Читаем Oscuro pasajero, El полностью

—¿En Miami? —Soltó un bufido—. Alguien roba uno, corre la voz de que merece la pena robarlos y de repente todos y cada uno de los mañosos, traficantes, marielitos y chicos con problemas tienen que tener uno, sólo para mantener el nivel.

—Esperemos que no haya corrido la voz —dije.

Deborah se tragó el resto del bagel.

—Lo comprobaré. —Alargó el brazo por encima de la mesa y me estrechó la mano—. Aprecio lo que estás haciendo por mí. —Durante un par de segundos me dedicó una sonrisa tímida y dubitativa—. Pero me preocupa cómo consigues adivinar este tipo de cosas, Dex. Es...

Le devolví el apretón.

—Deja las preocupaciones para mí —dije—. Concéntrate en encontrar el camión.

En teoría, la reunión de las setenta y dos horas concede a todo el mundo tiempo suficiente para haber averiguado algo en relación con el caso, pero es lo bastante pronto para que las pistas sigan frescas. Así pues, el lunes por la mañana, en una sala de conferencias del segundo piso, el magnífico equipo contra el crimen liderado por la indómita inspectora LaGuerta se congregó como correspondía a las setenta y dos horas del asesinato. Me uní a ellos. Recibí un par de miradas de extrañeza y unos cuantos comentarios bienintencionados por parte de polis que me conocían. Puras muestras de ingenio, como: «Hey, chico de la sangre, ¿dónde has dejado el enjugador de goma?» Esta gente son la sal de la tierra, y mi Deborah no tardaría en ser una de ellos. Me sentía orgulloso y humilde de estar en su misma habitación.

Por desgracia, no todos los presentes compartían estos sentimientos.

—¿Qué coño estás haciendo aquí? —gruñó el sargento Doakes. Era un negro enorme que exudaba una hostilidad permanente. Había en él una fiereza fría que sin duda resultaría muy útil para alguien con mis aficiones. Qué pena que no pudiéramos ser amigos. Pero por alguna razón odiaba a todos los técnicos de laboratorio, y por alguna razón adicional odiaba sobre todo a Dexter. También tenía el récord de la policía de Miami en enfrentamientos con la prensa. Así que se ganó una de mis sonrisas más diplomáticas.

—Sólo me he dejado caer por aquí para escuchar, sargento —le dije.

—Aquí no pintas nada, tío —dijo él—. ¿Por qué no te largas de una puta vez?

—Puede quedarse, sargento —dijo LaGuerta.

—¿Para qué coño...? —repuso él, desafiándola con la mirada.

—No es mi intención molestar a nadie —dije, dirigiéndome hacia la puerta sin demasiada convicción.

—No tienes por qué irte —dijo LaGuerta dedicándome una sonrisa. Se volvió a Doakes y repitió—: Puede quedarse.

—Joder, este tío me da escalofríos —murmuró Doakes. Comencé a apreciar la sensibilidad de ese hombre. Claro que yo le producía escalofríos. La única pregunta pertinente era por qué era él el único hombre en una estancia llena de polis que tenía intuición suficiente como para sentir escalofríos ante mi presencia.

—Empecemos —dijo LaGuerta haciendo restallar el látigo con suavidad, sin dejar ningún atisbo de duda de que era ella quien estaba al frente. Doakes se apoltronó en el asiento tras lanzarme una última mirada de desconfianza.

La primera parte de la reunión era mera rutina: informes, maniobras políticas, todas esas pequeñas cosas que nos hacen humanos. A aquellos que son humanos, claro. LaGuerta comunicó a los agentes que tenían que entrevistarse con la prensa qué datos podían filtrar y cuáles no. Entre lo que podían pasar estaba una fotografía resplandeciente que LaGuerta se había hecho especialmente para la ocasión. Era seria y atractiva a la vez; intensa y a la vez refinada. Casi podías decir que era teniente con sólo verla. Ojalá Deborah tuviera esa habilidad para las relaciones públicas.

Tardamos más de una hora en abordar realmente el tema de los asesinatos. Pero por fin LaGuerta pidió informes sobre los progresos efectuados en torno a la búsqueda del testigo misterioso. Nadie tenía nada que aportar. Hice un gran esfuerzo por aparentar sorpresa.

LaGuerta lanzó al grupo una mirada imperativa.

—Venga, chicos —dijo—. Alguien tiene que dar con algo.

Pero nadie tenía nada, y se produjo una pausa mientras el grupo se estudiaba las uñas, observaba el suelo o las placas del techo.

Deborah carraspeó.

—Este... —dijo, carraspeando de nuevo—. He tenido, este..., una idea. Una idea nueva. Buscar en una dirección ligeramente diferente. —Lo dijo como si estuviera entrecomillado, y en realidad lo estaba. Ni un millón de clases por mi parte podían hacer que sus palabras sonaran espontáneas, pero al menos había seguido mis consejos sobre la construcción políticamente correcta de párrafos.

LaGuerta enarcó una ceja artificialmente perfecta.

—¿Una idea? ¿En serio? —Hizo una mueca para demostrar lo sorprendida y encantada que estaba—. Por favor, adelante, compártala con nosotros, agente Ein... agente Morgan.

Doakes soltó una risita. ¡Qué encanto de hombre!

Deborah enrojeció, pero siguió adelante.

—Se refiere a la... cristalización de células. De la última víctima. Me gustaría comprobar si se ha robado algún camión refrigerado en la última semana, o poco más.

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