Читаем El puente полностью

Las paredes son de piedra grisácea y están muy cercanas entre sí. Si estiro los brazos, alcanzo a tocar los dos lados del canal. Forman una curva muy suave que desaparece en ambas direcciones bajo la luz tenue que cae desde arriba. Apoyo una mano en una de ellas y, con el pie, noto algo duro bajo el musgo.

Al apartarlo, queda al descubierto un trozo de metal brillante. Escarbo también en el lado opuesto; es una pieza metálica larga, como una tubería, que está adherida al suelo del canal. Transversalmente, tiene la forma de una letra «I» algo hinchada. Una inspección más exhaustiva me revela que recorre la longitud del canal en ambas direcciones. Prestando atención, se aprecia una pequeña elevación, apenas perceptible, bajo el musgo del suelo. Hacia el otro lado, se ve la misma línea elevada de musgo junto a la pared. Son dos raíles paralelos.

Empiezo a saltar, apartando el musgo de la vía que acabo de destapar.

Mientras lo hago, el aire cálido y espeso empieza a soplar más fuerte y, desde uno de los lados del túnel, se oye cómo se acerca el sonido de una sirena.


Ligeramente resacoso, esperando unos arenques en el bar Inches, me pregunto si debería descolgar el cuadro de la señorita Arrol de la pared.

Aquel sueño me perturbó, me desperté sudoroso y me quedé dando vueltas en la cama, empapado en sudor, hasta que no tuve más remedio que levantarme. Me di un baño caliente, me quedé dormido dentro del agua y me desperté, helado, aterrorizado, desafinado, como si me hubiera electrocutado, repentinamente seguro en mi confusión de estar atrapado en una especie de túnel estrecho: la bañera era un canal y el agua mi propio sudor.

Leo el periódico matinal mientras tomo un café. Critican a la Administración por no haber previsto el paso de la formación aérea de ayer. Se están evaluando nuevas medidas preventivas con el objetivo de evitar más transgresiones contra el espacio aéreo del puente.

Llegan los arenques. Las espinas retiradas han dejado una especie de patrón sobre su pálida carne. Recuerdo mis teorías sobre la topografía general del puente e intento olvidar mi resaca.

Hay tres posibles opciones:


1. El puente es simplemente eso, un enlace que está entre dos masas de tierra muy alejadas entre sí y que goza de una existencia independiente de ellas, pero hay tráfico que lo cruza de una a la otra.

2. El puente es un muelle; hay tierra a un lado, pero no al otro.

3. El puente no tiene conexión con tierra firme, excepto con las pequeñas islas que se encuentran cada tres secciones.


En las opciones 2 y 3, podría darse el caso de que aún estuviese en construcción. Podría ser una cortina de muelle por no haber alcanzado aún la masa de tierra del otro lado, o, en caso de no conectar con tierra firme, podría estar construyéndose hacia los dos extremos, y no solo hacia uno.

En la opción 3, existe una interesante alternativa. En apariencia, el puente es recto, pero se ve el horizonte y el sol sale, sube y se pone. Por lo tanto, el puente podría terminar encontrándose consigo mismo, formar un circuito cerrado, un círculo que encerrase el planeta, topográficamente infinito.


Al visitar la biblioteca más cercana para buscar un libro sobre braille, recuerdo la Biblioteca de la Tercera Ciudad. Tras el desayuno, me siento bastante recuperado y decido acercarme dando un paseo a la sección donde se encuentran la clínica del doctor Joyce y la mítica biblioteca. Voy a intentar encontrarla otra vez.

Hoy también hace un día excelente. Sopla un viento suave y cálido que inclina los cables de los dirigibles, mientras estos intentan volar hacia el puente. Se han lanzado más globos al cielo; grandes barcazas atoan los aeróstatos a medio inflar, algunos de los pesqueros llevan dos dirigibles y, con los cables, forman una «V» gigante que se eleva sobre ellos. Algunos están pintados de negro.

Camino silbando sobre el puente, de una sección a la otra, balanceando mi bastón. Un lujoso pero convencional ascensor me conduce hasta el piso más alto, que aún se encuentra varias plantas por debajo del pico de la sección. Los pasillos altos, oscuros y con olor rancio me resultan familiares, al menos en conjunto. Su distribución exacta sigue siendo un misterio.

Camino bajo las antiguas y deterioradas banderas colgadas, entre los burócratas perpetuados en piedra, y junto a estancias llenas de recepcionistas elegantemente vestidos. Cruzo claraboyas que dejan pasar una tenue luz desde los techos de pasillos decrépitos, intento mirar a través de cerraduras de pasajes cerrados, oscuros y desiertos, cuyos suelos están cubiertos por varios centímetros de escombros y polvo. Intento abrir las puertas, pero las bisagras están oxidadas.

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