Las imágenes habían sido tan desagradables y tan reales... Pero no podían ser ciertas: no me había movido de la cama. Y, sin embargo, casi había sido capaz de oler la sal del agua, el cansancio y aquel perfume barato que flotaba sobre el boulevard Biscayne. Completamente real... ¿y no era acaso uno de los síntomas de la locura que las alucinaciones no pudieran distinguirse de la realidad? No tenía respuesta, ni forma de encontrarla. Hablar con un psiquiatra quedaba descartado, claro. El pobre tío se llevaría un susto mortal y podía sentirse obligado a encerrarme en algún sitio. No es que dudara de lo acertado de la idea, pero si estaba perdiendo el control sobre mi cordura tal como yo la había construido, era un problema mío y de nadie más, y el problema comenzaba en que no había forma de tener la certeza de ello.
Aunque, puestos a pensar, sí había un modo.
Diez minutos después me dirigía en coche a Dinner Key. Conducía despacio, ya que en realidad no sabía qué estaba buscando. Esta parte de la ciudad estaba dormida, más dormida que nunca. Algunas pocas personas aún se movían en el paisaje de Miami: turistas que habían tomado demasiado café cubano y no podían conciliar el sueño. Gente de Iowa en busca de una gasolinera. Forasteros buscando South Beach. Y los depredadores, claro: chulos, ladrones, traficantes de crack; vampiros, espectros y monstruos variados de mi calaña, Pero en esta área, a estas horas, tampoco había muchos. Esto era Miami desierto, más desierto imposible, un lugar que tenía aspecto solitario debido al fantasma de la multitud que lo ocupaba durante el día. Era una ciudad reducida a un simple terreno de caza, sin los llamativos disfraces en forma de camisetas brillantes y luz solar.
Así que me dediqué a cazar. Los demás ojos nocturnos advirtieron mi presencia y me descartaron cuando pasé sin aminorar la marcha. Me dirigí hacia el norte, por el antiguo puente levadizo, hasta llegar al centro de Miami, sin estar muy seguro de lo que iba buscando y sin verlo todavía; pero a la vez, por alguna razón incómoda, absolutamente seguro de que acabaría encontrándolo, de que iba en la dirección correcta, de que me esperaba en algún lugar.
Justo después del Omni empezaba la vida nocturna. Más actividad, más cosas que ver. Gente gritando por la acera, música que salía de los coches que iban y venían. Las chicas de la noche en la calle, apiñándose en las esquinas, riéndose o contemplando estúpidamente los coches que pasaban. Y éstos se detenían a devolverles la mirada, escudriñando su atuendo y las partes que éste dejaba al aire. Dos manzanas por delante un flamante Rolls Royce Corniche se paró y una bandada de chicas surgió de las sombras, bajando de la acera y rodeando al vehículo en la calzada. El tráfico se quedó parcialmente detenido, sonaron las bocinas. La mayor parte de los conductores esperó un minuto, contentos con el espectáculo, pero un camión impaciente adelantó a la fila de coches, invadiendo el carril contrario.
Un camión refrigerado.
No era nada, me dije. Reparto nocturno de yogures; ristras de salchichas para el desayuno, frescura garantizada. Un cargamento de mero en dirección norte o hacia el aeropuerto. Por Miami circulaban camiones refrigerados a todas horas, incluso ahora, incluso de noche... Nada más.
Pero en cualquier caso apreté el acelerador. Me moví, adelantando entre los coches. Me quedé a tres vehículos del Corniche y su asediado conductor, sin perder de vista al camión.
El tráfico se detuvo. El camión se dirigía hacia Biscayne, avanzando por una avenida sembrada de semáforos. Si me quedaba demasiado atrás lo perdería. Y de repente sentía la urgencia de no perderlo.
Aguardé a que se produjera un hueco en el tráfico y metí el morro en el carril contrario. Adelanté al Corniche y aceleré, acercándome al camión. Intentando no correr demasiado, no acosar, pero a la vez reduciendo poco a poco la distancia que nos separaba. Iba tres semáforos por delante, luego dos.
Entonces tuvo que detenerse en un semáforo, y antes de poder acelerar y saltarme el mío, éste también cambió. Me paré. Con cierta sorpresa me di cuenta de que estaba tenso: yo, Dexter, el bloque de hielo. Estaba sintiendo emociones humanas como ansiedad, desesperación, angustia real. Quería alcanzar este camión y verlo con mis propios ojos; ah, cómo deseaba apoyar la mano en el camión, abrir la puerta de la cabina y mirar en el interior...
¿Y luego qué? ¿Lo arrestaba yo solo? ¿Lo llevaba de la mano a ver a la inspectora LaGuerta? ¿Mira lo que he pillado? ¿Puedo quedármelo? Era igual de probable que lo dejaran quedarse conmigo. Ese individuo estaba en plena caza, yo me limitaba a seguirlo como un pesado hermano pequeño. ¿Y por qué lo seguía? ¿Acaso quería probarme a mí mismo que era él, ese él, el que estaba al acecho y yo no estaba loco? Y si no estaba loco, ¿cómo lo sabía? ¿Qué sucedía en mi cerebro? Quizás estar chiflado sería una solución más conveniente al fin y al cabo.