El caballero y su prisionero continuaron caminando por la abarrotada playa, recibiendo a su paso algunas miradas de curiosidad. Nadie les dijo nada, sin embargo. La Señora de la Noche iba detrás de ellos; sus ojos de color verde no se apartaron ni un instante de los dos. Steel habría jurado que sentía la feroz intensidad de aquella mirada quemándolo a través de la gruesa placa metálica de su peto.
El sol, de un color rojo intenso, había salido del todo para cuando llegaron al lugar de la batalla, donde los cuerpos de los muertos estaban colocados. El amanecer había sido espectacular, un feroz despliegue de fuertes rojos y alegres púrpuras, como si el astro estuviera haciendo alarde de su poder por encima de un mundo seco y agostado. Hoy sería un día abrasador. Ni siquiera la noche traería un poco de alivio. El calor irradiaría hacia arriba desde la arena, cubriendo como una manta sofocante a los que intentaran dormir sobre ella. Esta noche, el descanso llegaría sólo a aquellos que estuvieran demasiado exhaustos para notarlo.
Steel escoltó al Túnica Blanca hasta su superior, el subcomandante Sequor Trevalin.
—Señor, aquí está el prisionero, como ordenasteis.
El subcomandante echó una ojeada al prisionero y después su mirada fue hacia la Señora de la Noche. Trevalin también parecía sorprendido al reparar en la importante compañía que los escoltaba. La saludó con respeto, ya que su rango era superior.
—Os agradezco vuestra ayuda en este asunto, señora.
—No vi que tuviera otra opción —replicó ella con acritud—. Es voluntad de su Oscura Majestad.
El comentario pareció desconcertar a Trevalin considerablemente. Takhisis supervisaba todo cuanto hacían —o así lo creían los caballeros— pero sin duda su Oscura Majestad tenía asuntos más importantes en los que ocupar su mente inmortal que en una simple identificación de prisioneros. No obstante, los hechiceros eran gente rara, y la Señora de la Noche era más rara que la mayoría. ¿Quién sabe a lo que se estaría refiriendo ahora? Desde luego, no sería Trevalin el que lo preguntara. Procedió rápidamente con el asunto que tenía entre manos.
—Señor mago, si nos das los nombres y títulos de estos caballeros, nos ocuparemos de que queden registrados para que la posteridad honre su valentía como se merecen.
El joven mago estaba exhausto por la caminata, el calor y el dolor que soportaba. Parecía estar mareado y contemplaba los cadáveres sin dar señales de reconocerlos, como si hubiera estado mirando los cuerpos de unos desconocidos. Su brazo, apoyado en el de Steel, tembló.
—Quizá, señor —sugirió Brightblade—, al mago no le vendría mal un poco de agua. O una copa de vino.
—Desde luego. —Trevalin le proporcionó, no vino, sino una copa de fuerte brandy que guardaba en un frasco sujeto al cinturón.
El joven mago bebió distraídamente, probablemente sin darse cuenta de lo que se llevaba a los labios, pero el primer sorbo hizo que sus pálidas mejillas recobraran un poco de color. Eso y el breve descanso parecían haber servido de ayuda. Incluso llegó a soltar el brazo de Steel y sostenerse solo.
El Túnica Blanca cerró los ojos; sus labios se movieron. Parecía estar ofreciendo una plegaria, ya que a Steel le pareció oírle susurrar la palabra «Paladine».
Recuperadas las fuerzas, probablemente más por la plegaria que por el brandy, el joven mago se acercó, cojeando, hacia el primero de los muertos. El Túnica Blanca se agachó y apartó la capa que cubría el rostro. Un tremor de alivio, así como de pesar, hizo que le temblara la voz al pronunciar el nombre y el título, a los que añadió la tierra natal del caballero:
—Sir Llewelyn ap Ellsar, Caballero de la Rosa, de Gunthar de Sancrist.
Avanzó junto a la hilera de muertos con más seguridad y fortaleza de lo que el joven caballero le hubiera atribuido al principio.
—Sir Horan Devishtor, Caballero de la Corona, de la ciudad portuaria de Palanthas. Sir Yori Beck, Caballero de la Corona, de Caergoth. Sir Percival Nelish... —Continuó nombrando a los muertos.
Un escriba, llamado por el subcomandante Trevalin, lo seguía y anotaba todos los detalles en una pizarra de apuntes.
Y entonces el joven mago llegó donde estaban los dos últimos cuerpos. Se paró y miró atrás, hacia la fila de cadáveres. Todos vieron que estaba contando. Inclinó la cabeza, se llevó la mano a los ojos, y no se movió. Steel se acercó a Trevalin.
—Me mencionó algo sobre un hermano, señor.
Trevalin asintió con actitud comprensiva y no dijo nada. El Túnica Blanca había revelado al oficial todo lo que necesitaba saber. No había más caballeros; ninguno había escapado.
El Túnica Blanca se arrodilló. Con mano temblorosa apartó la capa que cubría el rostro frío, inmóvil. Abrumado por la pena, se sentó acurrucado junto al cuerpo.
—Disculpad, señor —dijo el escriba—. No entendí lo que dijisteis. ¿El nombre de este caballero es...?