—Siempre llevas una ropa preciosa, Dexter —dijo ella. Me miró fijamente, con una sonrisa golosa, enorme, sin darse cuenta de que estaba a punto de estampar el coche contra un camión con remolque. Reaccionó a tiempo y movió el volante con un dedo; adelantamos al camión y nos metimos en la I—595 en dirección oeste.
Pensé en la ropa preciosa que llevaba siempre. Bueno, claro que sí. Me enorgullecía ser el monstruo mejor vestido del condado de Dade. Sí, cierto, despedazó al señor Duarte, pero ¡era tan elegante! Ropa adecuada para cada ocasión... Por cierto, ¿qué se supone que hay que ponerse para asistir a una decapitación de madrugada? Una camisa deportiva vieja y pantalones holgados, naturalmente. Iba á la mode. Pero al margen del atuendo que me había puesto de prisa aquella mañana, lo cierto es que ponía atención a la ropa. Fue una de las lecciones de Harry: sé pulcro, viste bien y evita llamar la atención.
¿Pero por qué iba a advertirlo una inspectora cuyo único interés era hacer carrera? A no ser que...
¿Era esto? Una extraña idea empezó a crecer. Algo cansado por aquella sonrisa que se resistía a abandonar su cara me dio la clave. Era ridículo, ¿pero qué otra cosa podía ser?
LaGuerta no intentaba que bajara la guardia para formular preguntas más inquisitivas sobre lo que había visto. Y le importaba un rábano que entendiera de hockey.
LaGuerta estaba flirteando.
Se sentía
Todavía estaba intentando recuperarme del terrible shock que había supuesto el extraño e incontenible impulso con Rita... y ahora esto. ¿LaGuerta ligando conmigo? ¿Acaso un grupo terrorista había vertido algo en el agua de Miami? ¿Exudaba yo alguna especie de feromona extraña? ¿O es que toda la población femenina de Miami se había dado cuenta de lo inútiles que son los hombres y yo les resultaba atractivo por eliminación? Con toda seriedad, ¿qué coño pasaba?
Claro que podía equivocarme. Arremetí contra la idea como una barracuda contra una cucharilla de plata. Al fin y al cabo, menuda muestra de egocentrismo pensar que una mujer ambiciosa, refinada y sofisticada como LaGuerta podía mostrar el menor interés por mí. ¿No resultaba más probable que, que...
¿Que qué? Por desafortunada que fuera la conclusión, ésta no dejaba de tener cierto sentido. Nuestros trabajos estaban en el mismo campo y, por tanto, según decía el sentido común policial, teníamos más tendencia a comprendernos y perdonarnos mutuamente. Nuestra relación podía sobrevivir a sus horarios y a su estresante estilo de vida. Y aunque no es algo que deba decir yo, soy bastante presentable: no estoy mal, como suele decirse. Y me había empeñado en ser encantador con ella durante años. Se había tratado de una pura estrategia diplomática, pero ella no tenía por qué saberlo. Ser encantador se me daba bien, es una de las pocas cosas de las que puedo envanecerme. Había estudiado mucho y ensayado durante mucho tiempo, y si me aplicaba en ello nadie podía descubrir que fingía. Lo cierto es que se me daba muy bien esparcir la semilla de mi encanto. Quizás era lógico que las semillas acabaran dando fruto.
¿Pero este fruto precisamente? ¿Y ahora qué? ¿Iba a proponerme una cena íntima cualquier noche de éstas? ¿O unas cuantas horas de bendito y sudoroso placer en el motel Cacique?
Por suerte llegamos al estadio antes de que el pánico me invadiera por completo. LaGuerta rodeó el edificio en busca de la entrada correcta. No costaba demasiado encontrarla. Un enjambre de coches de policía se había esparcido frente a una fila de puertas dobles. Aparcó el coche entre ellos. Salté deprisa, antes de que pudiera ponerme la mano en la rodilla. Ella también se bajó y me miró durante un momento, torciendo la boca.
—Echaré un vistazo —dije. Casi fui corriendo hasta el estadio. Huía de LaGuerta, sí, pero también me sentía muy ansioso por entrar: ver qué había hecho el juguetón de mi amigo, estar cerca de su obra, inhalar su espíritu, aprender de él.
El interior resonaba con el tumulto organizado típico de cualquier escenario de un asesinato, y, sin embargo, tenía la sensación de que había una electricidad especial en el aire, un sentimiento levemente acallado de nerviosismo y tensión ausente en los asesinatos corrientes, la intuición de que éste, en cierto modo, era distinto, de que cosas nuevas y maravillosas podían suceder por estar ahí, en el filo de la navaja. Pero tal vez fuera sólo cosa mía. Un grupo de gente se había congregado en torno a la portería. Algunos llevaban uniformes de Broward; con los brazos cruzados observaban cómo el capitán Matthews discutía sobre jurisdicciones con un hombre trajeado. Al acercarme vi a Angel—nada—que—ver en una postura inusual, de pie junto a un hombre calvo que estaba apoyado sobre una rodilla revisando un montón de paquetes cuidadosamente envueltos.