– También -añadió- ha recibido otro informe del arzobispo de Sevilla donde se le menciona a usted.
La lluvia arreciaba afuera, y el repiqueteo del agua en la terraza atrajo un momento la atención de los dos hombres. Quart puso la taza vacía en la bandeja y sonrió. El gesto triste, distante, que uno tiene preparado desde mucho tiempo atrás, en la certeza de que tarde o temprano lo va a necesitar.
– Siento haberle causado problemas. Monseñor.
Era el viejo tono de siempre. Disciplinado, respetuoso. Aunque estaba en su propia casa permanecía sin sentarse, casi a punto de alinear los pulgares con las costuras del pantalón negro. El director del IOE le dirigió una ojeada de afecto y luego encogió los hombros.
– Usted no me ha causado problemas
Se acentuó la sonrisa triste de Quart:
– Pero no lo hice.
Los ojos de perro viejo del arzobispo, surcados de vetas marrones, miraron largamente a su agente:
– No lo hizo. Al final decidió tomar partido -dudó un instante, arrugando el ceño-. Implicarse, supongo, es la palabra. Y lo hizo del modo y en el momento menos oportuno.
Quart lo miró con franqueza:
– Para mí lo era. Monseñor.
El arzobispo inclinaba de nuevo la frente, benévolo.
– Tiene razón, disculpe. Para usted lo era, naturalmente. Aunque no para el IOE -dejó su taza junto a la otra, en la bandeja, y estuvo observando a su interlocutor con curiosidad-. Ni para el papel imparcial que se le ordenó desempeñar allí.
– Sabía que era inútil -insistió Quart-. Un símbolo, nada más -se quedaba absorto, recordando-… Pero hay momentos en que ese tipo de cosas tiene su importancia.
– Bueno -concedió monseñor Spada-. En realidad no fue del todo inútil. Según mis noticias, la Nunciatura de Madrid y el Arzobispado de Sevilla han recibido esta mañana instrucciones para preservar Nuestra Señora de las Lágrimas, así como para el nombramiento de un nuevo párroco… -estudió la expresión de Quart antes de dedicarle un guiño irónico y bienhumorado-. Aquellas consideraciones finales suyas sobre el trocito de cielo que desaparece, la piel parcheada del tambor y todo lo demás, surtieron su efecto. Muy emotivo y convincente. De haber conocido sus habilidades retóricas, las habríamos utilizado mucho antes.
Dicho eso, el Mastín se calló. Te toca preguntar a ti, decía su silencio. Facilítame un poco las cosas.
– Esa es una buena noticia. Monseñor -Quart lo miraba expectante-. Pero las buenas noticias se dan por teléfono… ¿Cuál es la mala?
Suspiró el prelado.
– La mala se llama Su Eminencia Jerzy Iwaszkiewicz -desvió un momento la vista y suspiró otra vez-. A nuestro querido hermano en Cristo se le escapó el ratón entre las zarpas, y quiere cobrárselo de algún modo… Le ha sacado mucho jugo al informe del arzobispo de Sevilla. Según concluye, usted se extralimitó en sus atribuciones. Y encima Iwaszkiewicz ha dado crédito a ciertas insinuaciones de monseñor Corvo sobre su conducta personal… La verdad es que entre uno y otro se lo han puesto bastante difícil.
– ¿Ya usted, Ilustrísima?
– Oh, bueno -monseñor Spada alzaba una mano, descartándose a sí mismo-. Yo soy menos atacable, tengo dossieres y cosas así. Gozo del relativo apoyo del secretario de Estado… En realidad me han ofrecido paz a cambio de una pequeña compensación.
– Mi cabeza.
– Más o menos -el arzobispo se había levantado para dar unos pasos por el cuarto. Ahora estaba a espaldas de Quart, contemplando un pequeño boceto que colgaba, enmarcado, en la pared- Se trata de algo simbólico, entiéndalo. Más o menos como aquella misa suya del jueves pasado… Todo esto es injusto, lo sé. La vida es injusta. Roma es injusta. Pero es lo que hay. Son las reglas de nuestro juego, y usted lo ha sabido siempre.
Caminó alrededor del sacerdote hasta quedar de nuevo frente a él. Tenía las manos cruzadas a la espalda y el aire reflexivo:
– Lo echaré de menos, padre Quart -dijo-. Antes y después de Sevilla, usted sigue siendo un buen soldado. Sé que hizo las cosas lo mejor que supo. Tal vez durante estos años eché sobre sus hombros demasiados fantasmas. Espero que el de ese brasileño, Nelson Corona, descanse ahora en paz.
– ¿Qué van a hacer conmigo?
Era una pregunta neutra, objetiva; sin el menor rastro de ansiedad. Monseñor Spada alzó las manos al cielo, impotente: