El Padre arrancó una hebra de fuego de su barba y la arrojó entre los pinos. Uno tras otro, se prendieron fuego, estallando en llamas. Los árboles vivos se retorcieron de dolor mientras sus ramas se consumían en el rugiente infierno.
Reorx se arrodilló en medio del humo y las cenizas, incapaz de parar el incendio, que se extendió rápidamente de los pinos a otros árboles del bosque, secos como una tea. Las llamas saltaron de árbol en árbol, chisporrotearon, siseantes, sobre el suelo, quemaron incluso el aire, dejándolo abrasado y vacío. Crearon su propio viento, que rugió y empujó el fuego hacia adelante.
En cuestión de segundos, el incendio alcanzó el pueblo irda.
Por encima del aullido del viento y del crepitar de las llamas, Reorx oyó los gritos de los que morían. El dios se cubrió el rostro con las manos y sollozó... por los irdas, por el mundo.
El Protector estaba sentado en su casa, inmóvil, estupefacto. Sabía, como lo sabían todos los otros irdas, que el Dictaminador estaba muerto. Oyeron el retumbar de un trueno que parecían palabras, pero las palabras eran demasiado enormes, demasiado monstruosas, para ser comprendidas. Y entonces el Protector se asomó a la ventana y vio el rojo fulgor de las llamas, oyó los gritos de los árboles moribundos.
El resplandor se hizo más brillante. Podía sentir el calor. Las cenizas empezaron a llover sobre la casa y, a no tardar, el techo ardía. Se asomó a la ventana, sin saber muy bien qué hacer, si es que había algo que pudiera hacerse.
Aparecieron varios irdas ancianos que intentaban detener el fuego con su magia. Invocaron lluvia, pero se evaporó con el calor. Invocaron hielo, pero se derritió y se disipó con un siseo. Invocaron viento, pero sopló en la dirección equivocada, de manera que lo que hizo fue avivar las llamas. El Protector contempló la escena mientras que un irda tras otro eran consumidos por el fuego.
Una vecina lejana salió corriendo de su casa incendiada. Gritaba algo acerca del océano. Si conseguían llegar al mar, estarían a salvo.
Las llamas, propagándose veloces por la hierba, tocaron el repulgo de la falda de la mujer, agarrándolo como un chiquillo juguetón y mortífero.
Las ropas de la mujer se prendieron en una llamarada, convirtiéndola en una antorcha viviente.
El techo de la casa del Protector ardía ya por los cuatro costados. En algún sitio de la parte trasera sonó el golpe de una viga al caer. El Protector tosió, medio asfixiado. Mientras pudo seguir viendo a través del humo, rebuscó por la casa hasta hallar el preciado objeto.
Sostuvo a la muñeca apretada contra su pecho y esperó —no mucho— el fin.
Mar adentro, muy lejos, el bote empezó a cabecear y a sacudirse con un viento ardiente que soplaba del norte. El movimiento irregular —un cambio del suave balanceo que la había adormecido— despertó a Usha de un profundo sueño. Al principio se sintió desorientada, sin recordar dónde estaba. La imagen de las velas y los mástiles, señalando hacia el cielo y las arracimadas estrellas, la tranquilizó.
Se sentó al oír un trueno y recorrió con la mirada el oscuro firmamento, buscando la tormenta. No tenía miédo de que el bote volcara; la magia irda lo mantendría a flote incluso en la más fuerte galerna.
El parpadeo del rayo llegó del norte, en la dirección en que estaba su hogar. Observó atenta y entonces vio un llamativo fulgor rojo que iluminó el cielo. El Dictaminador debía de estar realizando su magia.
Usha no logró conciliar el sueño de nuevo, y se sentó en la popa, acurrucada, observando el fulgor rojo que se hacía más y más intenso. Después vio que empezaba a amortiguarse hasta que se apagó.
Usha sonrió. La magia debía de haber sido muy poderosa, y debía de haber funcionado.
—Ahora estaréis a salvo, Protector —dijo suavemente.
Mientras hablaba, el toque dulce y claro de unas trompetas se propagó sobre el agua. Usha se dio media vuelta.
El sol empezaba a salir sobre el océano y parecía un ojo feroz y rojo que mirara con odio al mundo. Bañadas en la extraña luz, las cúpulas y torres de Palanthas brillaban rojas como la sangre.
SEGUNDA PARTE
6
Honras a los muertos. Un único prisionero. Un encuentro predestinado
Los cadáveres de los Caballeros de Solamnia habían sido colocados en una larga hilera sobre la arena de la playa de la bahía de Thoradin. No eran muchos, sólo dieciocho. Habían sido aniquilados, del primero al último. Sus escuderos yacían en otra hilera, detrás de ellos. También éstos estaban todos muertos. No quedaba nadie para atender a los difuntos salvo sus enemigos.
Un viento caliente sopló sobre la arena y la alta hierba, levantando y agitando las capas, desgarradas y salpicadas de sangre, en las que estaban envueltos los cuerpos sin vida.
Un oficial caballero supervisaba los detalles del entierro.