Читаем El Traje Gris полностью

A las ocho y media de la mañana siguiente llamó a un taxi para ir al laboratorio Gerratana, donde entregó el recipiente a una chica en bata blanca y le repitió lo que le había pedido Caruana. -Para el análisis de sangre tendrá que aguardar unos diez minutos en la sala de espera. Ya lo llamarán. -¿Cuándo podré recoger los resultados? -Esta tarde a partir de las cinco y media. Eran rápidos, desde luego. A las diez en punto ya estaba en las oficinas ultramodernas del Grupo Ardizzone. La secretaria lo hizo pasar a un saloncito cuyos muebles parecían sacados directamente de una de las revistas de decoración que Adele compraba de vez en cuando. -El dottore lo atenderá enseguida. En las paredes colgaban cuadros abstractos de vivos colores; quizá los habían comprado junto con los muebles. -Puede pasar. En cuanto lo vio entrar, Mario Ardizzone se levantó, fue a su encuentro con una sonrisa y le tendió la mano. -¡Bienvenido! ¡Sea usted bienvenido de todo corazón! -Gracias. Y viendo el entusiasmo del joven, se dejó abrazar y dar manotazos en la espalda. El despacho era un poquito menos espacioso que una plaza de armas y causaba cierta impresión. Esa era precisamente su finalidad. Un televisor, dos ordenadores, tres teléfonos de colores distintos, mueble bar, una enorme mesa ovalada con diez sillas alrededor, un mueblecito con una máquina expendedora de café, un sofá y dos butacas de lujo en un rincón. Y cuadros grandísimos, intercambiables con los del saloncito. -¿Le apetece tomar algo? -No, gracias. -Puede fumar si quiere. -No fumo. -Entonces, vamos a establecer las condiciones. ¿Le parece bien? -Muy bien. Se pasaron dos horas hablando. Ardizzone había ordenado a su secretaria que no lo molestara por ningún motivo. Acerca de las condiciones estuvieron enseguida de acuerdo. La única resistencia con que tropezó fue cuando propuso el contrato de un año, pues Mario quería que fuera de tres, pero al final se salió con la suya. A continuación Mario le informó que la víspera, tras enterarse por su padre de su aceptación, había dado una respuesta afirmativa a los de la Fides. Por consiguiente, el paso ya estaba dado y no era posible echarse atrás. Si aquello ocurriera, se correrían graves riesgos. -Como máximo, podrían ponernos un pleito por incumplimiento de contrato -objetó él. -Todavía no hay ningún contrato. -Mejor. -Eso lo dice usted -repuso Mario-. Yo di mi palabra de que el negocio se hacía. -¿A Torricella? -No. Pero sepa que Torricella, desde las cinco de la tarde de ayer, ya no tiene nada que ver con la Fides. ¿Está claro? -En cuanto a la Prontocontanti, en cambio, no había problemas-. Ahora le digo cómo veo la cosa. El joven veía a lo grande. Quizá demasiado. Y él se lo dijo con toda claridad. Pero Mario no se dejó convencer. Cada cual a lo suyo. Al final, le entregó dos abultadas carpetas que contenían los expedientes relacionados con el estado vigente de las dos sociedades financieras; quería que los examinara y le diera su opinión, indispensable para proceder a la adquisición definitiva. -Puede empezar mañana. Venga cuando quiera. He puesto a su disposición un despacho situado a tres puertas del mío. Podrá servirse de mi secretaria. Se lo enseño, y si no le va bien, dígamelo. La estancia le gustó. Los muebles eran soportablemente modernos y no había cuadros en las paredes. No cabía duda de que Mario era un joven experto, capaz de comprender a cualquier hombre con quien tuviera que tratar. -¿Le gusta? ¿Sí? Trabajará aquí de manera transitoria, pues, cuando se haga la fusión, tendrá su despacho definitivo en la nueva sede de la sociedad financiera. Por cierto, habrá que buscarle un nombre que transmita confianza. Ninguna referencia a lo que él había discutido con su padre. Era francamente experto. Tardó casi una hora en regresar a casa en taxi. El tráfico era tan denso que en determinado momento sintió la tentación de bajar y hacer el trayecto a pie. Pero estaba demasiado cansado, no lo habría conseguido. El taxista se pasó el rato soltando reniegos. -Su secretaria ha llamado dos veces desde el banco. Dice que la llame inmediatamente. La comida está lista. -¿Está mi mujer? -Sí. -Dígale a la señora que empiece sin mí. Voy enseguida. Fue al estudio y marcó el número directo que hasta hacía tres días era el suyo. Su ex secretaria contestó enseguida. - Dottore, hay correspondencia para usted. ¿Qué hago? -¿Son cartas a mi nombre? -Tres sí. Una de la cooperativa agrícola Mon-tagnella, una del Banco de Roma y una del Banco de Italia. -Páseselas a Verdini. -Muy bien. También hay una personal. -Ábrala. Un minuto después volvió a oír la voz de su ex secretaria, sorprendida. - Dottore, sólo hay una fotografía. -¿Qué representa? -Una pareja joven. Ella está visiblemente embarazada. -Mire el sello del franqueo, dígame de dónde viene. -De Londres. -¿Hay algo escrito? -No. -Métala en otro sobre y envíemela. Su hijo. ¿Lo estaría cambiando la inminente paternidad? De todos modos, la fotografía se la había enviado al banco, no a casa. Para que no la viera Adele. Inesperadamente y sin motivo, se le hizo un nudo en la garganta.

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Меня зовут Андрей Гагарин — позывной «Космос».Моя младшая сестра — журналистка, она верит в правду, сует нос в чужие дела и не знает, когда вовремя остановиться. Она пропала без вести во время командировки в Сьерра-Леоне, где в очередной раз вспыхнула какая-то эпидемия.Под видом помощника популярного блогера я пробрался на последний гуманитарный рейс МЧС, чтобы пройти путем сестры, найти ее и вернуть домой.Мне не привыкать участвовать в боевых спасательных операциях, а ковид или какая другая зараза меня не остановит, но я даже предположить не мог, что попаду в эпицентр самого настоящего зомбиапокалипсиса. А против меня будут не только зомби, но и обезумевшие мародеры, туземные колдуны и мощь огромной корпорации, скрывающей свои тайны.

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