El miedo estremeció a Reorx, un miedo tal como jamás había experimentado en este plano de existencia. Intentó traspasar las sombras. La vista del dios era muy penetrante, y podía ver, en una clara noche, una moneda de acero que se hubiera dejado caer descuidadamente en las calles de una ciudad en un país de un continente de una estrella lejana, pero fue incapaz de traspasar la oscuridad de la pineda. Algo obstaculizaba su vista.
Tembloroso, el enano avanzó a trompicones, el terror estrujándolo entre sus frías y sudorosas manos. Sólo tenía una vaga idea de lo que lo atemorizaba, un miedo realzado por cierta sospecha que se había estado insinuando en su mente desde hacía siglos. Jamás lo había admitido, jamás había ahondado en ella abiertamente, porque la posibilidad era demasiado terrible para planteársela. Ni que decir tiene que jamás se lo había dicho a sus colegas inmortales.
Reorx se planteó llamar a Paladine, a Takhisis y a Gilean pidiendo ayuda, pero eso significaría tener que explicarles qué era lo que temía haber hecho, y siempre existía la posibilidad de que pudiera parar a los irdas en su locura. Nadie se enteraría nunca.
Y siempre cabía la posibilidad de que estuviera equivocado, de estar preocupándose sin motivo.
El enano aceleró el paso. Ahora podía ver un parpadeo de luz gris.
—¡No puedes esconderte de mí mucho tiempo! —gritó, y salió disparado hacia adelante.
Al tener la mirada fija en la luz, Reorx no prestó demasiada atención al cercano entorno, y chocó contra arbustos, tropezó en raíces de árboles que asomaban por el suelo, resbaló en la hierba húmeda. Pisoteó y se topó y metió más ruido que un regimiento entero. El ruido sacó a los irdas de su concentración, creyendo que era un ejército —el regreso de los caballeros de armaduras negras— y ello incrementó su miedo y su desesperación. Instaron al Dictaminador para que se apresurara.
El enano llegó a la pineda. La luz gris fluía del centro; podía verla brillar mortecinamente a través de las ramas entrelazadas. Reorx buscó un sitio por el que entrar, pero los pinos se mantenían tan impenetrables como soldados situados en formación de combate, con los escudos levantados a fin de presentar una sólida barrera al enemigo. Ni siquiera permitirían entrar a un dios. Resollando y maldiciendo de frustración, Reorx corrió alrededor de la pineda, buscando un hueco por el que meterse.
El tintineo de plata aumentó de intensidad. La luz gris disminuía un poco con cada golpe, y después brillaba más fuerte.
Reorx estaba seguro de que sabía lo que estaba ocurriendo, y su terror aumentó con esta certeza. Intentó gritar al irda que se detuviera, pero los resonantes golpes del martillo ahogaron su voz. Por fin, renunció a seguir chillando, y dejó de correr.
Jadeante, el sudor goteando por el cabello y la barba, señaló a dos de los pinos más grandes y gritó con una voz que semejó el estallido del trueno:
—¡Juro por la luz roja de mi forja que secaré vuestras raíces, marchitaré vuestras ramas y haré que los gusanos se coman vuestras pinas si no me dejáis pasar!
Los pinos se estremecieron, sus ramas crujieron, las agujas se agitaron y cayeron alrededor del enfurecido enano. Apareció una abertura, apenas lo bastante grande para que se metiera por ella.
El robusto dios contuvo la respiración, estrujó su cuerpo entre los troncos, se esforzó y empujó y, finalmente, con un respingo, irrumpió en el otro lado. Y justo en ese momento, justo cuando salía trastabillando al claro, parpadeando ante la brillante luz, el Dictaminador dio al punzón un séptimo golpe fuerte.
Un crujido, que sonó como si el mundo se partiera, hendió la noche. La luz gris de la gema llameó brillantemente. Reorx, acostumbrado a mirar el fuego de su forja, la luz que relucía en el cielo como una estrella roja, no pudo soportarlo y tuvo que cerrar los ojos. El Dictaminador gritó y se agarró la cabeza. Gimiendo de dolor, cayó al suelo. El altar, en el que la gema había descansado, se partió en dos.
Y entonces la luz se apagó.
El enano se arriesgó a abrir los ojos.
El altar donde la Gema Gris descansaba estaba oscuro ahora. No con una oscuridad normal, sino con una negrura terrible que no presagiaba nada bueno.
Reorx la reconoció: había nacido de ella.
Intentó moverse hacia adelante, con alguna absurda idea, hija del pánico, de reparar el daño causado, pero sus botas le pesaban más que el mundo que una vez forjó. Trató de gritar una advertencia a los otros dioses, pero su lengua parecía hecha de hierro y no se movió en su boca. No había nada que él pudiera hacer, nada salvo mesarse la barba por la frustración y esperar lo que venía a continuación.
La oscuridad empezó a cobrar consistencia y forma. Asumió forma de un hombre mortal, no como homenaje —como hacen los dioses cuando toman formas humanas— sino con salvaje mofa. Era un hombre exageradamente desarrollado y cebado. De la oscuridad salió un gigante que creció y creció hasta superar la altura de los pinos.