. Se acumula un montón de cartas de sus familiares, adquiere un libro y, cambiándolo, llega a leer todos los libros que hay en la prisión.


Pero el transporte golpea la frágil estructura de su vida como un rayo: siempre sin aviso, siempre encontrándolo indefenso, porque el anuncio se demora hasta el último minuto posible. Se apresura a romper las cartas de su familia ya arrojar los trozos de papel al baño. Si el trasporte se hace en vagones rojos para ganado, el guardia del convoy le corta todos los botones y le tira el tabaco y el dentífrico, porque podrían servir para cegarlo en un intento de fuga. Si se usan vagones Stolipin, el guardia furioso aplasta la valija, que no entra en el estrecho espacio para equipajes, y al mismo tiempo rompe el marco de la fotografía. De todos modos le quitan los libros, prohibidos en transportes, la aguja, que podría usarse para limar los barrotes y matar al guardia y las zapatillas, que son basura, y el par adicional de pantalones, que pueden servirle al guardia.


Limpio así del pecado de propiedad, de toda inclinación por una vida tranquila, de todo deseo por las comodidades burguesas (conde nadas con justicia hasta por Chejov), de amigos y pasado, el prisionero junta las manos detrás de la espalda y en grupos de a cuatro (un paso a derecha o izquierda y el guardia abre el fuego sin aviso), rodeado de perros y guardias, va a tomar el tren.


Todos ustedes lo han visto en ese momento en la estación ferroviaria, pero en su cobarde sumisión miraron a otro lado, para que el teniente de la escolta no se ponga a sospechar de ustedes y los detenga.


El zek entra en el vagón, que se engancha detrás del coche correo.


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