Iba vestido con armadura hecha de metal fundido. Su cabello y barba eran fuego chisporroteante. Sus ojos, pozos de negrura, en cuyas profundidades ardía la ira.
Reorx cayó, tembloroso, de rodillas.
—¡Él! —musitó el enano con sobrecogimiento.
El gigante bramó triunfalmente. Extendió y alzó los brazos, rompiendo las ramas de los pinos como si fueran de paja. Las puntas de los dedos rozaron las nubes, desgarrándolas en jirones. Las estrellas, las constelaciones, titilaron de terror.
—¡Libre! ¡Libre por fin de esa infame prisión! ¡Ah, mis queridos hijos! —El gigante abrió los brazos mientras miraba las estrellas, que temblaban ante su presencia—. ¡He venido a visitaros! ¿Dónde está esa bienvenida a vuestro padre? —Soltó una risotada.
Reorx estaba atenazado por un terror como jamás había conocido, pero no hasta el punto de perder la cabeza. Con intrepidez, corriendo un gran riesgo, el enano gateó hacia el altar roto mientras el gigante estaba distraído mirando las estrellas.
Entre los escombros estaba la Gema Gris, rota, partida en dos. Cerca, se encontraba el irda que la había quebrado. Reorx puso su mano en el irda buscando el pulso. El mortal aún vivía, pero estaba inconsciente.
Reorx no podía hacer nada para salvar al irda; el enano tendría suerte si conseguía salvarse a sí mismo. Había que hacer algo para evitar la catástrofe, aunque Reorx no tenía la menor idea de qué y cómo. Precipitadamente, recogió las dos mitades de la Gema Gris, empujó los fragmentos debajo de los escombros del altar, y los cubrió con trozos de madera. Luego se escabulló hacia atrás, retirándose del altar todo lo posible.
Al sentir movimiento, el gigante bajó la vista y descubrió al enano intentando esconderse bajo las raíces de los pinos.
—¿Tratando de escapar de mí, Reorx? ¡Tú, patético, despreciable diablejo, remedo de dios ingrato!
El gigante se inclinó cerca del acobardado enano. De su barba se soltaban carbonillas que flotaban entre los árboles. Hilillos de humo empezaron a alzarse de las agujas de pino secas que había en el suelo.
—Te creíste muy listo al encarcelarme, ¿verdad, gusano?
Reorx echó una nerviosa ojeada hacia arriba.
—Lo que..., lo que ocurrió en realidad, reverendo Padre de Todo...
—Padre de Todo y de
Reorx no dejaba de temblar, pero siguió farfullando:
—Fue..., fue un pequeño accidente. Estaba forjando la piedra, intentando capturar sólo una porción pequeñita del caos cuando, y todavía no estoy seguro de cómo pudo ocurrir, pero al parecer te capturé a ti.
—¿Y por que no me liberaste entonces?
El calor de la cólera del Padre azotó al enano, que tosió en medio de un humo cada vez más denso.
—¡Lo habría hecho! —jadeó Reorx con desesperada sinceridad—. Créeme, Padre de Todo, te habría liberado en ese mismo instante si hubiera sabido lo que había hecho. Pero no lo sabía. ¡Lo juro! Yo...
—¡Necio! —La cólera del Padre prendió fuego a toda la hierba en derredor—. Tú y mis desagradecidos hijos conspirasteis para encarcelarme. ¿Acaso iba a capturarme un débil dios él solo? Se precisaba el poder de todos vosotros en combinación para retenerme cautivo. Pero, aunque me encerraste, no pudiste controlarme. Causé daño más que suficiente a vuestros preciosos juguetes. Y desde el principio busqué a una de vuestras marionetas a la que pudiera engañar para que me liberara. Por fin la encontré.
El gigante echó una ojeada al Dictaminador. Con gesto indiferente, puso su enorme pie sobre el cuerpo del hombre y lo pisó, aplastándolo y machacándolo contra el suelo. Los huesos chascaron, y un charco de sangre se extendió debajo de la bota del gigante.
Reorx volvió la cabeza, con el estómago revuelto. Tenía la clara e inquietante impresión de que era el siguiente.
El Padre sabía lo que el enano estaba pensando; bajó la vista hacia él y le dirigió una larga y severa mirada, disfrutando al verlo encogerse.
—Sí, también podría aplastarte, pero no ahora. Todavía no. —El Padre alzó de nuevo los ojos al cielo y sacudió el puño con gesto amenazador hacia las estrellas—. Os negasteis a rendirme homenaje. Os negasteis a que yo os guiara. Actuasteis a vuestro antojo para «crear» un mundo y lo llenasteis de muñecos y marionetas. Bien, hijos míos, puesto que os di la vida, también puedo quitárosla. Ahora estoy débil, ya que me he visto forzado a asumir una forma mortal, pero mi poder crece a cada instante. Cuando esté preparado, destruiré vuestro juguete, y después os arrojaré a vosotros y a vuestra creación al olvido del que fuisteis creados. Guardaos, hijos. El Padre de Todo y de Nada ha regresado.
El gigante puso de nuevo su atención en el enano.
—Tú serás mi mensajero. En caso de que no me hayan oído, ve en busca de mis hijos y adviérteles la suerte que les espera. ¡Disfrutaré viéndolos intentar escapar de mí, para variar! ¡Y muéstrales esto!