En este suave sopor parecía haber entrado el primer ciego, y, pese a todo, no era así. Verdad es que tenía los ojos cerrados y que prestaba a la lectura una atención más que vaga, pero la idea de irse todos a vivir al campo le impedía dormir, le parecía un grave error apartarse tanto de su casa, por simpático que fuese, al escritor aquél convenía tenerlo bajo vigilancia, aparecer por allí de vez en cuando. Se encontraba, por tanto, muy despierto el primer ciego, y si alguna otra prueba fuese necesaria, ahí estaba el blancor deslumbrante de sus ojos, que probablemente sólo el sueño oscurecía, pero ni de esto se podría tener seguridad, ya que nadie puede estar al mismo tiempo durmiendo y en vela. Creyó el primer ciego haber esclarecido al fin estas dudas cuando de repente el interior de sus párpados se le volvió oscuro, Me he quedado dormido, pensó, pero, no, no se había quedado dormido, continuaba oyendo la voz de la mujer del médico, el niño estrábico tosió, entonces le entró un gran miedo en el alma, creyó que había pasado de una ceguera a otra, que habiendo vivido en la ceguera de la luz iría ahora a vivir en la ceguera de las tinieblas, el pavor le hizo gemir, Qué te pasa, le preguntó la mujer, y él respondió estúpidamente, sin abrir los ojos, Estoy ciego, como si ésa fuese la última novedad del mundo, ella lo abrazó con cariño, Venga, hombre, ciegos lo estamos todos, qué le vamos a hacer, Lo he visto todo oscuro, creí que me había dormido, y resulta que no, estoy despierto, Eso es lo que tendrías que hacer, dormir, no pensar en esto. El consejo le puso furioso, estaba allí un hombre angustiado hasta un punto que sólo él sabía, y a su mujer no se le ocurría más que decirle que se fuese a dormir. Irritado, y ya con la respuesta ácida escapando de la boca, abrió los ojos y vio. Vio y gritó, Veo. El primer grito fue aún el de la incredulidad, pero con el segundo, y el tercero, y unos cuantos más, fue creciendo la evidencia, Veo, veo, se abrazó a su mujer como loco, después corrió hacia la mujer del médico y la abrazó también, era la primera vez que la veía, pero sabía quién era, y sabía también quién era el médico, y la chica de las gafas oscuras, y el viejo de la venda en el ojo, con éste no habría confusión, y el niño estrábico, la mujer iba detrás de él, no quería dejarlo, y él interrumpía los abrazos para abrazarla a ella, ahora había vuelto al médico, Veo, veo, doctor, no lo trató de tú como se había convertido casi en regla en esta comunidad, explique quien pueda la razón de la súbita diferencia, y el médico le preguntó, Ve realmente bien, como veía antes, no hay trazas de blanco, Nada de nada, hasta me parece que veo mejor que antes, y no es decir poco, que nunca llevé gafas. Entonces el médico dijo lo que todos estaban pensando pero nadie se atrevía a decir en voz alta, Es posible que esta ceguera haya llegado a su fin, es posible que empecemos todos a recuperar la vista, al oír estas palabras la mujer del médico empezó a llorar, tendría que estar contenta, y lloraba, qué singulares reacciones tiene la gente, claro que estaba contenta, Dios mío, es bien fácil de entender, lloraba porque de. golpe se le había agotado toda la resistencia mental, era como una niña que acabase de nacer y este llanto es su primero y aún inconsciente vagido. Se le acercó el perro de las lágrimas, éste sabe siempre cuándo lo necesitan, por eso la mujer del médico se agarró a él, no es que no siguiera amando a su marido, no es que no quisiera bien a todos cuantos se encontraban allí, pero en aquel momento fue tan intensa su impresión de soledad, tan insoportable, que le pareció que sólo podría ser mitigada en la extraña sed con que el perro le bebía las lágrimas.