Читаем Retorno de las estrellas полностью

— No lo sé. Cuando volvimos y lo explicamos, Biel quería volar hacia allí inmediatamente, pero no pudimos: no teníamos demasiada energía de reserva. Tomamos muchas fotografías, pero no salió nada. En las imágenes todo era leche rosada con estacas lilas, y Biel disparó sobre la fosforescencia de las exhalaciones silihidrógenas, aunque me parece que ni él mismo lo creía; pero la desesperación de no poder investigarlo le inducía a buscar alguna explicación. Era como… como nada en el mundo. No conocemos nada semejante. No se parecía a ninguna cosa conocida. Tenía una profundidad gigantesca, pero no era un paisaje.

Ya te he mencionado esos matices que se alejaban y oscurecían hasta que la vista se nos iba.

Un movimiento…, no, no lo era. Fluía y al mismo tiempo estaba inmóvil. Cambiaba, como si respirase, pero continuaba siendo igual. Quién sabe si lo más importante de todo ello era tal vez aquella gigantesca magnitud. Como si detrás de la pavorosa negrura existiera una segunda eternidad, un segundo infinito, tan concentrado y grande, tan claro, que cuando el hombre cerraba los ojos dejaba de creer en él. Cuando nos miramos el uno al otro… Tendrías que haber conocido a Arder. Te enseñaré una foto suya. Era un muchacho más alto que yo, daba la impresión de poder atravesar cualquier muro y, además, sin darse cuenta de hacerlo.

Hablaba siempre con lentitud. ¿Has oído hablar del agujero… de Kerenea? — Sí.

— Estaba atrapado entre dos rocas; debajo de él borbotaba un pantano hirviente que en cualquier momento podía llenar el sifón donde él se encontraba. Y me hablaba: «Hal, espera.

Quiero observar un poco más lo que me rodea. Tal vez podría quitarme la botella… no. No me la quito, las correas se han enredado. Pero espera un poco.» Cosas así, como si hablara por teléfono en una habitación de hotel. No estaba fingiendo, es que era así. El más sensato de todos nosotros. Siempre lo calculaba todo. Por eso más tarde voló conmigo y no con Olaf, que era amigo suyo…, pero de esto ya nos has oído hablar…

— Sí.

— Pues bien… Arder. Cuando le miré allí… tenía lágrimas en los ojos. Tom Arder. Pero nunca se avergonzó de ellas, ni entonces, ni después. Cuando hablábamos de todo más adelante, y lo hacíamos con frecuencia, los otros se enfadaban. Porque entonces nos poníamos tan… tan serios. Cómico, ¿verdad? Bueno, continúo. Nos miramos y a los dos se nos ocurrió la misma idea, aunque no sabíamos si podríamos arreglar bien la escala del gravímetro. Y era preciso, pues de otro modo no volveríamos a encontrar el Prometeo. Pero pensamos que había valido la pena. Sólo estar allí y contemplar aquella sublimidad en colores.

— ¿Estabais sobre una montaña?

— No lo sé, Eri, allí la perspectiva era muy distinta. Mirábamos desde arriba, pero no era una montaña. Espera. ¿Has visto el gran Cañón del Colorado?

— Sí.

— Pues imagínatelo ampliado a mil veces su tamaño real. O a un millón de veces. Rojo y oro rosado, casi completamente transparente, todos los estratos, depresiones y capas geológicas de su formación, y todo ello sin gravedad, fluido, y casi son-riéndote, pese a carecer de rostro.

No, no es esto. Amor mío, tanto Arder como yo realizamos ímprobos esfuerzos para contárselo a los demás, pero no pudimos. Esta piedrecita procede de allí… Arder se la llevó como amuleto, y siempre la llevaba encima. También la tenía en Kerenea. Dentro de una cajita para vitaminas. Cuando empezó a desmoronarse, la envolvió;En algodón. Después…, cuando regrese solo, la encontré: estaba bajo la litera de su camarote. Seguramente se le había caído.

Olaf, según creo, pensaba que todo había ocurrido por esta causa, pero se guardaba de manifestarlo en voz alta, porque hubiera sonado a pura estupidez… ¿Qué relación podía haber entre una piedrecita tan pequeña y el hilo que causó la avería en la radio de Arder…?


VIII

Entretanto, Olaf seguía sin dar señales de vida. Mi inquietud se convirtió en remordimientos de conciencia. Temía que hubiera hecho alguna locura. Estaba solo, todavía más de lo que yo lo había estado. No me gustaba mezclar a Eri en incidentes imprevisibles que pudieran surgir como consecuencia de la operación de búsqueda que pensaba iniciar, por lo que decidí ir primero a visitar a Thurber. No estaba seguro de si quería pedirle un consejo; sólo quería verle. Olaf me había dado su dirección; Thurber residía en el centro universitario de Maíleolan.

Le envié un telegrama notificándole mi visita y me separé de Eri por primera vez. En los últimos días había estado intranquila y silenciosa; yo lo atribuí a su preocupación por Olaf. Le prometí volver lo antes posible, probablemente en un par de días, y no dar ningún paso tras la conversación con Thurber sin consultarlo con ella.

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