Lo intenta, pero no funciona. Me acerco un momento a la ventana, respirando hondo, y observo de nuevo la masa de globos dirigibles del exterior. Entonces, oigo más voces al otro lado de la puerta.
– Soy el técnico del teléfono, señor Orr. ¿Tiene un problema con su puerta?
– No puede abrirla -le responde la primera voz.
– ¿Ha girado bien la llave? -pregunta el hombre del teléfono. Suena un repiqueteo en la puerta. No respondo.
– ¿Tiene alguna otra puerta por donde podamos entrar, señor Orr? -grita.
– Ya se lo he preguntado -le contesta el primer hombre. Vuelven a llamar a la puerta.
– ¿Qué quieren? -pregunto.
– ¿Tiene teléfono, señor Orr? -pregunta el técnico del televisor.
– ¡Pues claro que tiene! -exclama indignado el del teléfono.
– ¿Puede llamar a Edificios y Pasillos, señor Orr? Ellos sabrán qu…
– ¿Cómo quiere que llame? -Se distingue perfectamente la indignación en la voz del técnico del teléfono-. Si estoy yo aquí será porque no funciona el teléfono, ¿no?
Me retiro al despacho justo antes de que me sugiera que mire un rato la televisión para matar el tiempo.
Pasa una hora. Un conserje retira el marco de la puerta. Al final, esta hace un clic y se abre sin más, descubriendo al hombre allí, de pie, con una expresión entre la incredulidad y la suspicacia, rodeado de madera rota y yeso. Los dos técnicos ya se han marchado a realizar otras reparaciones. Salgo del apartamento pisando tablillas de madera perforadas por clavos torcidos.
– Gracias -le digo al conserje. Se está rascando la cabeza con un martillo.
Echo la carta para el doctor Joyce al buzón de correos y después compro algo de fruta para desayunar. El incidente de la puerta me ha dejado el tiempo justo para reunirme puntualmente con la señorita Arrol.
Tomo un tranvía lleno de gente. Todos hablan sobre los dirigibles y la mayoría no sabe para qué sirven. Cuando el vehículo abandona la sección donde nos encontramos y se introduce en un tramo despejado, todos los pasajeros nos volvemos para mirar los globos.
Es increíble. Todos se encuentran a un solo lado del puente. Contra la corriente marina, nadie ha visto jamás tantos dirigibles juntos. Al otro lado, ni uno solo. Todos los pasajeros del tranvía señalan y admiran la masa de globos. Parece que soy el único que permanece atónito, sin poder apartar la vista del otro lado, donde los cielos que cubren las vigas del puente están completamente limpios y despejados.
No hay ni un solo globo en ellos.
– Buenos días.
– Sí, lo cierto es que lo son. Buenos días. ¿Cómo está su cabeza?
– Bien, gracias. ¿Qué tal su nariz?
– Igual de horrible que siempre, pero ya no sangra. Ah, sí, su pañuelo. -Abberlaine Arrol busca en su bolsillo y extrae el pañuelo limpio, fresco y planchado.
La señorita Arrol acaba de llegar en un tren de trabajadores.
Nos encontramos en una estación de maniobras, hasta ahora el lugar más grande que he visto en el puente. Algunas vías muertas se extienden más allá de la estructura principal, sobre amplias plataformas voladizas. Grandes máquinas, largos trenes de mercancías de toda clase, inmensas grúas y vehículos de mantenimiento de vías circulan por doquier, turnan sus movimientos entre la complejidad de líneas, puntos y vías muertas, como piezas colosales de un juego de construcción, lento y enorme. El vapor humea a través de la luz del día y las nubes de humo juegan con las farolas, aún encendidas en lo alto de las vigas. Los operarios con sus uniformes de trabajo corren de un lado al otro, gritan y agitan banderas de distintos colores, hacen sonar sus silbatos y hablan precipitadamente por sus teléfonos móviles.
Abberlaine Arrol, ataviada con una larga falda gris y una chaqueta corta a juego, y el cabello recogido en una gorra de aspecto oficial, ha venido para dibujar esta escena caótica. Sus acuarelas y sus dibujos sobre temas ferroviarios ya adornan diversas salas de reuniones y vestíbulos de despachos; se la considera una artista realmente prometedora.
Me acerca el pañuelo. Sus ojos expresan una especie de curiosidad. Echo un vistazo al pañuelo y lo guardo en mi bolsillo. La señorita Arrol sonríe, pero no a mí, sino a ella misma. Me da la impresión de que me he perdido algo.
– Gracias -le digo.
– Podría llevarme el caballete, señor Orr. Lo dejé por aquí la semana pasada. -Cruzamos varias vías hasta llegar a un pequeño cobertizo cercano al centro de la gran plataforma de raíles. A nuestro alrededor, varios vagones ensamblados y sueltos se desplazan lentamente hacia delante y hacia atrás. En otras zonas, trenes enteros se hunden en la plataforma de rodaje mediante inmensas poleas que los conducen a los talleres situados bajo las vías.
– ¿Qué opina sobre los extraños globos, señor Orr? -me pregunta, mientras nos dirigimos a buscar el caballete.
– Supongo que están ahí para impedir el paso de aviones, aunque solo están a un lado del puente. No sé, la verdad.