He evitado mirar al doctor a los ojos; recuperar el temple y enfrentarme a su mirada requiere una considerable dosis de voluntad.
– Entonces, aparece un sirviente -continúo-, un mayordomo o un lacayo, que dice algo así como «su excelentísima, llaman de la Embajada», mientras el hombre mayor distinguido y la joven miran a su alrededor. La mujer se levanta del banco, se alisa el vestido y dice algo así como «maldita sea. El deber me llama. Lo siento, cariño», y se marcha tras el sirviente. El hombre mayor, frustrado, se acerca a la estatua, se queda mirando uno de los pies de mármol de la figura y saca un martillo enorme que estrella contra el dedo gordo de la escultura.
El doctor Joyce asiente, toma algunos apuntes y dice: -Me interesaría saber qué cree que significa el dialecto. Pero, siga, siga.
Trago saliva. En mis oídos, resuena un extraño zumbido.
– El último sueño, o la tercera parte del sueño, tiene lugar durante el día, en las escarpas que dan a un río en un hermoso valle. Un niño está sentado comiendo un trozo de pan, junto a otros niños y una bella profesora… Están todos comiendo, creo, y detrás tienen una cueva… No, no hay ninguna cueva… Bueno, el niño tiene un bocadillo en la mano y yo lo estoy mirando de cerca. De pronto, aparece una gran salpicadura roja en el sándwich, y luego otra. El niño mira hacia arriba, perplejo, para ver una mano en el saliente de la escarpa, sosteniendo una botella de salsa de tomate que va vertiendo sobre el pan del niño. Es todo.
¿Y ahora qué?
– Mmm… -empieza el doctor-. ¿Fue un sueño húmedo?
Lo miro de nuevo. La pregunta es suficientemente reveladora y, por descontado, todo lo que se dice aquí es completamente confidencial. Me aclaro la garganta antes de responder:
– No. No lo fue.
– Ya veo -prosigue el doctor, que se toma un rato para anotar media página de impecables notas microscópicas. Me tiemblan las manos. Estoy sudando.
– Bien -dice el doctor-, parece que hemos llegado a un… fulcro, ¿no cree?
¿Un fulcro? ¿Qué querrá decir?
– No sé de qué está hablando -respondo.
– Tenemos que pasar a otra fase del tratamiento -aclara el doctor Joyce. No me gusta cómo suenan sus palabras.
El doctor suspira de una forma profesionalmente calculada.
– Aunque pienso que podríamos tener una… una buena cantidad de material -vuelve atrás en el bloc y consulta algunos apuntes-, no creo que vayamos a acercarnos al núcleo del problema. Estamos dando vueltas en círculo a su alrededor, eso es todo. ¿Sabe?, si pensamos en la mente humana como en un castillo…
Vaya, mi doctor cree en las metáforas.
– … lo único que ha hecho en las últimas sesiones ha sido llevarme en una visita guiada alrededor del mismo. Atención, no estoy diciendo que intente decepcionarme de forma deliberada, estoy seguro de que quiere ayudarse a sí mismo tanto como yo quiero ayudarlo a usted, y posiblemente usted piense que estamos avanzando, pero, según mi experiencia, puedo asegurarle que no vamos a ninguna parte, John.
– Ah. -No se puede sacar más jugo de la comparación con el castillo-. Y ahora, ¿qué? Siento mucho no haber…
– Oh, no tiene que disculparse por nada, John -asegura el doctor Joyce-, pero pienso que necesitamos utilizar una técnica nueva con su caso.
– ¿Qué nueva técnica?
– La hipnosis -revela el doctor con una sonrisa entre triunfal y condescendiente-. Es la única forma de adentrarnos en el castillo. Pero no se preocupe, que no será difícil, lo hará usted muy bien -añade al ver mi expresión sombría.
– ¿En serio? -pregunto, algo incrédulo-, bueno…
– Es posible que sea la única forma de avanzar -asiente el doctor. ¿La única forma de avanzar? Y yo que pensaba que de lo que se trataba era de retroceder…
– ¿Está seguro? -Tengo que pensarlo. ¿Hasta dónde quiere llegar el doctor Joyce? ¿Qué es lo que espera de mí?
– Segurísimo -contesta el doctor-. Completamente seguro.
¡Menudo énfasis!
Jugueteo nervioso con mi brazalete. Voy a tener que pedirle que me deje un tiempo para pensarlo.
– Pero tal vez necesite pensarlo un poco -se adelanta el doctor Joyce, sin conseguir aliviarme-. Además, tengo una reunión en media hora -añade mientras consulta su reloj de bolsillo-, y me gustaría programar su visita sin restricciones, con lo que tal vez ahora no es el momento adecuado. -Empieza a recoger, guarda el bloc en el cajón de su escritorio y comprueba que su lápiz plateado está convenientemente introducido en su bolsillo. Se quita las gafas y las limpia con un pañuelo-. Usted tiene unos sueños excepcionalmente intensos y… coherentes. Una notoria fertilidad mental.
¿Me lo parece a mí, o le brillan los ojos?
– Eso es muy amable, viniendo de usted, doctor -le digo.
El doctor se toma uno o dos segundos para digerir lo que he dicho y luego esboza una sonrisa. Me dispongo a marcharme, comentando con el médico lo molesta que resulta la niebla. Me someto a la ceremonia inane e impecable de ofrecimiento de té o café por parte del recepcionista, ya que al menos no me provocará efectos psicológicos nocivos.