Читаем El puente полностью

– Parece que nadie lo sabe -apunta la señorita Arrol, pensativa-. Posiblemente se trate de otro follón administrativo – suspira-. Ni siquiera mi padre tiene noticias y, por regla general, suele estar bien informado.

Una vez en el pequeño cobertizo, toma el caballete que transporto y lo saca acto seguido hasta el lugar que ha elegido para bosquejar su obra de arte. Se coloca con decisión sobre uno de los pesados montacargas, instala el caballete, abre su taburete plegable y extrae de su cartera unas botellas pequeñas de pintura y una selección de pinceles, carboncillos y lápices. Observa la escena con ojo crítico y elige un carboncillo largo.

– ¿Alguna secuela de nuestro pequeño accidente del otro día, señor Orr? -inquiere mientras traza una línea sobre el papel.

– Solo cierto nerviosismo condicionado a las bocinas de los talones de los taxistas, nada más.

– Un síntoma temporal, estoy segura -afirma, mirándome con una sonrisa extrañamente encantadora, antes de volver a su obra-. Estábamos hablando de viajes antes de la precipitada interrupción, ¿no es así?

– Sí. Iba a preguntarle cuál es la mayor distancia que ha recorrido desde esta zona.

Abberlaine Arrol añade unos círculos pequeños y varios arcos a su cuadro.

– Hasta la Universidad, supongo -responde, pintando rápidamente unas líneas de intersección sobre el papel-. Estaba a unas… ciento cincuenta… o doscientas secciones de aquí, en dirección hacia la Ciudad.

– ¿Y pudo ver tierra firme desde allí?

– ¡Tierra firme! -exclama mirándome fijamente-. Señor Orr, creo que apunta usted muy alto. No, no pude ver tierra de ningún tipo, exceptuando las islas de siempre.

– ¿Cree entonces que no existe la Ciudad, ni tampoco el Reino?

– Bueno, supongo que existen en algún lugar. -Traza más líneas en el cuadro.

– ¿Nunca ha querido verlos?

– Sí, hasta que dejé de querer trabajar como conductora de trenes. -Empieza a sombrear algunas zonas del bosquejo. Ya se puede apreciar una sucesión de «X» abombadas y también un indicio de cumbres envueltas en nubes. Dibuja rápidamente. En su nuca pálida y esbelta caen dos negros mechones de su cabello rizado en forma de espirales caprichosas que se asemejan a los trazos de una escritura ilegible-. ¿Sabe? Una vez conocí a un ingeniero, un alto cargo, que creía que en realidad no vivíamos en un puente, sino en una gran roca situada en el centro de un desierto infranqueable.

– Mmm… -empiezo, sin saber cómo tomármelo-. Tal vez sea algo diferente para cada uno de nosotros. ¿Usted qué ve?

– Lo mismo que usted -asegura, volviéndose un segundo hacia mí-. Un puente muy grande. ¿Qué piensa que estoy dibujando, si no? -Prosigue con su obra de arte.

– Poco menos que unos trazos -le digo, sonriendo.

Se echa a reír.

– Y usted, señor Orr, ¿qué es lo que ve?

– Mis propias conclusiones. -Con esta afirmación, me he ganado una de sus mejores sonrisas. Vuelve un momento al cuadro y mira distraídamente hacia arriba durante unos segundos.

– ¿Sabe lo que más echo de menos de la universidad? – pregunta.

– ¿El qué?

– Poder ver con claridad las estrellas -afirma con cierta nostalgia-. Aquí hay demasiada luz como para verlas con nitidez, a menos que sea desde el mar. Pero la universidad estaba entre secciones agrícolas, y por la noche, estaba todo muy oscuro.

– ¿Secciones agrícolas?

– Ya sabe -responde Abberlaine Arrol, apartándose de su cuadro para examinarlo con perspectiva-. Lugares donde se cultivan alimentos.

– Sí, sí. Ya sé. No se me había ocurrido que podían destinarse otras secciones del puente a la agricultura. No debe de resultar difícil, supongo. Imagino que utilizarán cortavientos o incluso espejos para cultivar en distintos niveles, y seguramente el agua será el mejor medio de crecimiento en perjuicio de la tierra; pero sí, supongo que es posible.

Entonces, tal vez el puente sea plenamente autosuficiente en lo que a alimentación se refiere. Mi idea de una longitud limitada, inspirada por el transporte ferroviario de mercancías frescas, es ahora más que irrelevante. El puente puede medir lo que le dé la gana.

Abberlaine Arrol enciende un cigarrillo y golpea repetidamente con una de sus botas la plataforma metálica. Se vuelve a mirarme, cruzando los brazos bajo el contorno de sus pechos; su falda, visiblemente cara, ondea al viento. Entre el olor del humo que espira se esconde una nota de perfume fresco.

– Y bien, señor Orr, ¿qué le parece?

Estudio con atención el cuadro terminado.

En él se aprecia una visión subjetiva de la amplia superficie de la estación de maniobras. Las líneas y las vías parecen plantas trepadoras en suelo de una selva. Los trenes son grotescos y enrevesados, como gusanos gigantes o troncos de árboles caídos. Encima de estos, las vigas y los tubos se transforman en ramas que desaparecen entre el humo que se eleva desde el suelo de esta gigantesca jungla endiablada. Una locomotora se ha convertido en un monstruo erguido, un enorme lagarto que ruge con furia. La silueta de un hombre minúsculo huye del animal, con el rostro desencajado por el pánico.

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