Читаем El puente полностью

Él emitió una especie de maullido y se enroscó en el suelo, frotando la cabeza contra ella. Seguidamente, dado el nulo efecto de la maniobra -ella seguía cepillándose el pelo tranquilamente-, se volvió a sentar y se apoyó en el armario. Desvió la mirada hacia el viejo tocadiscos.

– ¿Quieres que vuelva a poner Wheels of Fire?

– No… -respondió ella negando con la cabeza.

– ¿Electric Ladyland?-sugirió.

– Pon algo… antiguo -decidió ella mientras observaba el reflejo de las llamas en los pliegues de las cortinas.

– ¿Antiguo? -dijo él, fingiendo indignación.

– Sí. ¿Tenemos aquí Bringing It All Back Home?

– Ah, Dylan -respondió mientras se frotaba sus largos cabellos-. No creo que lo tengamos, pero voy a mirarlo. -Habían llevado una maleta llena de discos-. Mmm… no, no está aquí. Escoge otra opción.

– No. Elige tú. Algo antiguo. Hoy me siento nostálgica. Pon algo de los buenos tiempos -pidió entre risas.

– Estos son los buenos tiempos -apuntó él.

– No es lo que decías cuando Praga ardió y París no -repuso ella.

– Sí, ya lo sé -dijo él, suspirando mientras buscaba entre los discos.

– En realidad -añadió ella-, no es lo que decías cuando el señor Nixon salió elegido, o cuando el alcalde Daly…

– Vale, vale, de acuerdo. Venga, ¿qué quieres escuchar?

– Ay, pon Ladyland otra vez -aceptó con un suspiro de resignación. Él puso el disco en el tocadiscos-. ¿Quieres salir a cenar? -propuso.

Lo cierto es que no estaba seguro. No quería alejarse de la intimidad acogedora de la casa y le gustaba estar a solas con ella. Por otro lado, no podía permitirse salir fuera todo el tiempo y ella pagaba la mayor parte de las comidas y cenas.

– Ya nos apañamos aquí -dijo él, soplando en la aguja del brazo del tocadiscos para quitarle el polvo.

– Voy a ver qué hay en el frigorífico -decidió ella, mientras se levantaba del suelo y se estiraba el kimono-. Creo que tengo algo de hierba en el bolso.

– Ah, genial -exclamó él-. Voy a liar un cigarrillo de la risa.


Más tarde, jugaron a las cartas, después de que ella llamase a sus padres para avisarles de que regresarían al día siguiente. Tras ello, ella sacó una baraja del tarot y empezó a leerle el futuro. Ella era bastante aficionada a la astrología, al tarot y a las profecías de Nostradamus; no creía profundamente en todo aquello, aunque sentía curiosidad e interés. Pero él pensaba que eso todavía era peor que creer ciegamente en esas cosas.

Ella se enfadó con él durante la lectura, porque él se mostraba sarcástico. Guardó las cartas, muy disgustada.

– Solo quería saber cómo funciona… -intentó explicar él.

– ¿Por qué? -preguntó ella mientras se tumbaba en el sofá, recogiendo la funda de disco utilizada como tablero.

– ¿Por qué? -rió él negando con la cabeza-. Porque es la única forma de entender cualquier cosa. Para empezar, ¿funciona?, y a continuación, ¿cómo?

– Tal vez, querido -empezó ella mientras daba una calada-, no sea necesario comprenderlo todo. A lo mejor no todo tiene una explicación científica, como las ecuaciones y las fórmulas.

Volvieron una vez más al recurrido tema. Sentido emocional versus lógica. Él creía en una especie de Teoría de Campo Unificada sobre el conocimiento. Este existía para ser entendido, era un compendio de emociones, sentimientos y pensamiento racional y lógico; una entidad, con todo, dispersa en hipótesis y resultados, los cuales, no obstante, funcionaban a través de los mismos principios fundamentales. Al final, todo quedaría comprendido en una unidad, era cuestión de tiempo e investigación. Para él, todo aquello resultaba tan obvio que tenía serias dificultades para aceptar cualquier otro punto de vista.

– Si pudiera hacerlo, a cualquiera que creyese en la astrología, en la Biblia, en la fe curativa y en todas esas cosas, no le permitiría utilizar la energía eléctrica, ni conducir vehículos con motor, ni usar ningún objeto hecho de plástico. Esta gente quiere creer que el universo funciona según sus estúpidas normas, ¿no? De acuerdo, que vivan a su manera, pero ¿por qué habría que permitirles gozar de los frutos del trabajo duro de la mente humana? ¿Cosas que solo existen porque personas mejores que ellos han tenido en alguna ocasión el juicio y la voluntad de…? ¿Dejarás de reírte de mí? -la miró, para percatarse de cómo reía en silencio mientras liaba otro porro.

Ella se volvió hacia él y le extendió una mano.

– A veces eres muy divertido -le dijo, mientras él tomaba su mano y la besaba con solemnidad.

– Es para mí un honor divertirte, querida.

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