—¡Dexter! —dijo Debbie—. Soy tu hermana. No quieres hacerme esto. ¿Qué diría papá? —Eso me dolió, lo admito—. Baja el cuchillo, Dexter.
Un nuevo sonido a mi espalda, y un leve gemido. El cuchillo volvió a subir.
—¡Dexter, cuidado! —dijo Debbie, y me giré.
La inspectora LaGuerta estaba apoyada sobre una rodilla, jadeando, luchando para levantar un arma que le resultaba de repente increíblemente pesada. El cañón fue subiendo, despacio, despacio, apuntándome primero al pie, luego a la rodilla...
¿Pero acaso importaba? Esto iba a suceder ahora, pasara lo que pasara, y aunque hubiera visto cómo el dedo de LaGuerta apretaba el gatillo, el cuchillo que tenía en la mano no se habría detenido.
—¡Va a dispararte, Dex! —gritó Deb, histérica. Y la pistola me apuntaba al ombligo. En el semblante de LaGuerta se leía una tremenda concentración, fruto del esfuerzo y de su auténtica intención de disparar. Me había girado hacia ella, pero el cuchillo seguía recorriendo su camino hacia...
—¡Dexter! —gritó mamá/Debbie desde la mesa, pero el Oscuro Pasajero gritaba más, y actuaba, cogiéndome la mano y dirigiendo el cuchillo hacia...
—¡Dex!
—No puedo evitarlo —susurré, llevado por el temblor de la hoja de acero.
El extremo del cuchillo tembló y se quedó quieto. El Oscuro Pasajero no podía bajarlo. Harry no podía apartarlo. Y así nos quedamos.
A mis espaldas oí un ruido sordo, un golpe atronador, y después un gemido tan lleno de vacío que me recorrió los hombros como un pañuelo de seda sobre el cuerpo de una araña. Me volví.
LaGuerta había caído, el brazo que antes sostenía la pistola clavado al suelo por el cuchillo de Brian, el labio inferior atrapado entre los dientes y los ojos abiertos de terror. Brian se agachó a su lado, observando cómo el miedo le invadía el semblante. Le costaba respirar, pero sonreía.
—¿Limpiamos un poco, hermano? —dijo él.
—No... No puedo.
Mi hermano se puso en pie y se quedó plantado ante mí, oscilando lentamente de un lado a otro.
—¿No puedes? —dijo—. Creo que no conozco esta palabra.
Me quitó el cuchillo de la mano, sin que yo pudiera detenerle, ni ayudarle. Tenía los ojos puestos en Deborah, pero su voz me azotaba y hacía que los dedos fantasmas de Harry desaparecieran de mi espalda.
—Debe hacerse, hermano. Es una obligación. —Jadeó y se dobló por un momento, incorporándose lentamente y levantando al mismo tiempo el cuchillo—. ¿Tengo que recordarte lo importante que es la familia?
—No —dije, con ambas familias, vivos y muertos, agrupándose en torno a mí clamando lo que debía y no debía hacer. Y con un último susurro del Harry de ojos azules de mi memoria, mi cabeza empezó a temblar y volví a decirlo—: No —y esta vez lo decía en serio—. No puedo. Deborah no.
Mi hermano me miró.
—Muy mal —dijo—. Estoy tan decepcionado. Y el cuchillo descendió.
Sé que es casi una debilidad humana, y tal vez no obedezca más que a simple sentimentalismo, pero siempre me han encantado los entierros. Por un lado son tan limpios, tan pulcros, tan completamente dados al ceremonial. Y éste era uno de los buenos. Había filas enteras de policías, hombres y mujeres, de uniforme, con aspecto solemne, pulcro y, bueno, en definitiva... ceremonial. Estaba el saludo ritual con las pistolas, el esmerado acto de doblar la bandera por los bordes: un espectáculo adecuado y maravilloso en honor de la fallecida. Al fin y al cabo, había sido una de los nuestros, una mujer que había servido con nosotros, los elegidos. ¿O eso es de los marines? No importa, había sido una policía de Miami, y sus compañeros sabían cómo organizar un funeral digno de uno de los suyos. Era algo en lo que tenían mucha práctica.
—Oh, Deborah —suspiré, quedamente. Sabía que no podía oírme, por supuesto, pero en aquel momento pensé que debía hacerlo y me gusta estar a la altura.