Читаем Retorno de las estrellas полностью

Olaf no se movió. Seguía en el centro de la habitación; del libro que tenía en la mano sobresalía un trozo de papel que resbaló hasta el suelo. Los dos nos inclinamos al mismo tiempo para recogerlo, y pude distinguir el boceto del mismo proyectil que Thurber acababa de enseñarme. Debajo había anotaciones en la letra de Olaf. «Es probable que se tratara de esto — pensé —. No me había hablado porque él quería volar y prefirió ahorrarme esta noticia.

Tenía que decirle que se equivocaba, que a mí no me importa nada esta expedición. Ya me he cansado de las estrellas, y además, ya estoy enterado de todo por Thurber, así que puede hablar conmigo con la conciencia tranquila.» Con el dibujo en la mano, observé sus líneas con atención, como si quisiera reconocer la velocidad del cohete, pero no dije ni una palabra y le devolví el papel, que él tomó con cierta vacilación, lo dobló y metió de nuevo en el libro. Todo esto ocurrió en silencio. Estoy seguro de que no fue premeditada, pero esta escena — quizá precisamente porque se desarrolló en silencio — adquirió un significado simbólico. Yo debía tomar sin entusiasmo su presunta participación en la expedición, pero también aceptarla sin envidia.

Cuando busqué su mirada, la desvió, para mirarme de reojo casi inmediatamente. ¿Era inseguridad o confusión? ¿Incluso ahora, que yo lo sabía todo? El silencio en la pequeña habitación se hizo insoportable. Oí su respiración algo acelerada. Tenía el rostro cansado y en sus ojos no había la animación que se veía en ellos en nuestro último encuentro. Como si hubiera trabajado mucho y dormido poco; pero había además otra expresión que yo no conocía.

— Estoy bien — dije —, ¿y tú?

En cuanto pronuncié estas palabras me di cuenta de que ya no eran oportunas; habrían sonado bien en el momento de mi entrada, pero ahora parecían un reproche o incluso una ironía.

— ¿Has visto a Thurber?

— Sí.

— Los estudiantes se han marchado…, ya no queda nadie, nos han dado todo el edificio… — empezó a hablar, como a la fuerza.

— ¿Para que podáis elaborar el plan de la expedición? — interrogué, a lo que me respondió pronta-mente:

— Sí, Hal, sí. Bueno, ya sabes muy bien la clase de trabajo que representa. Ante todo somos muy pocos, pero tenemos una maquinaria magnífica, esos autómatas, ya sabes…

— Estupendo.

Tras estas palabras se hizo de nuevo el silencio. Y — cosa extraña —, cuanto más duraba, más evidente era la inquietud de Olaf, su exagerada inmovilidad, ya que seguía quieto en el centro de la habitación, directamente bajo la lámpara, como preparado para lo peor. Decidí poner fin a esto.

— Escucha — dije en voz muy baja —, ¿qué te imaginabas? La política del avestruz no sirve de nada. ¿Acaso has supuesto que sin ti yo nunca me enteraría?

Callé, y él hizo lo propio, con la cabeza inclinada hacia un lado. Yo había exagerado demasiado la nota, pues Olaf no era culpable de nada y es probable que yo en su lugar hubiera actuado del mismo modo. Tampoco me sentía ofendido por su silencio del pasado mes. Lo que me molestaba era su intento de huida, que se hubiera ocultado en esta habitación vacía cuando me vio salir del despacho de Thurber. Pero no me atrevía a decirle esto directamente.

Levanté la voz, le llamé idiota, pero ni siquiera entonces intentó defenderse.

— ¿De modo que en tu opinión no había nada que decir al respecto? — le reproché, excitado.

— Eso depende de ti…

— ¿Por qué de mí?

— De ti — repitió tozudamente —. Lo más importante era por quién te ibas a enterar…

— ¿Lo crees de verdad?

— Así me lo pareció…

— Es igual… — murmuré.

— ¿Qué… harás? — preguntó en voz baja.

— Nada.

Olaf me miró con desconfianza.

— Hal…, yo querría…

No terminó la frase. Sentí que con mi presencia le sometía a todas las torturas, pero aún no podía perdonarle esta repentina huida. Y marcharme ahora, sin palabras, sería todavía peor que la inseguridad que me había llevado hasta allí. Ignoraba qué debía decirle; todo lo que nos unía estaba prohibido. Le miré un momento en que él también me miraba; cada uno de nosotros esperaba ahora la ayuda del otro…

Bajé del alféizar.

— Olaf…, ya es tarde. Me voy, pero no pienses que… te reprocho algo, nada de eso. Además, volveremos a vernos, quizá nos harás una visita — dije con esfuerzo, pues todas estas palabras no eran naturales y él lo advertía.

— ¿No… no quieres pasar aquí la noche? — No puedo, lo he prometido, sabes… No pronuncié el nombre de ella. — Como quieras — gruñó Olaf —. Te acompaño hasta la puerta.

Juntos salimos de la habitación y bajamos las escaleras; fuera reinaba ya una oscuridad completa. Olaf caminaba en silencio a mi lado. De pronto se detuvo. Yo le imité.

— Quédate — murmuró, como si estuviera avergonzado. Yo sólo veía la mancha confusa de su rostro.

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