A veces se acercan al borde del puente y se desnudan arrancándose la ropa, gritándome, apretando los puños y moviendo las caderas, arrodillándose y abriendo las piernas, chillando y extendiéndome los brazos. Yo grito también y me lanzo hacia ellas, corro como si me fuera la vida, sujeto mi pene erguido de deseo como el asta de una bandera, moviéndolo mientras sigo corriendo y gritando de deseo frustrado. A menudo eyaculo, y caigo exhausto al suelo, sobre la dura superficie férrea de la plataforma del puente, para permanecer allí jadeando, sollozando, gritando y golpeando el suelo de hierro con las manos hasta que me sangran.
Algunas veces, las damas hacen el amor entre ellas, frente a mí; y yo gimo y me tiro del cabello hasta arrancármelo. En ocasiones se toman varias horas, se besan dulcemente, se tocan, se acarician y se lamen, y gritan cuando llegan al orgasmo. Sus cuerpos se estremecen, se estrechan, se mueven al unísono. A veces me miran mientras lo hacen, y nunca puedo determinar si sus ojos grandes y húmedos denotan tristeza y súplica, o satisfacción y burla. Me paro y levanto el puño. Les grito:«¡Putas! ¡Ingratas! ¡Torturadoras! ¡Diablas! ¿Qué pasa conmigo? ¡Venid aquí! ¡Vamos, saltad! ¡Lanzadme una cuerda, entonces!».
No lo hacen. Desfilan, se desnudan, folian, duermen y leen viejos libros, preparan comidas y dejan pequeñas bandejas de papel de arroz con alimentos en el borde del puente, para que yo pueda comer (aunque a veces me rebelo y las tiro al río, y los peces carnívoros devoran hasta la bandeja). Pero ellas nunca saltan al puente. Entonces recuerdo que las brujas no pueden cruzar las aguas.
Camino; el puente gira despacio, ruge y tiembla ligeramente, las barras que se erigen de sus ejes se desplazan despacio, atraviesan la niebla. Corro; el puente se acelera, se adapta a mi velocidad, se agita bajo mis pies, y los barrotes que me rodean emiten un leve sonido a través de la nebulosa del aire. Me detengo; el puente se detiene. Todavía me encuentro sobre el centro del río que fluye lentamente. Me siento. El puente sigue inmóvil. Tomo impulso y me lanzo hacia el otro lado, en el que habitan las damas. Ruedo, gateo, salto, y el puente retumba y se mueve a un lado o al otro, me deja siempre en la misma posición, me devuelve siempre, siempre, a su centro, al punto medio sobre el lento cauce que fluye bajo él. Soy la piedra angular del puente.
Duermo (normalmente por la noche, a veces durante el día) justo sobre el centro de las aguas. Muchas veces, espero al corazón de la noche, finjo dormir durante horas y de pronto, ¡arriba! Me levanto de un salto, un gran salto que lo pillará desprevenido. ¡Sí, señor!
Pero el puente se mueve rápido. No se deja engañar y, en unos segundos, me encuentro corriendo, saltando o caminando de nuevo sobre el centro del río.
He intentado utilizar la propia inercia del puente contra él, su impulso, su propia masa. Corro primero hacia un lado y después hacia el otro; intento que mis cambios bruscos de dirección lo cojan por sorpresa, lo engañen, lo burlen de alguna forma, para que el maldito cabrón no pueda moverse con tanta premura (evidentemente, siempre intento asegurarme de que, en caso de salir, lo haga hacia el lado de las damas, ¡sin olvidar los peces carnívoros!), pero nunca tengo éxito. El puente, pese a su peso y a su solidez, que deberían dificultarle los movimientos prestos, siempre va demasiado rápido para mí y nunca me he acercado a menos de doce zancadas de cualquiera de los dos lados.
A veces sopla una ligera brisa; no suficiente como para disipar la niebla, pero sí como para traerme los perfumes y los aromas corporales de las damas, siempre que sople en la dirección adecuada. Inspiro con vehemencia, desgarro tiras de mis harapos y las introduzco en mis fosas nasales. También se me ha ocurrido hacer lo propio con mis orejas, e incluso vendarme todo entero.