Silencio. Un silencio profundo y espeso. El silencio de las vacas. Los muy capullos no lo captaban, y tampoco puede decirse que Deborah colaborara en aclararlo. Dejó que el silencio fuera creciendo, un silencio que LaGuerta batió con un encantador fruncido de cejas y una mirada de perplejidad e inocencia hacia todos los presentes para ver si alguien comprendía algo, rematada con una cortés mirada dirigida a Deborah.
—¿Camiones... refrigerados? —dijo LaGuerta.
La pobre Deborah se veía muy nerviosa. No era alguien a quien se le diera bien hablar en público.
—Exacto —dijo ella.
LaGuerta prolongó el momento, disfrutándolo.
—Mmm... Ya.
A Deborah se le ensombreció la cara; no era una buena señal. Carraspeé, y cuando vi que no servía de nada tosí, lo bastante fuerte como para recordarle que conservara la calma. Me miró. Lo mismo hizo LaGuerta.
—Lo siento —dije—. Creo que ayer cogí un resfriado.
¿Alguien podría pedir un hermano mejor?
—Ah, el
Bueno, era más o menos así y lo había expuesto todo. Un par de miradas pensativas florecieron entre los asistentes. Casi pude oír cómo cambiaban de marcha. Pero LaGuerta se limitó a asentir.
—Es una idea muy...
Por Dios, qué buena era. Había borrado cualquier vestigio de la idea de Deb, la había puesto en su sitio, y apelado a la solidaridad grupal del equipo con la broma de nuestra rivalidad con el condado de Bronward. Todo con sólo unas palabras. Sentí deseos de aplaudir.
Excepto porque, claro, yo estaba en el equipo de Deborah, y acababan de vencerla. Abrió la boca un segundo, luego la cerró, y observé cómo los músculos de la mandíbula luchaban para volver de nuevo a la expresión de poli neutral. Se trataba de una excelente maniobra, pero la verdad es que jugaba en una liga distinta a la de LaGuerta.
El resto de la reunión pasó sin pena ni gloria. No había nada más de que hablar al margen de lo ya expuesto. De modo que poco después de la estupenda conclusión de LaGuerta, la reunión se disolvió y salimos todos al vestíbulo.
—La odio —murmuró Deborah entre dientes—. La odio, la odio, ¡la odio!
—Totalmente de acuerdo —asentí.
—Gracias, hermano —dijo, mirándome—. Has sido de gran ayuda.
Enarqué las cejas.
—Convinimos en que yo me quedaría fuera para que te llevaras el mérito.
—¿Mérito? Me ha dejado como una imbécil delante de todos.
—Con todo mi respeto, hermanita, has colaborado bastante.
Deborah me miró, luego bajó los ojos y levantó las manos en un gesto de desesperación.
—¿Qué querías que dijera? Ni siquiera formo parte del equipo. Sólo estoy allí porque el capitán les ordenó que me admitieran.
—Y no les dijo que tuvieran que escucharte.
—Y no lo hacen. Ni lo harán —dijo Deborah con amargura—. En lugar de conducirme a Homicidios esto acabará con mi carrera. Moriré haciendo de puta en la calle, Dex.
—Hay una salida, Deb —dije, y la mirada que me dirigió era casi de desesperanza.
—¿Cuál?
Le sonreí, brindándole mi sonrisa más reconfortante y desafiante a la vez, una sonrisa que decía tampoco—soy—tan—cruel.
—Encuentra el camión.
Tardé tres días en volver a tener noticias de mi hermana adoptiva, un período muy largo para ella. Entró en mi oficina el jueves, justo después de comer, con aspecto abatido.
—Lo encontré —dijo, pero no supe a qué se refería.
—¿Qué has encontrado, Deb? —pregunté—. ¿El manantial de la vida eterna?
—El camión —dijo ella—. El camión refrigerado.
—Pero ésa es una buena noticia —dije—. ¿Por qué parece que vayas buscando a alguien a quien partirle la cara?
—Porque me gustaría encontrarlo —dijo ella, lanzando cinco páginas grapadas sobre mi escritorio—. Echa un vistazo a esto.
Lo cogí y miré la primera hoja.
—Vaya... ¿Cuántos en total?