Читаем El puente полностью

El tema de tirar de un punto era cien por cien válido, tanto que estoy tremendamente orgulloso de ello. Siento ser tan malhablado, pero me encuentro bajo una terrible presión en estos momentos (soy el la mermelada del bocata/soy la arena en un bocata de mermelada). No estoy bien, puedo demostrarlo. Que me dejen rebobinar hasta aquí…

Al hospital a toda velocidad, con las luces encima. Grandes y potentes luces blancas en el cielo; operativo de urgencias, situación crítica, bla, bla, bla (que le den por culo al tío, siempre he estado en situación crítica), situación estable (ya está bien, las cosas me iban bien desde hacía poco y eso), cómodo (qué coño voy a estar cómodo, ¿quién va a estar cómodo así?). Ya hemos rebobinado, ahora volvamos hacia delante de nuevo…

Oye, tío, tú no quieres escuchar mis problemas y eso (y yo no quiero escuchar los tuyos), qué tal si te presento a mi amigo, un viejo colega de hace tiempo y eso, y podrías darle

Capital Fantasma.

Buen chico. Como decía, nos conocemos de hace tiempo y eso, y quiero que le des un

Capital Fantasma. Ciudad de…

Va, va, va. En marcha.

… cabrón.


Capital Fantasma. Ciudad de variopintos semblantes, lugar gris de ruinas y senderos, edificios nuevos y antiguos alternados entre el río y las colinas, con su propio tocón de piedra, una proporción helada de materia antigua fracturada que le producía auténtica fascinación.

Se instaló en Sciennes Road sin conocer el lugar, solo porque le gustaba el nombre. Era un sitio cómodo, tanto para acceder a la Universidad como al Centro, y si apretaba el rostro contra la ventana de su helada habitación, podía ver el filo de los Peñascos, ondulaciones grisáceas sobre los tejados de pizarra y el humo de la ciudad.

Nunca olvidaría lo que sintió aquel primer año, aquella sensación de libertad que le produjo su libre albedrío. Estaba solo, tenía su propia habitación por primera vez, su propio dinero para gastar como quisiera, sus propias compras que realizar, sus propias decisiones que tomar y sus propios lugares por visitar. Era una sensación sublime y gloriosa.

Su hogar se encontraba al oeste del país, en un centro industrial en decadencia, descuidado, sin energía y en peligro de extinción. Allí había vivido con su padre, su madre y sus hermanos y hermanas, en una vieja casa emplazada en una finca bajo las colinas, cuyas únicas vistas eran el humo de las fábricas y las chimeneas de los talleres ferroviarios donde trabajaba su padre.

Su padre tenía palomas en un almacén situado sobre terreno baldío. Al menos había una docena de almacenes en la extensión yerma, todos altos y sin orden ni disposición. Estaban hechos de acero laminado y pintados en negro mate. Casi todos los veranos, cuando iba a ayudar a su padre o a observar a las palomas, la temperatura interior del almacén era extremadamente alta, y él se sentía allí como en otro mundo, oscuro y de fuertes olores.

Su rendimiento en la escuela fue bueno, aunque, naturalmente, se decía que podía haber sido mucho mejor. Fue el primero en Historia, porque quiso, y ya tuvo suficiente. Se ponía las pilas cuando era necesario y, sobre todo, si era necesario. En su tiempo libre leía, jugaba, dibujaba y veía la televisión.

Su padre sufrió un accidente laboral y se vio obligado a permanecer en cama durante un año y medio. Su madre tuvo que empezar a trabajar en la fábrica de tabaco (sus hermanos y hermanas eran lo suficientemente mayores como para cuidar unos de otros). Su padre se recuperó y volvió a ser, guardando ciertas distancias, el hombre que había sido -tal vez algo más propenso a enfadarse- y su madre pasó a trabajar media jornada hasta que la despidieron por reducción de plantilla al cabo de unos años.

A él le gustaba su padre hasta que empezó a avergonzarse ligeramente de él, al tiempo que se avergonzaba ligeramente de toda su familia. Su padre vivía para el fútbol y para cobrar la nómina. Escuchaba viejos discos de Harry Lauder y de música de gaita, y sabía recitar de memoria una cincuentena de los poemas más conocidos de Burns. Naturalmente, era un acérrimo simpatizante de los laboristas, siempre fiel pero cauto, siempre preparado para las mentiras, las chapuzas y las traiciones. Mantenía que jamás había bebido un trago en compañía de algún tory, con la posible excepción de algunos publicanos que esperaba, por el bien de la causa socialista, que fueran conservadores (o también liberales, a quienes consideraba honrados, desorientados y relativamente inofensivos). Un hombre entre hombres; un hombre que nunca huía de una pelea ni abandonaba a un compañero de trabajo que necesitase una mano, un hombre que nunca dejaba de vitorear un gol, ni de abuchear una falta. Un hombre que nunca dejaba una pinta de cerveza a medias.

Su madre era como una sombra en comparación con su padre. Siempre estaba dispuesta cuando la necesitaba, para lavarle la ropa, para peinarlo, para comprarle cosas y para curarlo si se hacía alguna herida, pero él nunca la conoció realmente como persona.

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