Читаем En el primer cí­rculo полностью

En una mina de la Kolinma había puesto la pierna bajo un vagón de mineral para romperse el hueso y en el hospital pudo escapar a la horrible muerte que significaban los "trabajos generales" en el ártico: de modo que no valía la pena llorar, ni siquiera ante la destrucción de diez años de trabajo.


Otro trasladado era el diseñador Siemushkin, bajo y calvo, quien tanto se había esforzado el domingo por zurcir sus medias.


En comparación, era un novato con dos años de prisión en la sharashka. Tenia mucho miedo de ir a un campo, pero miedo y impedían no impedían tratar de quedarse con un pequeño volumen —de Lermontov, a quien él y su esposa rendían verdadero culto. Rogó a Mishkin le devolviera el libro y se apretó las manos como un niño. Ofendiendo la sensibilidad de los zeks veteranos, trató de meterse en la oficina del teniente coronel, pero no fue admitido. De repente arrancó de manos del "policía", que saltó alarmado a la puerta, considerando el acto como una señal de rebelión. Siemushkin, con insospechada fuerza, arrancó las tapas verdes del libro, las arrojó a un lado y arranco las páginas, llorando y gritando mientras las tiraba a todos lados:


—¡Tómelas, devórelas, tráguelas todas!


La inspección continuó


Cuando había terminado, los zeks apenas se reconocieron mutuamente.


Obedeciendo órdenes, habían tirado sus mamelucos azules en una pila, su ropa interior con sello oficial en otra, y sus abrigos —a menos que estuviesen completamente inservibles— en una tercera.


Ahora todos llevaban su propia ropa, o harapos que las reemplazaban, están estaban bajo la mirada del contador.


Algunos quedaron sin ropa interior, a pesar de estar en pleno invierno se pusieron los calzoncillos y camisetas que llevaban el día en que llegaron desde el campo, y que, no lavados durante años, habían estado juntando moho en las bolsas del depósito. Otros usaban rudos zapatones de campamento, porque si al llegar su equipaje los contenía, se les quitaban sus propios zapatos y chanclos. Otros usaban botas de suela dura, y los más afortunados, botas de fieltro.


Las botas de fieltro son el alma de repuesto del prisionero. El zek que es el animal más privado de todo en la tierra, menos consciente de su futuro que una rana, un topo o un ratón campesino, no tiene defensa contra los virajes del destino. Aunque haya encontrado el refugio más cálido y profundo, nunca lo abandona el miedo de que a la noche siguiente lo arrojaran a los horrores del invierno, de que un brazo de franja celeste se apodere de él y lo arrastre al Polo Norte. Por eso sufren los pies que no calzan botas de fieltro; Kolima va a bajar su pies del camión, como dos barras de hielo. Un zek sin botas de propias vive todo el invierno escondiéndose, miente, disimula, soporta cualquier insulto o persigue a quien sea, con tal de que no lo trasladen en invierno. ¡Pero el que las tiene no conoce temores!


Mira audaz a los ojos de las autoridades y recibe sus órdenes de viaje con la sonrisa de Marco Aurelio.


Aunque afuera había deshielo, todos los poseedores de botas de fieltro, entre ellos Jórobrov y Nerzhin, se las pusieron y caminaron orgullosos por el cuarto. En parte lo hacían para cargar menos cosas, pero sobre todo por sentir su agradable calor, aunque hoy no iban más que a la prisión de Butirskaia, donde no hacía más frío que en la sharashka. Sólo el intrépido Gerasimovich, que no quiso ayudar á meter gente en la trampa, carecía de toda propiedad, y el vestuario le entregó, "como reemplazo” un capote color arveja, de mangas largas, que no se le abrochaba al frente y que "era usado", y zapatos de tela, incómodos, que también "eran usados".


Gracias a sus lentes, esa ropa le daba un aspecto, más cómico que nunca. La inspección había terminado. Los veinte fueron empujados a una sala vacía con las cosas que podían llevar. La puerta se cerró tras ellos y al otro lado se apostó un guardia, mientras esperaban al vagón negro. A otro guardia lo enviaron a patrullar el hielo resbaladizo bajo las ventanas, para echar a quien pretendiera acercarse para verlos durante la hora del almuerzo. Así se rompía todo contacto entre los se iban y los doscientos sesenta y uno que se quedaban, Los que esperaban el traslado estaban todavía en la sharashka, pero, en cierto modo ya no estaban allí. Se sentaron donde pudieron, sobre los paquetes o sobre los bancos y al principio nadie habló.


Cada uno hizo inventario: qué le habían sacado, qué le habían dejado, y pensó en la sharashka: las ventajas que perdía al irse, cuánto había pasado de su sentencia, y cuánto le quedaba. Como hacen los prisioneros, contaban una y otra vez los meses y los años: el tiempo ya perdido y el que les quedaba por perder. Pensaron en sus familias, de las que estarían separados quién sabe por cuánto tiempo, y en que tendrían que volver a pedirles ayuda. En la tierra de GULAG un adulto que trabaja doce horas por día no es capaz de mantenerse.


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