La claridad del día iluminaba hasta el fondo el amplio espacio del supermercado. Casi todos los exhibidores estaban derribados, no había más que basura, cristales rotos, embalajes vacíos, Es curioso, dijo la mujer del médico, incluso no habiendo aquí nada de comida, me sorprende que no haya gente viviendo. El médico dijo, Realmente, no parece normal. El perro de las lágrimas soltó un aullido en tono muy bajo. De nuevo tenía el pelo erizado. Dijo la mujer del médico, Hay aquí un olor, Siempre huele mal, dijo el marido, No es eso, es otro olor, a podrido, Algún cadáver que esté por ahí, No veo ninguno, Entonces será una impresión tuya. El perro volvió a gemir. Qué le pasa al perro, preguntó el médico, Está nervioso, Qué hacemos, Vamos a ver, si hay algún cadáver pasamos de largo, a estas alturas los muertos ya no nos asustan, Para mí es más fácil, no los veo. Atravesaron el supermercado hasta la puerta que daba acceso al corredor por donde se llegaba al almacén del sótano. El perro de las lágrimas los siguió, pero se detenía de vez en cuando, gruñía llamándolos, luego el deber le obligaba a seguir andando. Cuando la mujer del médico abrió la puerta, el olor se hizo más intenso, Realmente huele muy mal, dijo el marido, Quédate tú aquí, vuelvo en seguida. Avanzó por el corredor, cada vez más oscuro, y el perro de las lágrimas la siguió como si lo llevasen a rastras. Saturado del hedor a putrefacción, el aire parecía pastoso. A medio camino, la mujer del médico vomitó. Qué habrá pasado aquí, pensó entre dos arcadas, y murmuró luego, una y otra vez, estas palabras mientras se iba aproximando a la puerta metálica que daba al sótano. Confundida por la náusea, no había notado que en el fondo se percibía una claridad difusa, muy leve. Ahora sabía lo que era aquello. Pequeñas llamas palpitaban en los intersticios de las dos puertas, la de la escalera y la del montacargas. Un nuevo vómito le retorció el estómago, fue tan violento que la tiró al suelo. El perro de las lágrimas aulló largamente, con un aullido que parecía no acabar jamás, un lamento que resonó en el corredor como la última voz de los muertos que se encontraban en el sótano. El médico la oyó vomitar, las arcadas, la tos, corrió como pudo, tropezó y cayó, se levantó y cayó, al fin apretó un brazo de la mujer, Qué ha pasado, preguntó, trémulo, ella sólo decía, Llévame de aquí, llévame de aquí, por favor, por primera vez desde que le afectó la ceguera era él quien guiaba a la mujer, la guiaba sin saber hacia dónde, hacia cualquier lugar lejos de estas puertas, de las llamas que él no podía ver. Cuando salieron del corredor, los nervios de ella se desataron de golpe, el llanto se convirtió en convulsión, no hay manera de enjugar lágrimas como éstas, sólo el tiempo y la fatiga las podrán reducir, por eso el perro no se acercó, sólo buscaba una mano para lamerla. Qué ha pasado, volvió a preguntar el médico, qué has visto, Están muertos, consiguió decir entre sollozos, Quiénes están muertos, Ellos, y no pudo continuar, Cálmate, me lo contarás cuando puedas. Unos minutos después, ella dijo, Están muertos, Has visto algo, abriste la puerta, preguntó el marido, No, sólo vi que había fuegos fatuos agarrados a las rendijas, estaban allí agarrados y danzaban, no se soltaban, Hidrógeno fosforado resultante de la descomposición, Imagino que sí, Qué habrá ocurrido, Seguro que dieron con el sótano, se precipitaron escaleras abajo en busca de comida, era muy fácil resbalar y caer en aquellos escalones, y si cayó uno cayeron todos, probablemente ni consiguieron llegar a donde querían, o si lo consiguieron, con la escalera obstruida no consiguieron volver, Pero tú dijiste que la puerta estaba cerrada, La cerraron seguramente los otros ciegos y convirtieron el sótano en un inmenso sepulcro, y yo tengo la culpa de lo que ocurrió, cuando salí de aquí corriendo con las bolsas sospecharon que se trataba de comida y fueron a buscarla, En cierto modo, todo cuanto comemos es robado de la boca de los otros, y, si les robamos demasiado acabamos causando su muerte, en el fondo, todos somos más o menos asesinos, Flaco consuelo, Lo que no quiero es que empieces a cargarte tú misma con culpas imaginarias cuando ya apenas puedes soportar la responsabilidad de sostener seis bocas concretas e inútiles, Sin tu boca inútil, cómo podría vivir, Continuarías viviendo para sustentar a las otras cinco que nos esperan, La cuestión es por cuánto tiempo, No será mucho más, cuando se acabe todo, tendremos que ir por esos campos en busca de comida, recogeremos todos los frutos de los árboles, mataremos todos los animales a los que podamos echar mano, si es que antes no empiezan a devorarnos aquí los perros y los gatos. El perro de las lágrimas no se manifestó, la cosa no iba con él, de algo le servía el haberse convertido en los últimos tiempos en el perro de lágrimas.