Después se puso un dedo sobre los labios, abrió la puerta silenciosamente, y hasta ellos llegaron las notas de
Ni siquiera mostró sorpresa. Tecleaba despacio, con los ojos fijos en uno de los monitores. Quart observó que lo hacía con extrema atención, como si temiese pulsar una tecla equivocada y eso diera al traste con algo importante. Le dirigió un vistazo a la pantalla llena de cifras y de signos cuyo sentido se le escapaba por completo; pero el pirata informático parecía moverse a sus anchas por todo aquello. Vestía una bata de seda oscura y chinelas, y al cuello llevaba su hermoso collar de perlas. Desconcertado, Quart miró a Macarena y luego movió la cabeza, esperando que todo fuese una gran broma que pretendían gastarle entre ella y su madre. Pero de pronto cambiaron los signos de la pantalla y aparecieron otros nuevos, y los ojos de Cruz Bruner, duquesa del Nuevo Extremo, relucieron intensamente.
– Ahí está -la oyó decir.
Con inesperada agilidad, las manos de la vieja dama recorrieron el teclado, haciéndose con el control de la pantalla. Una clave y unos signos dieron paso a otros, y al cabo de unos instantes pulsó la tecla
–
A pesar de la edad, de los ojos cansados y de lo avanzado de la hora, parecía más inteligente y despierta que nunca. Su hija le había puesto una mano en el hombro y observaba a Quart. La anciana inclinó hacia ella su cabeza blanca, reflejos violeta bajo la luz del flexo.
– Si hubiese imaginado una visita a estas horas, me habría arreglado un poco -se tocaba el collar de perlas, en tono de suave reproche-. Pero como es Macarena quien lo trajo hasta aquí, bien hecho está -levantó una mano para oprimir la de su hija-… Ahora ya conoce mi secreto.
Todavía distaba Quart de dar crédito a todo aquello. Miró las botellas vacías de refresco, las pilas de revistas especializadas en inglés y castellano, los manuales técnicos que llenaban los cajones de la mesa, las cajas de disquetes. Cruz y Macarena Bruner acechaban sus reacciones, divertida una, grave la otra. Rindiéndose ante la evidencia, curvó los labios como si fuera a emitir un silbido, pero no lo hizo. Desde aquella mesa, una septuagenaria había puesto en jaque al Vaticano.
– ¿Cómo lo consiguió? -dijo-. Resulta increíble.
– No es necesario que nadie lo crea -dijo Cruz Bruner-. Ni siquiera es conveniente. Ni probable.
La vieja dama apartó la mano que apoyaba en la de su hija para deslizarla sobre el teclado del ordenador. Un piano tal vez, se dijo Quart. Las duquesas ancianas se limitaban a tocar el piano de toda la vida, a hacer bordados y encaje de bolillos, o a mecerse en las aguas muertas del tiempo; no a convertirse por las noches en piratas informáticos a la manera del Doctor Jekyll y Mister Hyde. Aquello era una pesadilla, y tanto daba que Macarena contara de antemano con su silencio. La duquesa tenía razón: nadie creería a Quart si lo contaba.
– Me refiero a usted -protestó-. Me refiero a todo. Nunca pensé…
– ¿Que una anciana pueda moverse con facilidad a través de esto?… -irguió un poco la cabeza, la mirada ausente, reflexionando sobre ello-. Bien. No es usual, lo admito. Pero ya ve. Un día te acercas, por curiosidad. Pulsas una tecla y descubres que ocurren cosas en esa pantalla. Y que puedes viajar a lugares increíbles y hacer cosas que nunca soñaste hacer… -los labios apergaminados se curvaron en otra sonrisa que le rejuveneció el rostro-. Es más divertido que bordar o ver telenovelas venezolanas.
– ¿Cuánto tiempo lleva haciendo eso?