Читаем Oscuro pasajero, El полностью

No dijo nada y tuve que morderme los labios para no seguir presumiendo. Lo cierto es que Rita había sacado entradas de temporada para los Florida Panthers y, para mi sorpresa, yo había descubierto que me gustaba el hockey. No era sólo la violencia frenética y alegremente homicida lo que me divertía. Había algo relajante en estar sentado en el enorme y frío estadio, y habría ido allí sin oponer resistencia hasta para ver un partido de golf. También es cierto que le habría dicho cualquier cosa a LaGuerta con tal de que me llevara al estadio. Sentía unas incontenibles ganas de ir al estadio. Deseaba ver el cuerpo apilado sobre el hielo más que cualquier otra cosa, deseaba deshacer el pulcro envoltorio y ver la limpia carne fresca. Deseaba tanto verla que me sentí como un perro babeante de esos que salen en los dibujos animados; mi urgencia por verlo era tal que incluso sentía que el cuerpo, en cierto modo, me pertenecía.

—Muy bien —dijo LaGuerta cuando yo ya estaba a punto de reventar, luciendo una sonrisa fugaz, en parte oficial y en parte... ¿qué? Daba igual, algo distinto; desgraciadamente, algo humano que quedaba más allá de mi capacidad de comprensión—. Nos dará ocasión de charlar.

—Me gustaría mucho —dije, rezumando encanto por todos los poros. LaGuerta no respondió. Quizá no me oyó, aunque tampoco importaba. Estaba más allá del sarcasmo en todo lo que se refería a su imagen. Era posible herirla con el halago más absurdo del mundo y ella lo aceptaba como si fuera su obligación. La verdad es que no me divertía halagarla. Cuando no hay desafío pierde la gracia. Pero no se me ocurría nada mejor que decir. ¿De qué se imaginaba ella que hablaríamos? Ya me había interrogado sin piedad antes de llegar a la escena del crimen.

Permanecimos junto a mi coche abollado y presenciamos la salida del sol. Ella observó la carretera sobre el mar y me preguntó siete veces si había visto al conductor del camión, cada vez con una inflexión levemente distinta, frunciendo el ceño entre una y otra pregunta. Me había preguntado en cinco ocasiones si estaba seguro de que se trataba de un camión refrigerado, y estoy seguro de que eso era lo que entendía por sutileza. Quería preguntar mucho más, pero se echó atrás para no resultar demasiado obvia. Incluso una vez se olvidó de quién era y preguntó en español. Le contesté en español que estaba seguro, y ella me miró a los ojos y me tocó el brazo, pero no volvió a preguntar.

Y por tres veces había seguido con la mirada la rampa de acceso al puente, sacudido la cabeza y mascullado «¡Puta!» entre dientes. Se trataba de una clara referencia a la agente Puta, mi querida hermana Deborah. Dada la aparición en escena del camión refrigerado que Deborah había predicho, iba a necesitar una cierta cantidad de control por su parte y, por cómo LaGuerta se mordisqueaba el labio inferior, deduje que la inspectora estaba firmemente concentrada en ese problema. Estaba seguro de que daría con algo que a Deb le resultara incómodo —era una de sus mayores habilidades—, pero por el momento esperaba que mi hermana se anotara el punto. No con LaGuerta, claro, pero cabía esperar que el resto advirtiera que su brillante intento de trabajo detectivesco había dado en la diana.

Por extraño que resulte, LaGuerta no preguntó qué hacía yo en mi coche a esas horas. Claro que no soy detective, pero me parece una pregunta bastante obvia. Quizá sería poco amable por mi parte decir que las omisiones de ese tipo eran típicas de ella, pero ahí está. Simplemente no preguntó.

Y, sin embargo, al parecer teníamos más cosas de qué hablar. De manera que la seguí hasta su coche, un gran Chevrolet azul celeste que no tenía más de dos años y que conducía cuando estaba de servicio. En su vida privada llevaba un pequeño BMW del que se suponía que nadie tenía noticia.

—Sube —dijo ella. Y me senté en el asiento delantero, de un azul impoluto.

LaGuerta conducía deprisa, sorteando el tráfico, y en pocos minutos estábamos en la carretera sobre el mar de regreso a Miami, atravesando la bahía de Biscayne de nuevo y a un kilómetro más o menos de la I—95. Se incorporó a la autopista en dirección norte sorteando el tráfico a una velocidad que parecía un poco excesiva incluso para Miami. Pero llegamos a la 595 y giramos hacia el oeste. Me miró tres veces de reojo antes de decidirse a hablar.

—Bonita camisa —dijo.

Me miré la bonita camisa, que me había echado encima cuando salí de mi apartamento para llevar a cabo la cacería, y ahora la veía por primera vez: una camisa deportiva de poliéster con brillantes dragones rojos estampados. La había llevado todo el día anterior y estaba un poco arrugada, pero seguía pareciendo limpia. Y era bonita, claro, pero aun así...

¿Podía ser que LaGuerta estuviera intentando entablar una conversación intrascendente con el fin de que me relajara lo bastante para inculparme de algo? ¿Sospechaba que yo sabía más de lo que admitía y creía que podía hacerme bajar la guardia y decirlo?

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