Читаем El puente полностью

– Sangra con relativa facilidad -contesta-. No la tengo rota. En todo caso, tendré algunas magulladuras. -Empieza a toser y a emitir unos extraños sonidos y me doy cuenta de que, en realidad, se está riendo. Niega violentamente con la cabeza-. Lo siento, señor Orr. Ha sido todo culpa mía. Es mi pasión por la velocidad. -Me muestra el maletín-. Mi padre, que está en la próxima sección, necesita estos planos y me pareció una buena excusa. Hubiera llegado antes en tren, pero… Mire, debo marcharme urgentemente. Si está seguro de encontrarse bien, tomaré un ascensor y un tren desde aquí. Usted debería sentarse. Aquí arriba hay un bar, le invitaré a un café.

Intento protestar, pero mi vulnerabilidad me vence y me dirijo, escoltado, hasta el bar. Fuera, la señorita Arrol discute acaloradamente con los conductores de ambos vehículos durante un minuto más o menos, y seguidamente detiene otro taxi. Cruza unas palabras con el chico que lo conduce y después vuelve conmigo al bar, donde ya estoy disfrutando de mi café.

– Solucionado. Ya tengo otro taxi -me dice con la respiración entrecortada-. Debo irme -separa el pañuelo manchado de su nariz, lo mira, sorbe experimentalmente y lo guarda en su bolsillo-. Se lo devolveré. ¿Está seguro de que se encuentra bien?

– Sí.

– Bien. Adiós. De verdad que lo siento. Cuídese. -Se aleja, saludando con la mano. Una vez fuera, chasquea los dedos para avisar al chico del taxi, hace otro aspaviento, y se aleja entre la niebla.

El camarero se acerca para volver a llenarme la taza de café.

– Esta juventud… -dice, sonriendo y negando con la cabeza. Ni que me hubieran declarado ciudadano honorífico por veteranía… (aunque, viendo mi imagen en un espejo del bar, se entiende). Estoy a punto de responder cuando las bocinas estridentes de un taxi propulsado por un chico nos obligan a mirar al exterior. El nuevo vehículo de la señorita Arrol reaparece, derrapa y se detiene justo frente a la puerta del bar. Ella asoma la cabeza.

– ¡Señor Orr! -exclama. Le hago un gesto con el brazo mientras observo la cara de circunstancias de su nuevo chófer. Los dos anteriores, así como los portadores del palanquín, la miran sin dar crédito-. ¡Debemos hablar sobre mis viajes! Seguiremos en contacto, ¿de acuerdo?

Asiento con la cabeza. Parece satisfecha. Esconde de nuevo la cabeza en el taxi y chasquea los dedos. Tras una sacudida, el vehículo se aleja definitivamente. El camarero y yo nos miramos.

– Dios debió de estornudar al darle la vida -comenta. Asiento y tomo un sorbo de café, para mostrar que no me apetece entablar conversación. El hombre se marcha a fregar vasos.

Estudio el pálido rostro del espejo, por encima de una fila de vasos y por debajo de otra de botellas. ¿Debo someterme a hipnosis? Creo que ya estoy hipnotizado.


Me recupero durante un rato más en el bar. Los conductores de los vehículos siniestrados se marchan por fin, arrastrando lo que queda de sus automóviles. La niebla se torna aún más espesa, si cabe. Me marcho del bar y tomo un ascensor, un tren y otro ascensor hasta casa. En la puerta, hay un paquete esperándome.

El ingeniero Bouch me ha devuelto el sombrero, junto con una nota con disculpas tan variadas como poco originales, y con mi nombre mal escrito: «Or».

El sombrero está como nuevo. Se nota que ha sido limpiado y arreglado por unas manos expertas; cuando lo llevé al Dissy Pitton's no olía tan bien ni gozaba de aspecto tan impecable. Lo saco afuera y lo lanzo desde el balcón. Desaparece entre la niebla siguiendo una curva descendente, rápido y silencioso, como si se hubiera embarcado en una importante misión en las aguas grises del profundo mar invisible.


Triásico


No tendría que estar aquí. No. Podría estar en cualquier sitio si me diera la gana.

Aquí en mi cabeza, en mi cerebro, en mi cráneo (y todo parece tan ob…)

no (no, porque «todo parece tan obvio» es un tópico y yo siento hacia los tópicos una repugnancia arraigada, intrínseca e indignante (y hacia los trópicos, y hacia los trompicones). En realidad, se trata de tirar desde un punto y eso (algo matemáticamente imposible, porque si tiramos de un punto creamos una línea, en cuyo caso, ya no existe el puto punto, ¿no es cierto). Lo que quiero decir es: ¿cuál es el dichoso punto? ¿Dónde estaba? (Cómo agobian las luces y los tubos, y que te den la vuelta, y que te pinchen. Es como para perder la concentración y eso).

Rebobinando y volviendo atrás, era el

problema de identidad mente/cerebro). ¡Aja! No hay problema (buf, menos mal), no hay problema porque son exactamente lo mismo y completamente diferentes. O sea, que si la cabeza no está en el puto cráneo y eso, ¿entonces dónde cono está? ¿O es que eres uno de esos religiosos idiotas?

(Pausadamente): No, señor.

Definitivamente y absolutamente no, señor. ¿Ves la trinchera?

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