En el paso apenas quedaba nieve. En el campo de piedras había unas rocas gigantescas y negras, relucientes de tan barridas por el viento. Me detuve con el corazón desbocado y miré en dirección a la ciudad. La cubría la ladera, y sólo unos reflejos rojizos en la oscuridad revelaban su situación en el valle. En lo alto parpadeaban grandes estrellas. Di unos pasos más y me senté en una roca que tenía forma de silla. Tenía algo de nieve traída por el viento.
Ahora no veía siquiera los últimos reflejos de la ciudad. Ante mí las montañas se elevaban en la oscuridad, fantasmales, con cimas coronadas por la nieve.
Cuando miré con atención la parte este del horizonte, vi una franja de aurora, que borraba las estrellas… — el comienzo de un nuevo día —. A esta luz se dibujó la cresta de la montaña, hendida en el centro. Y entonces ocurrió algo con mi inmovilidad; la informe oscuridad exterior (¿o la que estaba dentro de mí?) empezó a cambiar de sitio, a resbalar hacia abajo, a variar sus proporciones. Me quedé tan aturdido que por un momento casi perdí la visión, y cuando la recuperé, todo era diferente.
El cielo se aclaraba débilmente por el este, sobre el valle totalmente oscuro, e intensificaba también la negrura de las rocas; sin embargo, yo podía encontrar a ciegas cada una de sus rugosidades, cada una de sus grietas, sabía ya qué panorama me descubriría el día, porque esta imagen había sido grabada en mí para siempre y no inútilmente. Esta era la posesión inalterable por la que había sentido tanta nostalgia y que había continuado intacta mientras todo mi mundo se desmoronaba y desaparecía en el abismo del siglo y medio trascurrido.
Aquí, en este valle, había pasado mis años de juventud, en la vieja posada de madera que se levantaba al otro lado de la cumbre, en la ladera cubierta de hierba. Seguramente ya no quedaba ni una sola piedra de la vieja construcción, y las últimas vigas se habrían convertido en polvo haría mucho tiempo; pero el macizó rocoso seguía allí, invariable, como si hubiese esperado este encuentro.
La emoción de este encuentro dio rienda suelta a la debilidad que yo tan desesperadamente ocultaba primero con mi fingida calma y después con la dura marcha hacia la cumbre. Toqué el suelo a tientas, no me avergoncé del temblor de mis dedos y me llevé un poco de nieve a la boca, que se fundió, fría, en la lengua; no apagó mi sed, pero incrementó mi serenidad. Así permanecí, comiendo nieve, sin confiar del todo en lo que veía y esperando que los primeros rayos de sol corroboraran mis pensamientos.
Mucho antes de que amaneciera, de las alturas, de las estrellas que se iban desvaneciendo lentamente, bajó un pájaro, plegó las alas, se hizo más pequeño, se posó sobre una roca y empezó a moverse en mi dirección. Me quedé inmóvil para no ahuyentarlo. Dio saltitos a mi alrededor y volvió a alejarse, y cuando yo ya pensaba que no se había fijado en mí, llegó del otro lado y dio vueltas en torno a mi roca. Y así nos miramos durante bastante rato, hasta que yo dije a media voz:
— Hola, ¿de dónde vienes?
Observé que no tenía miedo de mí, y continué comiendo nieve. El bajó la cabeza, me miró con las negras perlas de sus ojos y de pronto, como si ya me hubiese mirado bastante, desplegó sus alas y desapareció volando. En cambio yo, apoyado contra la tosca pared de roca, acurrucado, con las manos muy frías por la nieve, esperé el amanecer, y la noche entera volvió a mí en breves imágenes, vivas e inacabadas; Thurber, sus palabras, este silencio entre Olaf y yo, la vista de la ciudad, la niebla roja y las transparencias de esta niebla, formadas de bolas de luz, calientes ráfagas de aire, la inspiración y expiración de un proceso de descomposición de millones, las avenidas y plazas colgantes, los edificios en forma de cáliz, con alas llameantes, los colores que dominaban en los diversos niveles…, mi pregunta al pájaro en el paso de montaña, y también el hecho de que tragara la nieve con avidez…; y todas estas imágenes eran ellas mismas y a la vez no lo eran, como ocurre muchas veces en los sueños. Eran un recuerdo y un esquivar las cosas que yo no me atrevía a tocar, porque durante todo el tiempo trataba de encontrar en mí mismo una aprobación de lo que no podía aprobar.
Pero todo esto había ocurrido antes, como un largo sueño. Ahora estaba despierto y sereno, esperando el día, en un aire que la aurora tino de plata y ante las rocas severas, que lentamente fueron apareciendo como riscos, peñas y laderas y que surgieron de la noche como una corroboración silenciosa de la realidad de mi regreso. Solo por primera vez, pero no un extraño en la Tierra y ya sometido a sus leyes, pude pensar, sin rebelión ni arrepentimiento, en los que se preparaban para ir a buscar el vellocino de oro de las estrellas…