Читаем El puente полностью

Cada cierto tiempo, unos hombres morenos y achaparrados, vestidos como sátiros, salen corriendo del bosque y corren por el prado, lanzándose sobre las damas, quienes, tras una fingida demostración de resistencia y ciertas muestras de coquetería, sucumben a sus pequeños amantes con un deleite inalterable. Las orgías se prolongan durante días y noches, sin pausa. En ellas, se practica toda forma de perversión sexual, bajo la luz de las hogueras y de las lámparas rojas que iluminan la escena en la noche, donde también se consumen vastas cantidades de carnes asadas, frutas exóticas y manjares especiados, junto con diversas variedades de vinos y licores. En dichas ocasiones, suelo ser el gran olvidado y ni siquiera me dejan mi comida habitual en el puente, con lo que me muero de hambre mientras ellos sacian su apetito rozando la gula. Me siento y miro hacia otro lado, enfurruñado ante la frialdad del pantano y el camino inalcanzable que lo atraviesa, sintiéndome a caballo entre el hambre y los celos, atormentado por los gemidos y los gritos procedentes del otro lado del puente, y por los suculentos aromas de las carnes asadas.


En una ocasión, me quedé ronco de tanto gritarles, me torcí el tobillo saltando y me mordí la lengua insultándolos. Esperé a tener ganas de cagar y luego les lancé la mierda. ¡Y los enanos obscenos la utilizaron en uno de sus indecentes juegos sexuales!

Cuando los hombres oscuros vestidos de sátiros han vuelto arrastrándose a su bosque y las damas han dormido para recuperarse de los efectos de sus caprichos polifacéticos, vuelven a ser como antes, o incluso algo más serviciales, como si sintieran cierta culpa. Me preparan platos especiales y me dan más comida de la habitual, pero normalmente yo sigo enfadado y tiro la comida, bien a ellas, bien a los peces carnívoros del río. Ellas se muestran tristes y arrepentidas, retoman sus viejos hábitos de lectura y sueño, caminan y se van desvistiendo, y hacen el amor las unas con las otras.

Tal vez mis lágrimas oxidarán el puente y así conseguiré escapar.


Hoy la niebla se ha disipado. No durante mucho tiempo, pero sí el suficiente. En mi puente sin final, he llegado al final.

No estoy solo.

Cuando se levantó la niebla, vi que el río desaparecía en línea recta hacia el infinito, por ambos lados. A uno de ellos, el pantano y el camino adoquinado. Al otro, el prado y el bosque. Nunca terminaban. A unos cien pasos contra la corriente había otro puente igual que el mío. También parecía parte de una circunferencia, era de hierro con gruesas barras en los bordes. Dentro de él, había un hombre agarrado a las barras, mirándome. Más allá de su puente, otro puente y otro hombre, y así sucesivamente, hasta que la línea formada por todos los puentes se convertía en un túnel metálico, que desaparecía en la nada. Cada puente tiene su camino que cruza el pantano, sus prados y sus damas. A favor de la corriente, la misma escena. Mis damas no parecieron reparar en nada de todo aquello.

El hombre del siguiente puente me miró durante un rato, y, acto seguido, empezó a correr (observé cómo giraba su puente, fascinado por su serena suavidad), se detuvo, me volvió a mirar y luego miró al puente que tenía al otro lado. Entonces, se encaramó al parapeto, por encima de las barras y (tras un ínfimo conato de vacilación) se lanzó al río. El agua se llenó de espuma roja. El hombre gritó y se sumergió.

La niebla volvió. Estuve gritando durante un buen rato, pero no pude oír ninguna voz de respuesta.


Ahora estoy corriendo. A ritmo constante, rápido y decidido. Ya hace unas cuantas horas; está oscureciendo. Las damas parecen preocupadas; he pasado por encima de tres de sus bandejas de comida.

Mis damas se ponen en pie y me miran, con los ojos tristes y cierto aire de resignación, como si ya hubieran visto la escena que están contemplando otras veces, como si el final siempre fuese el mismo.

Corro sin parar. El puente y yo somos uno, somos parte del mismo mecanismo, un ojo enhebrado por el río. Y correré hasta que caiga, hasta que muera; en otras palabras, para siempre.

Ahora mis damas lloran, pero yo soy feliz. Ellas están atrapadas, paralizadas, prisioneras y sumisas; pero yo soy libre.


Me despierto con un grito, con la impresión de que estoy encajonado en un bloque de hielo, más frío que el agua, tan frío que quema como la lava volcánica, y bajo una presión que me muele y me aplasta.

El grito no es mío; permanezco en silencio, y solo se oyen los chirridos de las láminas de metal. Me visto, me arrastro al baño comunitario y me lavo. Me seco las manos con el pañuelo. En el espejo, mi rostro aparece inflamado y pálido. Siento que algunos de mis dientes están más sueltos que antes. Mi cuerpo está magullado, pero no parece que tenga lesiones graves.

En la oficina donde me registro para reclamar mi subvención, descubro que este primer mes solo obtendré la mitad, puesto que tengo que abonar el importe que debo del pañuelo y del sombrero. Me dan muy poco dinero.

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