– ¿… un error, señor? -El calvo ríe ruidosamente durante un momento-. Perdóneme, señor. Siento interrumpirlo así, pero no he podido evitarlo. Todo el mundo dice lo mismo. ¡Ojalá me hubieran dado un chelín cada vez que he oído esa frase! -Mueve la cabeza y se frota una mejilla-. Bien, si realmente cree que es así, no dude en ponerse en contacto con las autoridades pertinentes. El teléfono debe de estar por aquí, en algún sitio… -dice distraídamente mientras echa un vistazo a su alrededor.
– El teléfono no funciona.
– Sí, sí funciona. No hará ni media hora que lo he utilizado para decirles a los del departamento que estamos aquí.
Encuentro el teléfono en el suelo. Muerto. Solo emite un clic cuando intento marcar. El hombre calvo se acerca.
– ¿Ya está cortado, señor? -Consulta su reloj-. Sí que se han dado prisa. -Anota algo en su tablilla-. Menuda eficiencia la de los chicos de la centralita -dice para sí mismo mientras asiente con la cabeza para mostrar su admiración.
– Por favor, se lo ruego, déjeme ponerme en contacto con mi médico, él lo arreglará todo. Su nombre es doctor Joyce.
– No será necesario, señor -dice el calvo, alegremente. Un horrible pensamiento me asalta. El hombre comprueba sus papeles, pasa el dedo por una de las listas de las últimas páginas y se detiene en un punto-. Mire, aquí está.
Es la firma del doctor Joyce. El calvo añade:
– ¿Ve? El doctor ya lo sabe. Ha sido él mismo quien ha dado la autorización.
– Sí. -Me siento y me quedo mirando la pared blanca y vacía que tengo delante.
– ¿Ya está contento, señor? -El calvo no intenta ser frívolo ni irónico.
– Sí -me oigo responder a mí mismo-. Me siento paralizado, muerto, encerrado, sin sentidos, por los suelos, con los fusibles fundidos.
– Me temo que tendrá que darnos también lo que lleva puesto, señor -dice mirando mi ropa.
– No puede estar hablando en serio -respondo, derrotado.
– Lo siento, señor. Pero tenemos una estupenda colección de uniformes nuevos para usted. ¿Le importa cambiarse ahora?
– Esto es ridículo.
– Lo sé, señor. Pero las normas son las normas, ¿no es cierto? Estoy seguro de que le gustarán los uniformes. Y los estrenará usted.
– ¿Uniformes?
Son de un tono verde vivo. Zapatos, pantalones cortos y camisas, e incluso una ordinaria ropa interior.
Me cambio en el vestidor, con la mente tan vacía como las paredes.
Mi cuerpo parece moverse por inercia mientras ejecuta los movimientos necesarios por su cuenta, de forma automática y mecánica. Se detiene esperando una nueva orden. Doblo mi ropa minuciosamente y, cuando levanto la chaqueta, veo el pañuelo que me dio Abberlaine Arrol. Lo saco del bolsillo frontal.
Cuando vuelvo a la sala de estar, el hombre calvo está viendo un concurso en la televisión. La apaga cuando entro y me entrega mi nueva ropa. Se pone su sombrero.
– El pañuelo -digo señalando la prenda de encima del montón de ropa – está bordado con mis iniciales. ¿Puedo quedármelo?
El calvo le hace un gesto a uno de sus hombres, para indicarle que se lleve la ropa. Con un lápiz, comprueba una lista de entre sus papeles.
– Efectivamente, aquí está el pañuelo, pero… no dice nada de ninguna letra bordada en él. -Abre el pañuelo y estudia con detalle la letra «O» bordada en azul. Me pregunto si llevará una aguja para descoserlo y dejarme solo el hilo-. De acuerdo, quédeselo -dice ásperamente-, pero se le descontará su valor de su nueva subvención.
– Gracias. -Es curiosamente fácil ser amable.
– Bien, eso es todo -concluye, con profesionalidad mientras guarda el lápiz. Con este gesto, me recuerda al doctor Joyce. Me señala la puerta-. Usted primero.
Guardo el pañuelo en un bolsillo del uniforme verde chillón y salgo del apartamento. Todos los hombres vestidos de gris se han marchado, excepto uno. El último trabajador sostiene un gran trozo de papel enrollado y un marco vacío. Espera a que su superior haya cerrado la puerta con un candado y le susurra algo al oído. El jefe desenrolla el papel: es el cuadro de Abberlaine Arrol.
– ¿Es suyo esto?
– Sí -asiento-, es un regalo de una amig…
– Tenga. -Me lo planta en las manos y se da la vuelta.
Los dos hombres se alejan pasillo abajo. Me dirijo hacia el ascensor, con el cuadro apretado contra mi pecho. No he avanzado más que unos pasos cuando oigo un grito. El calvo corre hacia mí, haciéndome señas. Me acerco hacia él.
El hombre agita el sujetapapeles en mi cara.
– No tan deprisa, amigo -dice-. Tenemos un pequeño problema con un sombrero de ala ancha.
– Está hablando con la consulta del doctor F. Joyce, muy buenas tardes tenga usted.
– Soy el señor Orr; quisiera hablar con el doctor, es muy urgente.
– ¡Señor Orr, qué alegría oírlo! ¿Cómo está usted?
– Me… me siento fatal en estos momentos, en realidad. Me acaban de echar de mi apartamento. Por favor, ¿puedo hablar con el doctor Joy…?
– Pero eso es terrible. Absolutamente terrible.
– Totalmente de acuerdo. Me gustaría hablarlo con el doctor.