Miró a Macarena y luego a la duquesa. Aquello era un cañonazo en la línea de flotación del ex marido. Por un momento recordó al financiero la noche anterior en el muelle; la breve comente de simpatía establecida entre ambos cuando se disponían a liberar al párroco.
– ¿Qué piensan hacer con esto?
No es asunto mío, decía el gesto de Macarena. Mis ajustes de cuentas son cosa más personal. Fue Cruz Bruner quien despejó la incógnita:
– Me dispongo a equilibrar un poco la situación. Todos han hecho mucho por esa iglesia. Usted mismo, con la misa de ayer, nos concedió una semana más de tiempo… -observó al sacerdote y luego a su hija-. Supongo que por eso creyó ella que merecía venir aquí esta noche.
– El no dirá nada -apuntó Macarena, muy seria, los ojos fijos en Quart.
– ¿No lo hará?… Lo celebro -se la quedó mirando con súbita atención, el ceño fruncido, antes de dirigirle otra ojeada a Quart-… Aunque me ocurre lo que al padre Ferro. A mi edad las cosas dejan de tener importancia, y una puede aventurarse sin miedo a las consecuencias -acarició distraídamente el teclado del ordenador-. Ahora, por ejemplo, voy a hacer justicia. Ya sé que no es un sentimiento muy cristiano, padre Quart -había una nueva cadencia en su voz, endurecido el tono. Una determinación que a él le pareció súbitamente peligrosa-. Después de esto tendré que confesarme, imagino. Estoy a punto de pecar contra la caridad.
– Mamá.
– Déjame en paz, hija, por favor -se dirigía a Quart como si esperase de él más comprensión que de Macarena, mostrándole el texto de la pantalla-… Éste es el informe de una auditoría interna del Banco Cartujano, que pone al descubierto los problemas de Pencho y todo su montaje con Nuestra Señora de las Lágrimas. Hacerlo público perjudicará un poco al banco y mucho a mi yerno. Supongo que muchísimo -una pequeña sonrisa suavizó su boca-. No sé si Octavio Machuca me lo perdonará alguna vez.
– ¿Piensas contárselo? -preguntó Macarena.
– Naturalmente. No voy a tirar la piedra y esconder la mano. Pero ha vivido lo suficiente para comprender… Además, el banco le importa un pimiento. Con la edad se ha vuelto un irresponsable.
– ¿De dónde ha sacado ese informe? -preguntó Quart.
– Del ordenador de mi yerno. Su clave de seguridad no es difícil- movió la cabeza, mostrando una pesadumbre que parecía sincera-… Y lo siento de verdad, porque Pencho siempre me fue simpático. Pero es la iglesia o él. Cada palo debe aguantar su vela.
Una luz piloto parpadeaba en el aparato de enlace con la línea telefónica, y Quart se interesó por aquello. Cruz Bruner miró un instante la lucecita y luego, al volverse hacia el sacerdote, todas las generaciones de duques del Nuevo Extremo que descansaban en su sangre se concitaron en ella:
– Es el fax -dijo, los ojos chispeantes. Y sus labios apergaminados se distendieron en una mueca que Quart nunca le había visto antes: despectiva y cruel-. Estoy transmitiendo el informe a todos los periódicos de Sevilla.
De pie a su lado, el rostro en penumbra. Macarena había retrocedido y miraba el vacío. Las lentas campanadas del reloj inglés sonaron abajo, entre los cuadros de barniz oscuro que montaban guardia secular en las sombras de la Casa del Postigo. Toda la vida posible en aquellas paredes muertas parecía refugiarse bajo la luz del flexo que iluminaba el teclado de ordenador y las manos huesudas de la anciana. Y Quart tuvo la certeza de que, en ese mismo instante, el fantasma de Carlota Bruner sonreía en la torre del jardín, y las velas blancas de una goleta se deslizaban río arriba, impulsadas por la brisa que cada noche subía del mar.