—Bueno, tampoco hay luna vacía —dije. No puede definirse como una réplica ingeniosa, pero al menos era un intento, y en esas circunstancias ya era algo. Me di cuenta de que me invadía una sensación de ebriedad al ser consciente de que por fin tenía ante mí a alguien que lo sabía. No hacía comentarios a lo tonto que por casualidad daban en el blanco. Mi blanco era también el suyo. Lo sabía. Por primera vez podía mirar al espacio que separaba mis ojos de los de otra persona y decir sin preocupación alguna: Es como yo. Fuera lo que fuera yo, él lo era también.
—En serio —dije—. ¿Quién eres?
Su cara compuso una sonrisa propia de Dexter—el—Gato—de—Cheshire, pero como se parecía tanto a la mía, percibí que no había en ella felicidad real.
—¿Qué recuerdas de antes? —dijo él. Y el eco de esa pregunta rebotó en las paredes del contenedor y casi me hizo estallar el cerebro.
—¿Qué recuerdas de antes? —me había preguntado Harry.
Excepto...
El cerebro se me llenó de imágenes. ¿Visiones mentales? ¿Sueños? ¿Recuerdos? En cualquier caso, se trataba de imágenes muy claras. Y sucedían aquí... ¿en esta habitación? No, imposible. Este contenedor no podía llevar mucho tiempo aquí, y yo no lo había pisado antes. Pero la estrechez del espacio, la corriente fría que salía de la bomba de aire, la luz débil... todo formaba una sinfonía que me daba la bienvenida a casa. No había sido en este mismo lugar, claro, pero las imágenes eran tan claras, tan parecidas, tan completamente ajustadas, excepto por...
Parpadeé; una imagen flotaba sobre mis ojos. Los cerré.
—¿Sangre...? —susurré.
—Te acuerdas —dijo él a mi espalda—. Me alegro tanto.
Abrí los ojos. Los golpes de mi cabeza seguían. Casi podía ver aquella otra habitación superpuesta sobre ésta. Y en esa otra habitación el pequeño Dexter se sentaba allí. Podía poner los pies en ese lugar. Y el otro yo se sentaba a mi lado, pero no era yo, claro; era alguien distinto, alguien que yo conocía tan bien como a mí mismo, alguien llamado...
—¿Biney...? —dije vacilante. El sonido era el mismo, pero el nombre no acababa de sonar bien.
Asintió con un alegre movimiento de cabeza.
—Así me llamabas. En esa época te costaba decir Brian. Decías Biney. —Me acarició la mano—. No pasa nada. Es agradable tener un apodo. —Hizo una pausa, sonriendo, pero con los ojos puestos en mi cara—. Hermanito.
Me senté. Él tomó asiento a mi lado.
—¿Qué...? —fue todo lo que pude decir.
—Hermanos —repitió él—. La gente nos tomaba por gemelos. Naciste sólo un año después que yo. Nuestra madre no era muy precavida. —Por su rostro se extendió una sonrisa, amplia y feliz—. En más de un sentido.
Intenté tragar. No pude. Él, Brian, mi hermano, prosiguió.