Читаем El puente полностью

– Lo sé -repuso él-. Pero también te puedes comprar un coche nuevo con lo que pagas por el seguro de un año y por un juego de neumáticos nuevos.

Pero nada parecía funcionar a la perfección. El coche hacía ruidos preocupantes, el reproductor de CD de casa se quedaba atascado, tuvo que cambiar la cámara de fotos, casi todos los discos que compraba parecían rayados y la lavadora no dejaba de inundar la cocina. Se percató de que había perdido temple con los demás, y los embotellamientos urbanos lo enfurecían; una especie de impaciencia penetrante se había adueñado de él, lo mismo que una insensibilidad de la que no podía evadirse. Hizo una donación a Live Aid, pero su primera reacción cuando escuchó el disco de Band Aid fue recordar un revolucionario dicho de moda que comparaba la caridad bajo el capitalismo con curar el cáncer con una tirita.

Ni siquiera el festival de 1985 pudo mejorar su estado de ánimo. Andrea pasó unos días con él, en la butaca contigua de una sala de conciertos o de un cine, o en el asiento del copiloto del coche, o al otro lado de la cama, pero no estaba realmente con él, al menos no con todo su ser. Parte de sus pensamientos estaban escondidos, ocultos para él. Seguía sin querer hablar del tema. Se enteró por terceros de que la EM de Gustave se estaba complicando e intentó sacar el asunto a colación, pero ella no cooperaba en absoluto. Le desesperaba que hubiera temas de los que no pudieran hablar. En realidad era culpa suya; él nunca había querido hablar de Gustave. Y ahora ya no se podían cambiar las normas.

En ocasiones soñaba con el hombre moribundo de la otra ciudad, y a veces le daba la impresión de que podía verlo, tumbado en una cama de hospital y rodeado de máquinas.

Andrea regresó a París a medio festival. Él solo no podía soportar el bombardeo cultural, y le pidió prestada una Bonneville a un amigo para salir hacia Skye.

Llovía.


La empresa iba mejorando día a día, pero él había empezado a perder el interés. Al final, ¿qué es lo que estoy haciendo?, reflexionaba. Otro puto ladrillo en el muro, otra muela en la máquina. Hago dinero para las empresas y sus accionistas, y para los gobiernos que se lo gastan en armas que nos pueden matar a todos una y mil veces; ni siquiera desempeño las funciones de un trabajador decente, como hacía mi padre; soy un puto jefe, contrato gente, tengo empuje e iniciativa (o, al menos, los tenía); en realidad, hago que las cosas funcionen solo un poquito mejor de lo que funcionarían sin mí.

Volvió a racionarse el whisky y pasó temporadas limitándose al agua mineral. Dejó el hachís casi completamente cuando se dio cuenta de que ya no lo disfrutaba. Solo fumaba cuando iba a ver a Stewart. Por los viejos tiempos.

Empezó a esnifar coca con regularidad; al principio, era el ritual de los lunes por la mañana, y después el comienzo natural de algunas salidas nocturnas, hasta una noche en que estaba viendo la televisión y preparando un par de generosas rayas antes de salir de copas. Emitían un reportaje sobre la hambruna en África. Se vio obligado a apartar la vista de un niño con los ojos extintos y la piel negra y seca como las alas de un murciélago. Miró hacia abajo, a la mesa junto a la que estaba agachado, y vio su rostro reflejado en el cristal a través del fulgente polvo blanco. Se había metido tres mil libras de aquella cosa por la nariz la semana anterior. Mierda, pensó.

Un mal año. Otro mal año. Empezó a fumar. Aceptó finalmente que necesitaba gafas. Su calvicie ya era del tamaño del desagüe de una bañera. Sus sentimientos se debatían entre las últimas inquietudes de la juventud y las últimas oportunidades propias de la edad. Tenía treinta y seis años, pero se sentía como un joven de dieciocho a punto de cumplir setenta y dos.

En noviembre, Andrea le dijo que estaba pensando en quedarse en París para cuidar de Gustave. Tendrían que casarse si su familia insistía. Esperaba que lo entendiese.

– Lo siento, muchacho -dijo ella, con la voz apagada.

– Sí -respondió él-. Y yo también.


Qué coño, supongo que no puedo quejarme, no me ha ido mal y eso, pero no me apetece dejarlo todo justo ahora. Supongo que un caballero de la espada nunca deja de serlo. Muy pocos viven hasta mi edad, soy excepcional, es lo que hay. Me imagino que no lo habría conseguido sin el maldito familiar en el hombro, pero no se lo digo; bastante engreído es ya sin que yo le haga la rosca. Sin embargo, no ha encontrado la solución para nuestro pequeño problema, o sea, hacernos viejos. Parece que no es tan listo.

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