Читаем Los Caballeros de Takhisis полностью

—Señora —contestó Brightblade, poniendo gran cuidado en no demostrar su irritación ante este interrogatorio que no venía a cuento—, era el único que estaba disponible en ese momento.

La Señora de la Noche frunció el ceño, con lo que se hizo más profunda la arruga que tenía entre las cejas.

—Vuelve con el subcomandante Trevalin y dile que envíe a otro.

—Disculpad, señora, pero mis órdenes vienen del subcomandante Trevalin —replicó Brightblade—. Si deseáis que las revoque, entonces debéis pedírselo a él directamente. Yo permaneceré aquí hasta que hayáis conferenciado con mi oficial al mando.

El ceño de la Señora de la Noche se hizo más profundo, pero estaba atrapada en las complejidades del protocolo. Para cambiar las órdenes de Steel tendría que enviar a uno de sus propios aprendices a través de toda la playa para hablar con Trevalin. Seguramente no se conseguiría nada con el paseo, ya que Trevalin andaba corto de hombres disponibles y no enviaría a otro caballero para hacer lo que éste podía hacer sin más problemas.

—Debe de ser voluntad de su Oscura Majestad —musitó la Señora de la Noche mientras observaba a Steel con sus ojos de color verde, de mirada penetrante—. Bien, pues, que así sea. Doy mi consentimiento. El mago que buscas está allí.

Steel no tenía idea de a qué venía toda esta conversación y tampoco sentía el menor deseo de preguntar.

—¿Para qué quiere Trevalin al mago? —preguntó la Señora de la Noche.

—Lo necesita —repitió Steel, exhortándose a tener paciencia— para identificar los cadáveres. El Túnica Blanca es el único superviviente.

Al oír esto, el prisionero levantó la cabeza. Su semblante se demudó hasta el punto de quedarse tan lívido como los cadáveres que estaban tendidos en la arena. El Túnica Blanca se incorporó de un salto, con el consiguiente sobresalto de aquellos a quienes les habían asignado su vigilancia.

—¡No, todos no! —gritó con voz quebrada—. ¡No puede ser!

Steel Brightblade hizo un saludo respetuoso aunque solemne, como le había sido enseñado: «Trata a las personas de todo rango, condición y educación con respeto, incluso si son enemigos. Sobre todo si son enemigos. Respeta siempre al enemigo; así jamás lo subestimarás».

—Creemos que así es, señor mago, aunque no podemos saberlo con seguridad. Planeamos enterrar a los muertos con honor, poner sus nombres en la tumba, y eres el único que puede identificarlos.

—Llévame hasta ellos —instó el joven mago.

Su rostro estaba rojo como si tuviera fiebre. Tenía la túnica salpicada de manchas de sangre, algunas de las cuales debían de ser de la suya propia. En un lado de la cabeza tenía un feo corte y estaba amoratado. Lo habían despojado de sus bolsas y saquillos, que estaban en el suelo, a un lado. Algún infortunado aprendiz los examinaría, arriesgándose a ser quemado —o algo peor— por los objetos arcanos que, debido a su propensión al Bien, sólo un Túnica Blanca podía usar.

Tales objetos no tendrían una utilidad inmediata para un Caballero Gris, pues, a despecho de la habilidad de los Caballeros de la Espina para extraer magia de las tres lunas, blanca, negra y roja, cada hechizo conoce la suya propia y a menudo reacciona violentamente ante la presencia de su antagonista. Un Caballero de la Espina probablemente podría utilizar un artefacto dedicado a Solinari, pero sólo después de largas horas de un estudio intenso y disciplinado. Los componentes de hechizos del Túnica Blanca y otros objetos capturados serían guardados a buen recaudo para ser estudiados, y, después, los que no pudieran ser usados con seguridad quizá se trocaran por artefactos arcanos de más valor —y menos peligro— para los Caballeros de la Espina.

Sin embargo, a Brightblade no le pasó por alto el hecho de que el Túnica Blanca conservaba consigo un bastón. Hecho de madera, el cayado estaba rematado por la garra dorada de un dragón que aferraba un cristal tallado con múltiples facetas. El caballero sabía lo suficiente acerca de lo arcano para que no le cupiera la menor duda de que este bastón era mágico y seguramente de gran valor. Se preguntó por qué se le había permitido al Túnica Blanca conservarlo en su poder.

—Supongo que el mago puede irse —dijo la Señora de la Noche con descortesía y de mala gana—, pero sólo si lo acompaño yo.

—Por supuesto, señora.

Brightblade hizo cuanto estuvo en su mano para disimular su consternación. Este Túnica Blanca no podía pertenecer a un nivel muy alto, ya que era demasiado joven. Además, ningún Túnica Blanca de rango alto habría permitido que lo cogieran prisionero. Aun así, Lillith —cabeza de la orden de los Caballeros de la Espina— trataba a este joven con la precaución con que habría tratado, por ejemplo, a lord Dalamar, renombrado señor de la Torre de la Alta Hechicería de Palanthas.

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