Читаем El puente полностью

– Imaginativo -concluyo, tras meditarlo durante unos segundos. Ella suelta una risita.

– No le gusta.

– Puede que mis gustos sean demasiado literales. Pero la calidad del trazo es impresionante.

– Eso ya lo sé -afirma la señorita Arrol. Su voz es aguda, pero su rostro denota cierta decepción. Ojalá me hubiera gustado más su cuadro.

Qué capacidad expresiva tienen los ojos verdes de la señorita Abberlaine Arrol. Ahora me miran con un aire casi compasivo. Creo que esta joven mujer me gusta mucho.

– Lo he hecho pensando en usted -admite mientras saca un trapo de su cartera y empieza a limpiarse las manos.

– ¿De verdad? -me siento realmente halagado-. Es muy amable por su parte. Muchas gracias.

Descuelga el cuadro del caballete y lo enrolla.

– Tiene mi permiso para hacer lo que le venga en gana con él – me dice con cierta ironía-. Un avión de papel, si quiere.

– Puede estar segura de que no lo haré -prometo mientras me lo alarga. Me siento como si acabasen de entregarme un diploma-. Lo enmarcaré y lo colgaré en mi apartamento. Ahora que sé que era para mí, me gusta mucho más.


Los mutis de Abberlaine Arrol son de lo más divertido. En esta ocasión, la recoge una dresina de ingenieros, un pintoresco vagón con paneles y cristales repleto de instrumentos complicados aunque arcaicos, como unas balanzas de latón brillante. El vehículo chirría y traquetea hasta detenerse por completo, una puerta acordeón se abre y un joven guarda saluda a la señorita Arrol, que se dispone a tomar el vehículo para ir a comer con su padre. Me quedo con el caballete para volver a guardarlo en el pequeño cobertizo. De su cartera sobresalen varias láminas enrolladas, los dibujos que le habían encargado y que la habían mantenido ocupada (mientras hablaba conmigo) desde que terminó mi cuadro. Pone un pie sobre la plataforma de entrada a la dresina y me extiende la mano.

– Gracias por su ayuda, señor Orr.

– Gracias por su cuadro -respondo mientras le doy la mano. Entre el final de las botas y el dobladillo de la falda, puedo ver por primera vez sus piernas, envueltas en unas medias negras de rejilla fina. Me concentro en sus ojos. Su mirada parece alegre-. Espero volver a verla -le digo mientras miro las diminutas y preciosas arrugas que tiene bajo sus ojos verdes. Me temo que he caído en sus redes. Estrecha mi mano y siento una absurda euforia.

– De acuerdo, señor Orr, si me armo de valor, podría dejar que me invite a cenar.

– Sería… un placer. Espero que haga acopio de inagotables reservas de coraje en un futuro próximo. -Me inclino ligeramente y me deleito con una sutil panorámica de una de sus adorables piernas.

– Adiós, entonces -se despide-, seguimos en contacto.

– Hasta pronto.

La puerta se cierra y la dresina empieza a alejarse entre silbidos y sonidos metálicos. El vapor que emana me envuelve como la niebla y me nubla la vista. Saco mi pañuelo del bolsillo.

La señorita Arrol ha bordado una letra «O», de color azul cielo, en una de sus esquinas.

Me ha cautivado. Y esos centímetros de deliciosas piernas envueltas en negro…


Brooke y yo vamos a tomar un vino especiado en el salón con vistas al mar del Dissy Pitton's. Nos sentamos en sendas butacas colgantes y observamos una reducida flota pesquera que se dispone a salir al mar. Los barcos hacen sonar sus sirenas al pasar junto a sus semejantes, fondeados a modo de anclaje para los dirigibles.

– No te culpo -dice Brooke con voz áspera-. Siempre pensé que no te serviría de gran cosa. -Le he contado mi decisión de no someterme a hipnosis con el doctor Joyce. Los dos estamos sentados mirando hacia el mar-. Malditos globos…

Mi amigo estudia los ofensivos dirigibles. Brillan como la plata bajo los rayos del sol, y sus sombras motean las azules aguas del estuario, formando otra especie de patrón.

– Pensaba que aprobarías… -empiezo, pero me detengo, frunzo el ceño y escucho con atención.

– ¿Que aprobaría el qué? ¿Orr…?

– Shhh -susurro. Presto atención al lejano sonido y abro una de las ventanas del salón. Brooke se pone en pie de golpe. El zumbido de las aeronaves que se acercan suena distinto ahora.

– ¡No me digas que esos aviones piensan volver! -grita Brooke detrás de mí.

– Parece ser que así es.

Los aviones ya se vislumbran a lo lejos. En esta ocasión vuelan más bajo, el del centro está prácticamente al mismo nivel que el Dissy Pitton's. Viajan en dirección al Reino, en la misma formación vertical de la otra vez. De nuevo, cada uno de ellos emite ráfagas desiguales de humo y deja tras de sí una banda gigante de manchas oscuras suspendidas en el cielo. Los fuselajes no tienen ninguna inscripción o marca y los cristales de las cabinas reflejan la luz del sol. Los cables de los dirigibles suponen el más rudimentario de los obstáculos para el avance de los aviones, que vuelan a unos cuatrocientos metros del puente. A esa distancia, los cables son más gruesos, pero los monoplanos solo deben efectuar un leve giro para esquivarlos. Al final, los aviones prosiguen la marcha y desaparecen dejando sus estelas irregulares de humo.

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