Читаем El puente полностью

– No, usted debe hablar con la policía, no con un doctor…, a menos que…, bien, obviamente, no lo han echado por el balcón, de lo contrario, no estaría hablando con…

– Mire, le agradezco mucho su preocupación, pero no tengo demasiado dinero para pagar esta llamada, y…

– Cómo… No le habrán robado también, ¿no?

– No. Oiga, ¿quiere hacerme el favor de pasarme con el doctor Joyce?

– Me temo que eso no será posible, señor Orr. El doctor está reunido en estos momentos. Mmm… Déjeme ver… Sí… El Comité de Elecciones de Nuevos Miembros del Subcomité del Comité de Trámites de Compras, creo.

– Bueno, ¿y no puede…?

– ¡No! No, qué tonto soy. Miento; eso fue ayer. Ya decía yo que no me sonaba. Es el Subcomité de Planificación e Integración de Nuevos Edifi…

– ¡Maldita sea! ¡Me importa un carajo en qué comité está! ¿Cuándo puedo hablar con él?

– Ah, pues debería importarle, señor Orr, los comités trabajan para los ciudadanos, ¿sabe?

– ¿Cuándo demonios puedo hablar con el doctor?

– No lo sé, señor Orr. ¿Le digo que lo llame?

– ¿Cuándo? No voy a estar pegado a esta cabina todo el día.

– Bien, pues le digo que lo llame a su casa.

– ¡Le acabo de decir que me han echado!

– ¿Y no puede volver a entrar? Estoy seguro de que si llama usted a la policía…

– Me han cerrado la puerta con un candado. Y todo bajo autorización oficial y firmado por el doctor Joyce; por eso mismo quiero habí…

– Aaaah, acabáramos. Ha sido usted trasladado, señor Orr. Pensaba que…

– ¿Qué ha sido ese ruido?

– Los tonos, señor Orr. Tiene que echar más monedas.

– Ya no tengo más dinero.

– Vaya. En fin, ha sido un placer hablar con usted, señor Orr. Hasta pronto. Que pase un buen d…

– ¿Oiga? ¿Oiga…?


El nivel B7 se encuentra a siete pisos por debajo de la plataforma del tren, a una distancia lo suficientemente corta como para poder distinguir un tren local, un tren expreso y un tren rápido de mercancías solo por el tipo de vibración, incluso sin el concomitante ruido/chirrido/zumbido de confirmación. El nivel es amplio, oscuro, tétrico y está plagado de gente. Justo en el piso de abajo, hay un taller de metales y los seis pisos superiores son de viviendas. Un olor a sudor y a humo rancio invade la atmósfera cargada. La habitación 306 es toda para mí. Solo contiene una cama estrecha, una silla vieja de plástico, una mesita y una cómoda pequeña con cajones. Y aun así, es una estancia algo recargada de muebles. El olor del baño comunitario asalta todo el pasillo, en cuyo extremo se encuentra mi nueva vivienda. La habitación tiene vistas a un patio de luces, que ni siquiera hace honor a su propio nombre.

Cierro la puerta y me dirijo a la consulta del doctor Joyce como un autómata: ciego, sordo y sin cerebro. Cuando llego, es demasiado tarde. Está cerrada. El doctor y el recepcionista se han marchado a casa. Un guarda jurado me mira con recelo y me sugiere que regrese al nivel al que pertenezco.


Me siento en mi cama diminuta, con el estómago revuelto. Apoyo la cabeza en las manos y miro al suelo; oigo los chirridos del metal que están cortando en el taller del piso inferior. Me duele el pecho.

Llaman a la puerta.

– Adelante.

Entra un hombre bajito y mugriento con un abrigo largo de color azul oscuro, arrastrando los pies de lado. Parpadea repetidas veces, mirando por toda la habitación, y su mirada se detiene brevemente en el cuadro enrollado que está encima de la cómoda. Por fin me mira, aunque sus ojos no se cruzan con los míos.

– ¿Qué hay? Eres nuevo por aquí, ¿verdad? -Se queda de pie en el umbral de la puerta, como si estuviera preparado para salir corriendo en cualquier momento. Mete las manos en los bolsillos de su abrigo.

– Sí, lo soy -contesto, poniéndome en pie-. Mi nombre es John Orr. -Le tiendo la mano, que me estrecha durante un segundo, para volver a su posición anterior-. ¿Qué tal está? – digo a toda prisa.

– Me llamo Lynch -dice, sin mirarme a los ojos-. Pero puedes llamarme Lynchy.

– ¿Qué puedo hacer por usted, Lynchy?

– Nada. -Se encoge de hombros-. Soy tu vecino y venía a ver si querías algo.

– Es usted muy amable. De hecho, me gustaría saber qué debo hacer para obtener mi nueva subvención.

Por fin, el señor Lynch me mira a los ojos. Parece que un resplandor emana de su cara, no precisamente recién lavada, aunque su expresión denota cierto aburrimiento.

– Ah, sí. Puedo ayudarte con eso, no hay problema.

Sonrío. En todo el tiempo que pasé en los niveles más elevados y refinados del puente, ni uno solo de mis vecinos me dio los buenos días y mucho menos me ofreció ayuda de ninguna clase.


Перейти на страницу:

Похожие книги

Rogue Forces
Rogue Forces

The clash of civilizations will be won ... by thte highest bidderWhat happens when America's most lethal military contractor becomes uncontrollably powerful?His election promised a new day for America ... but dangerous storm clouds are on the horizon. The newly inaugurated president, Joseph Gardner, pledged to start pulling U.S. forces out of Iraq on his first day in office--no questions asked. Meanwhile, former president Kevin Martindale and retired Air Force lieutenant-general Patrick McLanahan have left government behind for the lucrative world of military contracting. Their private firm, Scion Aviation International, has been hired by the Pentagon to take over aerial patrols in northern Iraq as the U.S. military begins to downsize its presence there.Yet Iraq quickly reemerges as a hot zone: Kurdish nationalist attacks have led the Republic of Turkey to invade northern Iraq. The new American presi dent needs to regain control of the situation--immediately--but he's reluctant to send U.S. forces back into harm's way, leaving Scion the only credible force in the region capable of blunting the Turks' advances.But when Patrick McLanahan makes the decision to take the fight to the Turks, can the president rein him in? And just where does McLanahan's loyalty ultimately lie: with his country, his commander in chief, his fellow warriors ... or with his company's shareholders?In Rogue Forces, Dale Brown, the New York Times bestselling master of thrilling action, explores the frightening possibility that the corporations we now rely on to fight our battles are becoming too powerful for America's good.

Дейл Браун

Триллер