En el silencio que siguió a estas palabras se oyó la voz del niño, Quiero ver a mi madre, pero las palabras fueron articuladas sin expresión, como un mecanismo repetidor automático que antes hubiera dejado en suspenso una frase, y ahora, fuera de tiempo, la soltase. El médico dijo, Las órdenes que acabamos de oír no dejan dudas, estamos aislados, más aislados de lo que probablemente jamás lo estuvo alguien anteriormente, y sin esperanza de poder salir de aquí hasta que se descubra un remedio contra la enfermedad, Conozco su voz, dijo la chica de las gafas oscuras, Soy médico, médico oftalmólogo, Es el médico a quien fui a ver ayer, es su voz, sí, Y usted, quién es, Tenía una conjuntivitis, supongo que la tengo aún, pero ahora, ciega ya, la cosa no debe de tener la menor importancia, Y ese niño que está con usted, No es mío, no tengo hijos, Ayer examiné a un niño con estrabismo, eras tú, preguntó el médico, Sí señor, la respuesta del niño salió con un tono de despecho, como si no le gustara que mencionasen su defecto físico, y tenía razón, que defectos tales, éstos y otros, sólo por el hecho de hablar de ellos pasan de males perceptibles a males evidentes, Hay alguien a quien no conozca, volvió a preguntar el médico, está aquí el hombre que fue ayer a mi consultorio acompañado por su esposa, el que se quedó ciego de repente cuando iba en su coche, Soy yo, respondió el primer ciego, Hay otra persona aún, que diga quién es, por favor, nos han obligado a vivir juntos no sabemos por cuánto tiempo, es indispensable que nos conozcamos unos a otros. El ladrón del coche murmuró entre dientes, Sí, sí, creyó que aquello era suficiente para confirmar su presencia, pero el oculista insistió, La voz suena como de alguien relativamente joven, usted no es el enfermo de avanzada edad, el que tenía catarata en un ojo, No, doctor, no lo soy, Y cómo se quedó ciego, Iba por la calle, Y qué más, Nada más, iba por la calle y me quedé ciego. El médico abría la boca para preguntar si su ceguera era también blanca, pero se calló, para qué, de qué servía, fuese cual fuese la respuesta, blanca o negra la ceguera, de allí no iban a salir. Tendió la mano vacilante hacia su mujer y encontró la mano de ella en el camino. La mujer le besó la cara, nadie más podía ver esta frente marchita, la boca apagada, los ojos muertos, como de cristal, atemorizadores, porque parecían ver y no veían, También me llegará el turno, pensó, cuándo, tal vez en este mismo instante, sin darme tiempo a acabar lo que estoy diciéndome, en cualquier momento, como ellos, o tal vez despierte ciega, me quedaré ciega al cerrar los ojos para dormir, y creeré que sólo me he quedado dormida.
Miró a los cuatro ciegos, estaban sentados en las camas, y a sus pies estaba el poco bagaje que habían podido llevarse, el niño con su mochila escolar, los otros con las maletas, pequeñas, como si fueran para un fin de semana. La chica de las gafas oscuras conversaba en voz baja con el niño, en la fila del otro lado, próximos los dos, sólo una cama vacía en medio, el primer ciego y el ladrón del coche se enfrentaban sin saberlo. El médico dijo, Hemos oído las órdenes, pase lo que pase sabemos una cosa, nadie va a venir a ayudarnos, por eso sería conveniente que nos empezásemos a organizar ya, porque no pasará mucho tiempo antes de que esta sala se llene de gente, ésta y las otras, Cómo sabe que hay otras salas, preguntó la muchacha, Anduvimos un poco por ahí antes de instalarnos en ésta, que era la que quedaba más cerca de la puerta de entrada, explicó la mujer del médico mientras apretaba el brazo del marido recomendándole prudencia. Dijo la muchacha, Lo mejor sería que usted, doctor, fuera el responsable, al fin y al cabo es médico, Y para qué sirve un médico sin ojos y sin medicinas, Tiene la autoridad. La mujer del médico sonrió, Creo que tendrías que aceptar, si los demás están de acuerdo, claro, Yo no creo que sea una buena idea, Por qué, Por ahora sólo somos seis, pero mañana, seguro, seremos más, todos los días llegará gente, sería apostar por lo imposible figurarse que iban a estar dispuestos a aceptar una autoridad que no han elegido y que, además, nada les puede dar a cambio de su acatamiento, eso suponiendo que reconocieran una autoridad y una reglamentación, Entonces va a ser difícil vivir aquí, Tendremos mucha suerte si sólo es difícil. La chica de las gafas oscuras dijo, Mi intención era buena, pero, realmente, el doctor tiene razón, aquí cada uno va a tirar por su lado.