—En parte sólo son deducciones —dijo él—. Pero tuve un poco de tiempo libre, y cuando me animaron a que aprendiera a hacer algo útil, lo aproveché. Me volví muy bueno buscando cosas en el ordenador. Encontré los antiguos archivos policiales. Nuestra querida mamá salía con un grupo de gente muy traviesa. Andaban en negocios de importación, como yo. Claro que el producto que importaban era un poco más sensible. —Alcanzó una de las cajas de cartón y de ella sacó un puñado de gorras con una pantera enfurecida grabada en ellas—. Mis productos vienen de Taiwán. Los suyos, de Colombia. Mi conclusión es que mamá y sus amigos intentaron iniciar algún proyecto por su cuenta con algún material que no era estrictamente propiedad suya; sus socios no acabaron de encajar bien su espíritu de independencia y decidieron desanimarla.
Devolvió con cuidado las gorras a la caja y sentí que me miraba, pero no podía volver la cabeza. Un momento después, desvió la cabeza.
—Nos encontraron aquí —dijo él—. Justo aquí. —Bajó la mano al suelo y tocó el lugar exacto donde aquel pequeño no—yo había estado sentado hace tanto tiempo—. Dos días y medio después. Adheridos al suelo sobre un dedo de sangre seca. —Su voz era ronca, horrible; pronunció aquella palabra, sangre, exactamente igual que lo habría hecho yo, con un odio profundo y despectivo—. Según los informes de la policía, había también varios hombres. Probablemente tres o cuatro. Nuestro padre podía haber sido cualquiera de ellos. La sierra mecánica dificultó mucho la identificación, claro. Pero están bastante seguros de que sólo había una mujer. Tú tenías tres años; yo, cuatro.
—Pero... —dije. No me salió nada más.
—Cierto —prosiguió Brian—. Y me costó mucho encontrarte. En este estado se toman muy en serio la confidencialidad de las adopciones. Pero te encontré, hermanito, ¿verdad que sí? —Volvió a acariciarme la mano, un extraño gesto que me resultaba desconocido. Claro que también era la primera vez que veía a un hermano de sangre. Quizás era un gesto que debía practicar con mi hermano, o con Deborah... Y, de repente, con un súbito ataque de remordimiento, me di cuenta de que me había olvidado por completo de Deborah.
Miré hacia ella: a unos dos metros, pulcramente sujeta.
—Está bien —dijo mi hermano—. No quería empezar sin ti.
La primera pregunta coherente que hice puede sonarles muy rara, pero la hice:
—¿Cómo sabías que querría? —Lo que tal vez sonó como si de verdad quisiera... y desde luego, no quería explorar a Deborah. Seguro que no. Y, sin embargo... aquí estaba mi hermano mayor, con ganas de jugar, una oportunidad genuinamente única. Más que por el hecho del parentesco, por el hecho de que era igual que yo—. No podías saberlo —dije, dando a la frase mayor incertidumbre de la que habría creído posible.
—No lo sabía. Pero pensé que era bastante probable. A los dos nos sucedió lo mismo. —Sonrió con más ganas y levantó el dedo índice—. Un Acontecimiento Traumático. ¿Conoces el término? ¿Has leído algo sobre monstruos como nosotros?
—Sí —dije—. Y Harry, mi padre adoptivo... Pero nunca me contó qué había sucedido exactamente.
Brian agitó una mano en el aire.
—Esto sucedió, hermanito. La sierra mecánica, las partes del cuerpo volando, la... sangre. —Lo dijo con el mismo énfasis temeroso—. Dos días y medio entre todo esto. Un milagro que sobreviviéramos, ¿no? Casi suficiente para hacerte creer en Dios. —Sus ojos centellearon y, por alguna razón, Deborah se movió emitiendo un sonido ahogado. Él la ignoró—. Creyeron que eras lo bastante pequeño como para recuperarte. Yo estaba justo por encima del límite de edad. Pero ambos sufrimos un Acontecimiento Traumático clásico. Todos los autores están de acuerdo. Eso me hizo lo que soy... y pensé que quizá había hecho lo mismo contigo.
—Lo hizo —dije—, exactamente lo mismo.
—¿No te resulta entrañable? Cosa de familia.
Le miré. Mi hermano. Esa palabra extraña. Estoy seguro de que no habría podido decirla en voz alta sin tartamudear. Era tan difícil de creer... pero a la vez era absurdo negarlo. Se parecía a mí. Nos gustaban las mismas cosas. Incluso compartíamos el mismo estilo de chistes.
Sacudí la cabeza.
—Lo sé —dijo él—. Cuesta un minuto hacerse a la idea de que somos dos, ¿verdad?
—Quizás un poco más —dije—. No sé si...
—Vaya, hermanito, ¿ahora tienes miedo? ¿Después de lo que pasó? Dos días y medio aquí sentados. Dos niños, sentados durante casi tres días sobre un mar de sangre. —Sus palabras me hicieron sentir vértigo, mareo, me aceleraron el corazón y restallaron en mi cabeza.
—No —balbuceé, sintiendo su mano apoyada en mi hombro.
—No importa —dijo él—. Lo que importa es lo que suceda ahora.
—Lo que... suceda —dije.